Fabricar robots o exportar materias primas no es el
dilema.
Los años dorados
de la globalización han encontrado la especialización y la división
internacional del trabajo como un punto de inflexión en la desventura que le
depara a la distribución consecuente de los ingresos.
Dícese de la
industrialización como el faro inexorable al desarrollo. Sin embargo, al
permearse en la tela de juicio qué es lo que entendemos por “desarrollo”, nos
vemos obligados a confluir en una vertiente de falacias y dicotomías que los
sectores sociales vulnerables terminan por percibir en el fondo de sus
bolsillos.
Tal es el punto
de la disonancia lingüística, que incluso quienes son considerados por la
heterodoxia como aptos para explicar y predicar un modelo de desarrollo
económico con inclusión social, recaen en tabúes que difícilmente puedan
sortear.
Distribuir o no distribuir las riquezas es el dilema.
Por otro lado, la
conformación del precio local como internacional parece llevarse consigo al
averno océanos de tinta vertidos en las cloacas de textos y ensayos devenidos
en pasquines con olor a espíritu adolescente que peca de ingenuidad per se.
Las bases de
razonamiento cuya génesis reside en la microeconomía neoclásica, condicionan el
desenlace de una ecuación económica despejando una equis errada de concepto.
Recaer en la
explicación del precio como un valor nominable implica aceptar de cuajo la
máxima de los teóricos de la escuela clásica de la institucionalización que no
pudo salir ni el mismo Marx.
Los precios son políticos, la distribución del
ingreso reside allí.
El almacenero, o
el más rústico de los contadores –que para el caso son la misma persona-
entiende que de su libro balance o
cuaderno, todos los costos son medios
–es un dato dado- a excepción del salario y su ganancia.
Si entendemos que
el dinero es un papel rectangular cuyo valor viene dado por la creencia y
confianza en su garante –el Banco Central-, deducimos que es poder de compra a
tiempo indefinido, lo que lo diferencia de una letra o un bono.
Por consiguiente,
el dinero es un papel que las personas dicen valer por una equis cantidad de
bienes. Si sospechamos que los productos se componen de mano de obra y otros
productos –materias primas, por ejemplo- la ganancia del empleador viene a
ubicarse entre medio de ambas cosas.
Si se comprende
que la materia prima o insumo de un producto compuesto, es también otro
producto donde intervino la mano de obra, se deduce entonces que los productos
en general, se componen sólo de capital y trabajo.
De aquellas
anotaciones del almacenero inferimos que la proporción entre salario y su
ganancia no es otra cosa que una correlación de fuerzas, donde existe una
garantía constitucional que avala la acumulación de capital pero en ningún
lugar parece pronunciarse de la misma manera hacia la preservación del salario.
El primero está preestablecido y el segundo se re-configura de paritaria a
paritaria. Hay un desfasaje de tiempo y espacio que mantiene en vilo a la
sociedad. Se lo conoce como statu quo
y no se entiende su mecanismo.
Un precio
internacional viene dado, y un precio local es parido como un embrión que no
necesariamente fue concebido como fruto del amor.
Cuando este
precio local siente curiosidad por cruzar la frontera se convierte en un precio
internacional, y así debe comprenderse un precio internacional que viene dado.
Es decir, como una consecuencia en una correlación de fuerzas entre el salario
y la ganancia.
Aquella porción
que se corresponde como salario implica una capacidad de compra también
identificada como poder adquisitivo de bienes y servicios locales como bienes
extranjeros. Esta composición de salario/ganancias es la pata de la sota del desarrollo
socio-económico de un determinado país.
Si tomamos el
espíritu del mercantilismo de buscar el excedente exportando más que
importando, llegaríamos a la conclusión de los clásicos que el mundo se
quedaría sin excedentes cuando todos buscasen lo mismo cuando la verdadera
riqueza de las naciones es la producción de bienes. Si a este último
razonamiento le adosamos que los países entienden la ganancia del comercio
internacional como el superávit comercial, enviaríamos más productos que los
que consumiríamos.
Tanto los
mercantilistas como los clásicos de la revolución industrial coincidían en
salarios mínimos de subsistencia para desincentivar la importación. El propio
marx introdujo el “elemento moral e histórico” en la noción de los medios de
subsistencia, sin repudiar la base biológica sino tan sólo explicando cómo se
formó.
Si la máxima de
los ideólogos de la revolución industrial consta de la riqueza de las naciones
en la producción y por deducción la exportación de los mismos, la acumulación
de capital viene entendida por estratos sociales, castas, linaje, statu quo.
Los trabajadores o asalariados no parecen encastrar en la concepción de
“nación” ya que resultan confinados a la pobreza y la mínima subsistencia.
Nada parece haber
cambiado con los BRIC’s si encontramos que son todos ellos, por caso, Brasil,
Rusia, India y China, atravesados por una deficiente distribución de ingresos
que en proporción resultan, de marras,
de poco poder adquisitivo.
Sin embargo, los
BRIC’s fabrican robots y también exportan materias primas, pero sus clases
asalariadas se encuentran más próximos al mínimo de subsistencia muy lejos de
identificarse esto como arropados por el concepto de “desarrollo” siempre y
cuando culmine allí y no se especifique a qué tipo de desarrollo se refiere.
