miércoles, 25 de junio de 2014

Los Cantos de Sirena en los Pasillos del Central



Los rumores como aquella información decodificada del habla, resuenan y reverberan en los pasillos de los Bancos comerciales que en un pasado no muy remoto, fueron protagonistas de la debacle financiera en nuestro país.
Tal es el punto de la incidencia del rumor, que por osmosis se traslada hacia el inconsciente colectivo, que por falta de asesoramiento se torna permeable y echa por tierra un armado delicado de la confianza en un porvenir.
A su vez, las profecías se auto-cumplen por un imaginario que se propaga como en un efecto contagio, derribando las fichas de un dominó que visto en un plano alejado y a nivel macro, conforma la imagen de la impertinente teoría del derrame.
Parece irónico entender que cuando la confianza en el dinero circulante comienza por transpirar, quienes retienen el poder adquisitivo –vía derecho a la propiedad privada- se vuelcan hacia las reservas de valor de antaño y en paralelo, aumentan las ganancias de capital frente al engorde de la tasa de desempleo.
Aquello que se entiende por globalización no es otra cosa que esta capacidad de trasladar la crisis del dinero hacia todos los que participan del intercambio comercial, y en virtud del grado de insolvencia que yace en las arcas estadounidenses, se termina por confluir en la democratización de la miseria en las periferias que compone cada jurisdicción, sea esto a nivel país, provincia, ciudad, o barrio.
El derecho a la propiedad privada le permite retener a quien posea titularidad de capital, la potestad de decidir cuándo y dónde, volver a reiniciar el circuito productivo/consumista, viendo éstos a través de la mirilla, el desahucie de desempleados bollar en una marejada que se los lleva a las profundidades de la exclusión social.
Se entiende al rumor, como la especulación no confirmada con un objetivo determinado que condiciona el comportamiento social por encima de la información objetiva, con lo que podemos argüir que cada rumor proviene de un interés en un sistema de ganancias financieras que no entiende otras reglas de juego que la suma cero, es decir, que no haya ganador sin perdedor.
En efecto, en medio de un año electoral condicionado por una crisis financiera internacional inédita desde la posguerra, cada rumor se perfeccionara en su sintaxis a modo de seducir cuanto oído quede al espectro cercano de quienes deciden volcar sus pequeñas o grandes sumas de titularidad de poder adquisitivo, en los pasillos de una galería de avenida Florida.
Es por esta minoría del 5% que participa de estas ganancias de capital ilícitas, en una elite que no supera el 7% de la población, que obliga al resto de la periferia a sucumbir su estabilidad económica segregada y marginada por el derecho a la propiedad privada que sucinta los bolsillos de una clase media típica que se dejan encantar por sirenas que cantan desde los pasillos del Banco Central de la República Argentina.


lunes, 23 de junio de 2014

La República o el Estado, y el Alma o el interés del objeto

No puede requerirse la intervención de un ente superior que medie entre la ambición del ser humano, y la convivencia entre la colectividad del mismo que la necesita para subsistir, como así también la padece para desarrollarse haciendo uso de los recursos de los que se apropia para expandirse.

En efecto, podemos identificar diferentes elementos que son inherentes a la condición de ser, y a la supervivencia que la misma condición antecedente le confina a perseguir.

Digamos, que la apropiación y la retenencia de los recursos de los que se nutre el ser para sobrevivir tanto física, como metafísicamente dependen de las confrontaciones donde se demuestra el poderío de cada uno, de cara a reflejar tal resistencia a futuros embates sin recurrir a la propia fuerza.

Por consiguiente, la correlación de fuerzas debe nutrirse de algún compromiso entre los mismos actores que componen la universalidad de pretendientes de recursos, de manera tal que los antecedentes funjan de factores aleccionadores y de matriz de razonamiento como constante que obligue a jugar las cartas dentro de tales reglas de juego.

Es decir, que se conforman los términos de convivencia, como un código de conducta cual aloja en su seno, todo aquello que retiene la ambición del ser humano, a saber: algo que perder.

La distribución de los recursos implica no solamente la delimitación del territorio, sino también algún criterio establecido en pos de las nuevas generaciones y la contención misma que requiere todo ser humano recién traído a la vida.

Si entendemos que los recursos dentro de un espacio delimitado son también limitados, esto quiere decir que si algunos seres que recién nacen reciben como subsidio una equis cantidad de recursos -que son limitados- otros no deberían nacer hasta tanto no se expanda la frontera de recursos disponibles, de forma tal que se establezca una otorgación de recursos en base a algún criterio como el esfuerzo y el mérito físico como intelectualmente.

El párrafo que precede conlleva la génesis del centro y la periferia, y las inequidades sociales que segmentan a la sociedad en clases. Si suponemos alcanzados los límites de nacimientos sobre una determinada cantidad de recursos asignados equitativamente, con la llegada de un nuevo ser, todo el sistema se desequilibra por un simple cálculo matemático, donde entrará en juego algún criterio subjetivo que determine quién recibe más, y lógicamente, quien recibe menos.

Esta inequidad es per se, y es la apropiación de los recursos lo que divide las aguas entre las clases sociales disparadas por estas desproporciones, y sobre la cual se fundan las embestidas y las demostraciones de poder que deben ser resistidas cíclicamente conforme el nacimiento de un nuevo ser humano que demanda una equis cantidad de tiempo de madurez tanto intelectual, como fìsica para poder valerse por sí mismos.

No puede haber una concepción de un Estado que incluya a todos por igual, sin permitir que los propios debatan y justifiquen de qué valerse para apropiarse de más recursos que otros tantos, ya que como vimos, ese equilibrio es engullido por los confines de las ciencias estáticas como las matemáticas.

Aquello que quita el sueño al hombre, como animal racional, encuentra al objeto sea éste tangible o no, que le impide discernir entre las tareas que le demanda su genoma para reproducirse y preservar la especie, y aquella otra característica que algunos llaman el alma.

Cuando el ser humano complace sus impulsos y deseos de especie, conforma lo que se denomina familia y se pone en juego la distribución de recursos que quién se ocupe de la manutención deberá adoptar algún criterio subjetivo que lo lleve a repartir aquellos recursos.

Esto último no es menor, ya que cuando los hijos alcancen la madurez suficiente para valerse por sí mismos, desafiarán el poder que el padre poseía y ejercía, ya que como vimos al comienzo del ensayo, los recursos son limitados, y tanto padre como hijo deberán negociar la apropiación de tales recursos.

Éste sistema de familia es por naturaleza, una organización con jerarquías establecidas, y que la política se respira con el primer regaño que recibe el primogénito. A su vez, la familia conforma un solo ente que retiene recursos y los persiste de forma individual frente a los intereses de otra familia que viene en busca de lo mismo, la mayor cantidad de recursos para su familia.