miércoles, 23 de septiembre de 2020

Estructuras, parte II: el tiempo mental

 

Sobradas extensiones de texto recubren la vasta existencia literaria respecto de la utilización de los recursos en cada orden de nuestra particular vida. La incertidumbre a la vuelta de la esquina se cierne sobre andrajosos modales que despolva el aire denso y difuso que cuadra nuestra percepción de una existencia que cada vez nos sorprende con menos, casi como esforzándose en un minimalismo sin precedentes.

La luz del alba que enceguece como la resolana del pre-ocaso nos diagrama cada uno de los días que se esfuman contrarreloj desde el momento de nuestra concepción de la que no tuvimos voz ni voto y que a destajo nos pusieron a hacer la fila en esta finita cola de banco que según los dotes y una serie de variables que resultan de un desquiciado quini 6 nos ponen en uno y otro escalafón de privilegios que nos acompañarán hasta la caída por el monte Yomotsu.

 

El Teletrabajo y el tiempo mental

La relación de aspecto entre aquello que idealizamos y lo que de facto sucede debería de reperfilarnos como una postura irrefrenable hacia la vida misma donde nuestras antenitas de vinil nos adviertan la presencia del enemigo, que en este caso se presenta como un sujeto que nos pregunta si queremos ser nuestro propio jefe.

La matemática presentada como ciencia exacta en nuestras vidas se ofrece como moderador de recursos físicos y biológicos que nos ayudan a fraccionar el tiempo disponible que nos permite diferenciar, como distintivo de los demás factores productivos, que la fuerza de trabajo es la única mercancía entre todas las demás mercancías, que al consumirse genera un valor superior al de su propio costo de producción y el efecto de su consumo se vuelven comparables donde aquella diferencia constituye la ganancia, conocido como plusvalía. Tentador es para quien recurre a la fuerza de trabajo para acrecentar su producción/ganancias referirse a la toma del servicio laboral como una generosidad, como un acto de caridad o beneficencia dejando de lado el utilitarismo que determina la inclinación por una u otra opción de costo-oportunidad en función de las variables fácticas que se encuentran al alcance.

Los esfuerzos por mantener divididas las aguas a la economía de las ciencias sociales con su respectiva carga filosófica parecen tomar cada vez mayor fuerza cuando del tamiz no se cuelan las incidencias no cuantificables ni mensurables que hacen al bienestar social, sólo aquellos que pueden ser comerciados cuando reside en nuestra conciencia pequeñas —o no tan pequeñas- cargas emocionales que atañen nuestra placidez. Muy por el contrario, la heladera y alacena completa nos deterioran dejando caminos en nuestras comisuras como erosionados formando rendijas de donde se filtra la lóbrega luz de nuestros pendientes. Trabajar por hora o por objetivos parecen dilucidarse de la borrasca laberíntica que nos mantiene alejados de nosotros mismos, y la meritocracia linkediniana hace lo suyo señalando los peldaños que ocupamos en la escalera de la vida donde le miramos el culo al que está arriba pisoteando los dedos del que viene más abajo para que no nos alcance.

Lo curioso de la promesa del progreso que aguarda en el asiento de atrás del auto de vidrios polarizados es que los avances en la tecnología se presenten para facilitarnos la vida y cuya amenaza de sustitución laboral sea mitigada con discursiva de corte adaptativo, nos envíe un sujeto que resopla una armónica presagiando notas tonales en bicicleta ofreciéndonos el servicio de afilar ambas hojas de la cuchilla que nos lastima la piel cuando nos encontramos a deshoras respondiendo mensajes con la ilusión de administrar nuestros tiempos, expresión curiosa que falta a la verdad en aquello de “nuestros”, algo que dejó de serlo desde que nos inscribieron en el registro civil de las personas.

Ceños fruncidos y vellones que la escoba se lleva consigo atestiguan la letra chica del contrato que las comunicaciones nos ofrecen a punta de pistola y esparcen la polvareda escamada del ajetreo que el home office nos inflige a cambio de unos posteos instagrameros que nos ubica heroicamente como un emprendedor. Emprendedor que contra las inclemencias de las injusticias fiscales de un Estado voraz y recaudador nos sume y empuja a la informalidad de la economía que nos habilita a justificar la evasión impositiva de una sociedad de la que estamos escindidos y que el pan que vendemos no lo paga el salario del barrio sino una entidad inefable, una entelequia del más allá cuyo poder adquisitivo según las premisas liberales sólo son producto del ‘libre juego de oferta y demanda’. Así como este último desangre cognitivo ensucia cualquier planteo razonable se propaga haciendo metástasis en los códigos fuente que nos programa la percepción de una realidad que no comprendemos, como un enemigo invisible que nos golpea desde la oscuridad.

El tiempo mental es aquel del que disponemos, cuando nuestra mente se encuentra libre de sus opresiones para concentrarnos y focalizarnos en nuestras tareas, pasiones, desaires, y placeres…un tiempo mental que en términos nominales parece mucho o suficiente, pero en términos reales es poco y nada porque la vorágine de la vida al que las reglas de juego nos desafía nos quita no sólo el tiempo físico de trasnochar para completar lo pendiente del mismo día sino que también nos quita tiempo de tranquilidad mental porque la incertidumbre a la que nos conduce el poder económico concentrado nos obliga a producir todavía más para obtener cada vez menos, nunca sin sugerirnos que el problema son los de abajo a través de la infinidad de usinas que a su disposición lanzan panfletos propagandísticos con lemas de meritocracia desde los aviones culturales en esta guerra de la que no podemos escapar, ni mucho menos ganar.

No es difícil entender que con un par de gráficos que dan cuenta de que la distribución de los ingresos empeora año tras año donde hoy por hoy las 27 personas más ricas del mundo tienen el dinero de las 3.800 millones de personas más pobres del mundo. El análisis es muy simple, la propiedad privada y las ‘seguridad jurídica’ que el mundo offshore les provee hace que cada vez más personas se disputen cada vez menos recursos, ya que desde que el mundo es mundo los recursos son limitados y la suma cero implica que lo que uno tiene otro ya no lo tendrá, y también que cuando uno gana el otro indefectiblemente pierde. Pero la atención nunca recae sobre ellos en primer término, no, cuando dos personas extrañas se nos presentan en la que una denuncia que la otra le quiere vulnerar, instintivamente le creemos más al primero que al segundo, cuando ambos son perfectos extraños, y tan así es el sentido común al que nos han inducido que hoy por hoy ni siquiera le conocemos el rostro a nuestro enemigo, son intangibles, imperceptibles, reposan allí arriba.

La estructura es sólo para ellos, pero la necesitamos todos, porque la desfragmentación que sufrimos encuadra perfectamente en una pintura de Picasso.

Continuará…