Podría decirse que el título de
lo que será este artículo se refiera a una connotación religiosa, cediendo la
suerte de lo que nos excede a destinar nuestro destino en las manos de quien
sabe qué.
Lo cierto es que muy lejos de la religión
se encuentra la semántica de lo que nos inquieta y por lo que quien suscribe –yo-
se siente impulsado a desasnar algunas vicisitudes político-económicas que han recaído
en las manos del libre mercado, emulando la entidad de un Dios –vaya ironía-.
A decir verdad, desde la concepción
misma de las organizaciones religiosas –organizaciones políticas al fin y al
cabo- siempre persistió un colorido trasfondo de intereses que negociaron con
toma de rehenes, no física, sino metafísicamente.
Por el año 1971, a raíz del “pick
del petróleo” y
la llegada de barcos franceses repletos de papeles verdes –también llamados dólares-
fueron cambiados por oro que yacía en las arcas del Tesoro norteamericano. Es decir,
que el patrón oro que se mantenía hasta el momento, fungía de lastre que ataba
el crecimiento real a las disponibilidades de oro que existían hasta el
momento.
En efecto, luego del abandono del
patrón oro el 15 de agosto de 1971, los papeles verdes pasaron a carecer de
convertibilidad en bienes reales, y pasaron a depositar su sustento, en las
bondades del señor. "In God We Trust" dice al dorso de la moneda norteamericana.
Los billetes ahora convertibles a
nada, se convirtieron en moneda fiduciaria atada a la confianza del mundo
entero por sobre la producción de los Estados Unidos.
Desde 1971, el mercado financiero
comenzó a gestar su crecimiento por encima del crecimiento real de la producción
mundial, provocando una transferencia de riqueza desde quien producía, hacia
quien especulaba, deteriorando el precio absoluto de los productos, provocando
las disputas por la distribución de las riquezas entre el capitalista y el
trabajador.
Cuando comienza a decaer la
rentabilidad empresaria a raíz del detrimento de sus riquezas, el
apalancamiento deriva su sustento y desvía los capitales desde la inversión productiva,
hacia la especulativa, configurándose así una sumatoria de micro-realidades, en
un resultado macro de contracción económica y caída del empleo mundial, debido
a que todos los países jugaban a la balanza comercial excedentaria,
restringiendo el ingreso de los productos a sus mercados internos.
No es casual, que a partir de
esta década, se comenzara por reordenar
la estructura mundial entre el centro y la periferia, donde al segundo le
correspondió un “reordenamiento” poco feliz, con la desaparición de 33.000
personas como proyecto de corto plazo, y el terrorismo cultural del Estado para
sostener el statu quo como proyecto
de largo plazo.
