viernes, 12 de octubre de 2012

LA INFORMACIÓN, EL RUMOR, Y EL HUMOR DE LA SUB-ECONOMÍA



En tiempos de violencia comunicacional, las consecuencias se suceden como psíquicamente afecta a una persona, tanto como aquello  que retiene una entidad lo suficientemente identificable con un ser que adquiere un cuerpo y mente, a saber: el dinero como cuerpo, y la especulación como psiquis.
La paranoia social que incurre en vaivenes emocionales, parece llevarse consigo no sólo angustias, sino también altibajos económicos que en un trabajo de hormiga, a fin de periodo se concibe un tumor lo suficientemente evolucionado en un pasaje de coyuntura hacia lo crónico, es decir, estructural.
En los bolsillos de la urbe se refugia el destino del sustento de las masas, sujetos a la voluntad de quien ostenta la protección del Estado mediante el reconocimiento de “patrimonio” en virtud del derecho a la propiedad privada, alojándose consigo, el potencial consumo y con éste la puesta en marcha del próximo ciclo de producción, orientado por la conciencia y la subconsciencia de quien resguarda a su antojo, una serie de billetes apelmazados en una billetera.
No es posible concebir al dinero como otra cosa que potencial trabajo futuro, debido a que su única conversión es sobre lo ya producido, y más el diferencial de lo que se espera que se vaya a producir. Un futuro corto de por sí bastante incierto.
Digamos que esa cartera de derechos implica que el Estado no pueda obligar a los tenedores de capital a realizar una u otra acción, resulta permeable al atesoramiento indefinido, en el peor de los casos.
A esa inacción de destino del capital, el Estado tan sólo puede incentivar a invertir, o consumir, para lo cual el mismo Estado debe erogar recursos soberanos en una transferencia de valor de quien produce hacia quien especula.
Los resultados son siempre los mismos, una transferencia de valor por encima de la plusvalía, ya que las ganancias de capital cuando no se correlatan con un destino de producción y trabajo, sino sólo un destino de especulación por especulación.
Muchas empresas recurren al juego de las finanzas para compensar y sobrecompensar sus libros contables en aquella área de producción que sufren efectos de “arranque y parada” dejando como rehén a una importante masa de obreros atentos a los vaivenes de una economía atada con un  alambre financiero.
A su vez, las ganancias totales de dichas empresas de las cuales una parte se computa como dividendos, y la otra se reinvierte.
Entonces, si entendemos bien, ¿el sector productivo se encuentra expectante a las fases de producción, que a su vez están dependiendo del humor de los mercados financieros?
La respuesta es si.
Y por muy perverso que parezca un sistema así, es imprescindible aseverar que el humor de los mercados depende de la información que se propaga reverberando entre falacias y mitos urbanos, incentivados por el vapor que emerge de las alcantarillas donde fluyen los intereses de los poderes económicos.
Si es en los bolsillos de la urbe donde se haya el destino del trabajo, y el salir de la billetera depende de la decisión de quien recoge información e incentivos, entonces debemos imaginar que para informarse, compra un diario, mira un canal de televisión o escucha la radio.
Dichos tres medios de comunicación dependen del mismo grupo económico, que no produce sino especula.