Los rumores como aquella
información decodificada del habla, resuenan y reverberan en los pasillos de
los Bancos comerciales que en un pasado no muy remoto, fueron protagonistas de
la debacle financiera en nuestro país.
Tal es el punto de la incidencia
del rumor, que por osmosis se traslada hacia el inconsciente colectivo, que por
falta de asesoramiento se torna permeable y echa por tierra un armado delicado
de la confianza en un porvenir.
A su vez, las profecías se
auto-cumplen por un imaginario que se propaga como en un efecto contagio,
derribando las fichas de un dominó que visto en un plano alejado y a nivel
macro, conforma la imagen de la impertinente teoría del derrame.
Parece irónico entender que cuando
la confianza en el dinero circulante comienza por transpirar, quienes retienen
el poder adquisitivo –vía derecho a la propiedad privada- se vuelcan hacia las
reservas de valor de antaño y en paralelo, aumentan las ganancias de capital
frente al engorde de la tasa de desempleo.
Aquello que se entiende por globalización no es otra cosa que esta
capacidad de trasladar la crisis del dinero hacia todos los que participan del
intercambio comercial, y en virtud del grado de insolvencia que yace en las
arcas estadounidenses, se termina por confluir en la democratización de la
miseria en las periferias que compone cada jurisdicción, sea esto a nivel país,
provincia, ciudad, o barrio.
El derecho a la propiedad privada
le permite retener a quien posea titularidad de capital, la potestad de decidir
cuándo y dónde, volver a reiniciar el circuito productivo/consumista, viendo
éstos a través de la mirilla, el desahucie de desempleados bollar en una
marejada que se los lleva a las profundidades de la exclusión social.
Se entiende al rumor, como la
especulación no confirmada con un objetivo determinado que condiciona el
comportamiento social por encima de la información objetiva, con lo que podemos
argüir que cada rumor proviene de un interés en un sistema de ganancias financieras
que no entiende otras reglas de juego que la suma cero, es decir, que no haya
ganador sin perdedor.
En efecto, en medio de un año
electoral condicionado por una crisis financiera internacional inédita desde la
posguerra, cada rumor se perfeccionara en su sintaxis a modo de seducir cuanto
oído quede al espectro cercano de quienes deciden volcar sus pequeñas o grandes
sumas de titularidad de poder adquisitivo, en los pasillos de una galería de
avenida Florida.
Es por esta minoría del 5% que
participa de estas ganancias de capital ilícitas, en una elite que no supera el
7% de la población, que obliga al resto de la periferia a sucumbir su
estabilidad económica segregada y marginada por el derecho a la propiedad
privada que sucinta los bolsillos de una clase media típica que se dejan
encantar por sirenas que cantan desde los pasillos del Banco Central de la
República Argentina.

