La desidia por el bienestar social, tal como se desenvolvió la administración noventosa, de la cual las esquirlas aun reverberan en los pasillos de Acción Social, fue complementándose con teorías económicas de antaño y obsoletas.
Las perjurias resultan, de marras, incondicionales, las cuales abstractamente parecen mimetizarse en el umbral que divide las aguas entre la ostentación de la elite y las clases sociales rezagadas, las cuales descansan a la intemperie que sólo las premisas neoliberales pretenden sosegar en los confines de las falaces interpretaciones de la realidad.
Caeteris paribus, el núcleo de la desigualdad, tan rígido como ominoso, sostiene el mecanismo de la martirización la misma que nutre el ego del sector que se apropia de las riquezas por lo producido, y la cual se manifiesta en la frivolidad de una fotografía que inmortaliza el “gesto” solidario en una jornada de “conciencia social”.
Al parecer, el acto de la caridad cumple dos funciones nefastas:
La primera, el enjuague de culpas atañidas por seres humanos que gozan de la protección del derecho privado el cual les brinda la potestad de apropiarse del trabajo realizado por generaciones enteras, por el simple hecho de la aleatoriedad, y de la suerte capitalista de unos pocos.
La segunda, el acto de engendrar la admiración como un vacío símbolo, el cual en una relación parasitaria, las masas que a su vez son abusadas por las minorías elitistas, le otorgan a éstos, la autoridad moral para elevarlos en el altar de la pirámide jerárquico-social. Las mermas se consumen en el sinfín.
En efecto, una simbiosis es avistada bajo la lupa que observa minuciosamente las alteraciones en el rumbo de la sociedad, tomándolo como un todo, y ponderando la situación social en conjunto con la sustentabilidad macroeconómica que pernocta sobre ello.
Asimismo, la sequía que azota las cosechas de una sociedad sometida a la partición centro-periferia, es retroalimentada por los estándares culturales, los cuales son fuertemente asediados por conceptos éticos y morales basados en un sistema de producción feudal tal y como la formación eclesiástica intenta conservar.
Es menester presuponer que los cambios ad-hoc serán resentidos solo en una esfera optima de plenitud socioeconómicamente estable. Los sobresaltos no serán más que una situación coyuntural para lo cual su observación contribuirá en pos de que lo eventual no se torne crónico.
Por consiguiente, no es posible pretender grandes cambios en la matriz productiva de un país el cual se encuentre estrechamente ligado a la cerrazón en la que sólo la presencia de un modelo eclesiástico sea capaz de someter.
De hecho, la educación de las masas se verá tensionada por los intereses que recaigan por sobre las generaciones progenitoras, donde el cambio de apreciación de la realidad será un camino tortuoso en una contienda entre lo semánticamente forjado en el intelecto de matriz, y sobre las nuevas teorías y prácticas que se pretendan socavar en el seno de la actividad social.
En un acto enteramente político en el cual una porción de la sociedad se propone adjudicarse la estratificación propia, partiendo a la sociedad en clases sociales, donde la mayor porción sea arrastrada a la servidumbre de la aristocracia.
El poder más antiguo de la civilización por excelencia, la iglesia, es el aparato ejecutor y a la entera disposición de quien pretenda alcanzar el blindaje y el proteccionismo que sólo una distinción económica se necesita para alcanzarlo.
La protección brindada por la jerarquía eclesial, se nutre en –tal vez- el arma más poderosa de todas: la ignorancia.
Desde ya, que el avance de la ciencia por sobre la religión, ha permitido la reproducción de la humanidad en proporciones exponenciales, al tiempo que ha doblado la expectativa de vida en un tercio de milenio.
Ante tal avance del campo de la ciencia, como contraofensiva intelectual se ha logrado englobar a la ciencia tan solo a la parte que le corresponde la estaticidad y la exactitud, al tiempo que el campo que le pertenece a las ciencias de corte social, le escapa la genuinidad que le pertenece.
No es casualidad que la inteligencia, que como tantas aristas se le pueden suscitar, solamente sea adecuado a los conceptos referidos por las ciencias exactas, y en consecuencia, las ciencias sociales, también llamadas dinámicas carecen de igual reconocimiento, siendo que el desarrollo humano alberga en sus cromosomas, la condición de dinamismo como elemento de supervivencia de la especie.
Con todo, el aparato universal adecuado por la igualación de las elites en cada sociedad jurisdiccionalmente aislada, recae en los mismos preceptos y en la misma lógica operativa, donde la marginación de las clases para su indefectible aprovechamiento ex post, resulta indispensable para el sostenimiento de un sistema que permite el desfasaje productivo en un sector que trabaja a merced de una minoría.
Conclusión, todo nos remite a una sola cuestión, el entendimiento del mecanismo, y por ende, quien resulta ser marginado y expulsado a la ignorancia, o forzado a lo mismo, resultará en el brazo desfavorecido de la balanza.
En efecto, si los cambios resultaran de generación en generación y a través del conocimiento, los cambios serán tan dinámicos como las pujas entre quienes intentan conservar el statu quo y entre quienes entienden y reclaman su porción equitativa, por lo que la herramienta que atraviesa tales extremos, redundará en el conocimiento, y en el destierro de prácticas que sólo tienen cabida en la cerrazón de la capacidad cognitiva, ligadas por consiguiente, a las practicas eclesiásticas de un poder que cambia el discurso, para que luego, nada cambie.