jueves, 29 de diciembre de 2022

Diamante de sangre

Resabios de un colonialismo incomprendido, perseguidos por someter distinto.

De la vulgaridad y los excesos. Festejar bajito para no interrumpir la siesta del patrón.

Del lío y la desobediencia, de las travesuras a la irreverencia. De modales a modismos. De símbolos a la simbología del sometimiento, lenguaje corporal que insulta y degrada más que las palabras de los sublevados.

Ignominias permitidas hacia los reos, porque carecen de derechos. Países pequeños e inundables que viven por encima de sus posibilidades a expensas de saqueos. Corsarios de toda época que ni siquiera disimulan su desprecio por el ser al que explotan, y que deben bancarse gajes de la independencia para extraer de ellos a precios baratos mediante la injerencia, la intromisión, y el control de las empresas que utilizan para extraer recursos o productos comprando acciones de empresas—“comprando”, forma sutil de apropiación-.

Si existe constante a lo largo de la historia, es la dinámica del poder, es decir, lograr que un tercero provea de bienestar a otro, a perpetuidad. La implantación de un núcleo de poder en un territorio conquistado implica una asociación a distancia en la que la construcción de poder de uno y otro generará una tensión natural que más temprano que tarde terminará por derivar en una confrontación de intereses. Por supuesto que parte de la administración de las tensiones de poder implicará ceder en términos de objeto de valor, como un simbolismo en sí mismo que no necesariamente implique dinero o divisas. La familia administradora implantada en una colonia demandará de recursos para sostenerse como tal en una sociedad que irá transformándose en la que las generaciones podrán confluir o no en mayor o menor grado.

La fallida república de Rodesia, en la que una minoría blanca fue implantada en una colonia surafricana por parte del imperio británico que colonizó Zimbabue, fue desplazando al imperio portugués que a comienzos del 1600 otorgó a los portugueses el derecho a explotación del subsuelo de la zona. A finales del siglo XIX, el “Napoleón del Cabo”, Cecil Rhodes, que fue enviado a Sudáfrica —colonia inglesa- en 1870, donde ingresó al comercio de diamantes, aquel negocio sangriento donde los valores éticos y morales del cristianismo inglés suele tomarse alguna que otra licencia mirando para un costado, le permitió a Rhodes montar un negocio que prosperó hasta el siglo XXI. Ya con dinero e influencia en la zona, Cecil Rhodes se erigió como parlamentario en el Parlamento de la Colonia del Cabo, región de Sudáfrica que primero estuvo bajo control holandés y luego inglés, y que, en 1890, Rhodes logra ser designado como primer ministro de la colonia.

Controlar una colonia a distancia, como iniciar y sostener una campaña de conquista lejos de la administración central de un imperio, implica erogación de recursos de todo tipo al mismo tiempo que un coste de oportunidad de desfinanciar otras áreas mientras las tensiones con otras potencias se mantienen y que hasta pueden incrementarse como una oportunidad de avance en negocios, guerras, territorio, y todo otro asunto de Estado en materia de política exterior. En el caso de los intereses en el sur africano, y ante los escases de recursos para emprender una campaña de colonización de Zimbabue, la corona inglesa accedió a que Cecil Rhodes utilizara la fuerza de la guardia de su Compañía Británica de Sudáfrica fundada en 1890, para colonizar con granjeros blancos, Mashonaland, región del norte de la actual Zimbabue. Uno de los granjeros, ganadero y carnicero emigró a la colonia de Rodesia en 1898, cuyo hijo nacido 21 años después, Ian Smith, quien ascendería a Primer Ministro de Rodesia, que en 1965 se declararía unilateralmente como Estado independiente, dirigida por una minoría blanca que no alcanzaba ni siquiera al 1 % de la población de Zimbabue. En 1969 una minoría blanca votó a favor de una república como forma de gobierno con una nueva constitución, declarándose al año siguiente como República, una que no fue reconocida por el propio Reino Unido ni por la ONU, dado que la dirigencia de Smith no otorgaba las garantías a la corona inglesa, y, por lo tanto, esta siendo miembro permanente del consejo de seguridad de las Naciones Unidas, la propia ONU tampoco apoyó a Ian Smith en su empresa.

Como producto de los conflictos entre una población negra que naturalmente no encontrara representados y defendidos sus intereses a manos de una minoría blanca, que carecía de apoyo desde sus raíces británicas, se desató una guerra que duraría una década, donde finalmente, en 1980, el país consigue su independencia y reconocimiento bajo el nombre de lo que hoy se conoce como la República de Zimbabue.

Usufructuar de las colonias, como lo fue bajo el tráfico de esclavos, luego de recursos naturales y minerales, para más tarde hacerlo además mediante la fuerza de trabajo para producir a bajo coste, sin hacerse cargo de las consecuencias de lo mismo bajo muros, fronteras, e incluso restricciones de índole ambiental, siendo las potencias imperialistas y colonialistas quienes saturaron la atmósfera producto de sus revoluciones industriales en el siglo XVIII, XIX y XX, resulta de un cinismo sin precedentes que se oculta tras el sofismo que tanto molestaba a Sócrates, y también por otro tanto de artilugios diplomáticos de quienes hicieron escuela hasta estos tiempos.

Me pregunto si el plantel francés subcampeón es una muestra representativa de la composición étnica de su país y de distribución de poderes. En Estados Unidos el matrimonio interracial recién fue aprobado a partir de 1967, motivo por el cual la segregación racial se percibe con tanto contraste. Los criollos menos desarrollados sudamericanos se han quedado con el oro, y aquellos de la “libertad, igualdad y fraternidad” sólo se han quedado con su diamante de sangre.

lunes, 22 de agosto de 2022

La filosofía: el nervio de la guerra conceptual

De entre lo más contradictorio de la teoría, o más bien de los teóricos del libre mercado es aquello de idealizar la administración del Estado como una empresa privada, entre otras consideraciones respecto de las falacias y la impertinencia de los postulados o pregones es que estos mismos se vuelven el yugo de los propios resultados esperados. Por un lado, quienes envueltos en banderas de alguna clase de no-intervención de la actividad onerosa privada que claman son los mismos incapaces de presentar augurios pasados que se hayan cumplido y que promueven la eficiencia del factor trabajo y su correspondiente cese de actividades ante episodios de ociosidad.

El neoliberal argentino promedio se ve enfrascado en la paradoja del contador cuyo resultado final incidirá directamente en la contratación del mismo o no en función de los rendimientos obtenidos, paradoja en sí misma porque los mismos 'economistas' -permítaseme poner en dudas el concepto- que surcan pasillos televisivos y radiales son los primeros en ser ajusticiados en función de sus vaticinios equívocos que se repiten año tras año. Por otra parte, la paradoja del contador cobra mayor relevancia cuando se ve inmersa la subjetividad que de alguna manera se antepone por sobre los resultados mencionados, y que esto escala hacia la realidad política de los países. Es decir, que el soberano es elegido en función de su trayectoria y la expertise en un pragmatismo absoluto de quienes delegan su propio destino en seres que deben ser juzgados, en función de resultados anteriores tal como un contador y no en función de promesas inviables, donde se pierde toda objetividad desviando el norte de aquella relación posible/probable que hace al día a día de la administración de los recursos tanto para el sector público como para el sector privado.

La filosofía es el nervio de la guerra conceptual.

¿cómo es posible exigir aquello que personalmente no podemos presumir como profesionales? En la administración empresarial no da lo mismo perder 10 que perder 15, perder menos es la mejor opción siempre. En la cultura popular existe una zoncera muy recurrente que conlleva a un sector de la población que se siente escindida de la sociedad y que la empuja a alguna especie de apoliticismo que no existe como tal, puesto que en la Argentina el voto es obligatorio y el voto en blanco y el no-voto es irrelevante, votando entonces a algún candidato necesariamente. En esta línea de razonamiento este sector minoritario que muchas veces desempata entre las dos principales correlaciones de fuerza que impera en casi todo el mundo, incurre en una falsedad epistemológica en las ciencias políticas que dice algo como elegir entre “el menos peor” cuando la lógica pura determinaría que “el menos peor” es también “la mejor opción”, sin embargo, la carga conceptual no es la misma, entonces se da una connivencia entre el economista liberal que es incapaz de presentar resultados a la sociedad y los individuos desencantados con una política que generalmente ven detrás de un cristal que sesga el espectro de percepción y que cada vez se ve más alejado de un pragmatismo que implique el resultado de sus intereses, anteponiendo una subjetividad antes que la objetividad que determinaría siempre la contratación de un contador.

Existe una filiación directa entre la concepción del equilibrio y sus adaptaciones mutatis mutandi en función de los resultados finales al cabo de un periodo fiscal, es decir, un año calendario. Lo que en economía se conoce como el óptimo de Pareto, dicta que “dada una asignación inicial de bienes entre un conjunto de individuos, un cambio hacia una nueva asignación que al menos mejora la situación de un individuo sin hacer que empeore la situación de los demás” suele emplearse en términos conceptuales hacia una relación que nunca se ha dado respecto del crecimiento (e implícita y erróneamente inherente al desarrollo) que balbucea el librecambismo cuando lanza una serie de máximas que debieran de darse en clave de laisses faire en la que cada individuo automáticamente se ordenará en fila en función de su aplicabilidad y en relación a esto, en una categoría socioeconómica vinculada al mérito y respectivo merecimiento.

Por un lado, tenemos que el “equilibrio fiscal” al que suelen aferrarse a destajo proclamado como grito atávico a la hora de sojuzgar al proteccionismo, es una situación que jamás se ha logrado bajo las premisas del libre cambio. Por otro lado, las respuestas orgánicas del ser vivo como lo es una economía, jamás se supura en buenos términos bajo un movimiento migratorio ni interno ni externo, y nunca estos atados a alguna relación creciente del ingreso de divisas en carácter de inversión extranjera directa. Pasando en limpio: el libre cambio provoca una diáspora migrante, una reducción del nivel de producto y una concentración de capitales internamente ampliando la brecha de desigualdad social, y al mismo tiempo una fuga interna (fuera del sistema bancario nacional) y externa de capitales como “formación de activos externos en territorio extranjero”.

Es curioso cuánto pueda empecinarse un sector pensante en aplicar teoremas que no cuadran con los preceptos de la política que, en definitiva, es el delimitante como campo de acción, puesto que en la arena donde se libran las pulsiones entre las correlaciones de fuerzas, éstas no pueden verse alteradas por otro mecanismo que no sea el mismo que la política misma. Radica en el seno del raciocinio una cuota significativa de inocencia que se ve potenciada con una serie de conductas que se le exige a una sociedad que resulta impertinente bajo el frío análisis filosófico respecto de su carga conceptual a aquello de la ética y la moral que con frecuencia reverbera por las paredes del entorno social.

Si el castigo divino póstumo ante las faltas cometidas en vida no resulta suficiente como control de comportamiento social, entonces debe actuar la justicia terrenal: ¿si dos sujetos se pelean sin ningún testigo a quién se le da la razón?, pues al que lo cuente mejor. Digamos entonces que la verdad será sentenciada mediante la expresión de un humano con sus subjetividades y la elasticidad de los conceptos según cada caso, por lo que podemos definir entonces que la ilegalidad depende de constatación y de proceso en marcha, de lo contrario sólo quedará a criterio de cada quien.

Los simbolismos con los que nuestra mente recrea el universo preventivamente nos remiten cíclicamente a experiencias pasadas, de lo contrario no existiría mecanismo de defensa ante eventualidades como aquellos animales que ante determinados cambios que perciben en el ambiente se echan a correr, ¿o acaso las personas corren en la oscuridad? El miedo es un mecanismo de preservación de la salud, y ante episodios reminiscentes instintivamente reaccionamos ante ellos. Ahora bien, ¿qué pensamos cuando vemos un individuo de guardapolvos blanco, con anteojos que trasvasa líquido de tubo de ensayo a otro? Lo primero que se nos viene a la mente es “ciencia” o “un científico”, lo mismo sucede cuando vemos un microscopio, pero no pensamos en ciencia cuando vemos a una persona detrás de una computadora que digita palabras y frases en el Word, la verdad es que no se nos viene nada a la mente, y esto es un acierto semiótico de la propaganda que nos ha instalado la seriedad que debemos de darle a una actividad por sobre otra, y de esta manera deslegitimar los estudios de ciencia social. Curioso es que el mismo Einstein solía referirse a las ciencias sociales como un área más compleja que la física debido al dinamismo que implica el tratar con seres humanos.

Definitivamente no vemos ciencia cuando escuchamos a un economista de traje y corbata, pero no porque no use guardapolvos ni anteojos ni esté mezclando líquidos entre dos tubos de ensayo. Definitivamente no vemos ciencia porque la ciencia social se encuentra bastardeada por los pregoneros que no hacen más que vejarla y porque la propaganda entiende a la organización social como el enemigo a derrotar, o más bien, a dividir ya que los intereses foráneos requiere de todo el esfuerzo y despliegue cultural, de injerencia mediante los organismos multilaterales y la injerencia silenciosa a través de las corporaciones y los paquetes accionarios donde se resguarda la voz y voto de los directorios que determinan el destino de los mercados productivos y financieros. Para el antiguo imperio romano significaba más rentable dejar fuera de sus límites a determinadas tribus y pagar el precio del saqueo esporádico que incorporarlos y tener que alimentarlos y proveerle seguridad a cambio de muy poco. El costo de oportunidad es inherente al raciocinio del ser humano y perseguir mayor beneficio a costas del menor esfuerzo es incluso comportamiento animal. A la corona española le resultó muy costosa la campaña en la América Latina de hoy ya que la infraestructura a desplegar insumiría sus recursos vulnerando sus huestes expectantes de avanzada de las demás potencias que ostentaban su poder.

Para el imperio actual resulta más barato invertir en propaganda y absorber a cuentagotas los mejores recursos humanos provenientes de la periferia que abrir sus mercados renunciando a las subvenciones al sector agrícola tal como viene realizando la Europa desde 1962 por la política agraria común (P.A.C.), que, dicho sea de paso, insume el 50 porciento de lo recaudado por la Unión Europea. Algo debiera de inspirar alguna duda si pensáramos por un momento que a lo largo del siglo XIX el continente africano fue alcanzando la independencia de sus colonias europeas sin que esto cambie positivamente los niveles de desarrollo socioeconómico de sus países ya independientes, porque si entendemos que las reglas de juego de dominio mundial implican que la potencia persiga someter al prójimo en beneficio propio y relegando el capitalismo indómito a la más cruda expresión de librecambismo de la que los Estados salen perdiendo, al mismo tiempo que el nivel de producto per cápita europeo fue creciendo sostenidamente mientras los comités de descolonización humedecían emocionados ojos progresistas y desarrollistas imaginarios de una ciudadanía occidental. Continuará.