De entre lo más contradictorio de la teoría, o más bien de los teóricos del libre mercado es aquello de idealizar la administración del Estado como una empresa privada, entre otras consideraciones respecto de las falacias y la impertinencia de los postulados o pregones es que estos mismos se vuelven el yugo de los propios resultados esperados. Por un lado, quienes envueltos en banderas de alguna clase de no-intervención de la actividad onerosa privada que claman son los mismos incapaces de presentar augurios pasados que se hayan cumplido y que promueven la eficiencia del factor trabajo y su correspondiente cese de actividades ante episodios de ociosidad.
El neoliberal argentino promedio se ve enfrascado en la paradoja del contador
cuyo resultado final incidirá directamente en la contratación del mismo o no en
función de los rendimientos obtenidos, paradoja en sí misma porque los mismos 'economistas' -permítaseme poner en dudas el concepto- que surcan pasillos televisivos y radiales son los primeros en ser
ajusticiados en función de sus vaticinios equívocos que se repiten año tras
año. Por otra parte, la paradoja del contador cobra mayor relevancia cuando se
ve inmersa la subjetividad que de alguna manera se antepone por sobre los
resultados mencionados, y que esto escala hacia la realidad política de los
países. Es decir, que el soberano es elegido en función de su trayectoria y la expertise
en un pragmatismo absoluto de quienes delegan su propio destino en seres que deben
ser juzgados, en función de resultados anteriores tal como un contador y no en
función de promesas inviables, donde se pierde toda objetividad desviando el
norte de aquella relación posible/probable que hace al día a día de la
administración de los recursos tanto para el sector público como para el sector
privado.
La filosofía es
el nervio de la guerra conceptual.
¿cómo es posible exigir aquello que personalmente no podemos presumir como
profesionales? En la administración empresarial no da lo mismo perder 10 que
perder 15, perder menos es la mejor opción siempre. En la cultura popular
existe una zoncera muy recurrente que conlleva a un sector de la población que
se siente escindida de la sociedad y que la empuja a alguna especie de
apoliticismo que no existe como tal, puesto que en la Argentina el voto es
obligatorio y el voto en blanco y el no-voto es irrelevante, votando entonces a
algún candidato necesariamente. En esta línea de razonamiento este sector
minoritario que muchas veces desempata entre las dos principales correlaciones
de fuerza que impera en casi todo el mundo, incurre en una falsedad
epistemológica en las ciencias políticas que dice algo como elegir entre “el
menos peor” cuando la lógica pura determinaría que “el menos peor” es también
“la mejor opción”, sin embargo, la carga conceptual no es la misma, entonces se da una
connivencia entre el economista liberal que es incapaz de presentar resultados
a la sociedad y los individuos desencantados con una política que generalmente
ven detrás de un cristal que sesga el espectro de percepción y que cada vez se
ve más alejado de un pragmatismo que implique el resultado de sus intereses, anteponiendo una subjetividad antes que la objetividad que determinaría siempre
la contratación de un contador.
Existe una filiación directa entre la concepción del equilibrio y sus adaptaciones mutatis mutandi en función de los resultados finales al cabo de un periodo fiscal, es decir, un año calendario. Lo que en economía se conoce como el óptimo de Pareto, dicta que “dada una asignación inicial de bienes entre un conjunto de individuos, un cambio hacia una nueva asignación que al menos mejora la situación de un individuo sin hacer que empeore la situación de los demás” suele emplearse en términos conceptuales hacia una relación que nunca se ha dado respecto del crecimiento (e implícita y erróneamente inherente al desarrollo) que balbucea el librecambismo cuando lanza una serie de máximas que debieran de darse en clave de laisses faire en la que cada individuo automáticamente se ordenará en fila en función de su aplicabilidad y en relación a esto, en una categoría socioeconómica vinculada al mérito y respectivo merecimiento.
Por un lado, tenemos que el “equilibrio fiscal” al que suelen aferrarse a destajo proclamado como grito atávico a la hora de sojuzgar al proteccionismo, es una situación que jamás se ha logrado bajo las premisas del libre cambio. Por otro lado, las respuestas orgánicas del ser vivo como lo es una economía, jamás se supura en buenos términos bajo un movimiento migratorio ni interno ni externo, y nunca estos atados a alguna relación creciente del ingreso de divisas en carácter de inversión extranjera directa. Pasando en limpio: el libre cambio provoca una diáspora migrante, una reducción del nivel de producto y una concentración de capitales internamente ampliando la brecha de desigualdad social, y al mismo tiempo una fuga interna (fuera del sistema bancario nacional) y externa de capitales como “formación de activos externos en territorio extranjero”.
Es curioso cuánto pueda empecinarse un sector pensante en aplicar teoremas que no cuadran con los preceptos de la política que, en definitiva, es el delimitante como campo de acción, puesto que en la arena donde se libran las pulsiones entre las correlaciones de fuerzas, éstas no pueden verse alteradas por otro mecanismo que no sea el mismo que la política misma. Radica en el seno del raciocinio una cuota significativa de inocencia que se ve potenciada con una serie de conductas que se le exige a una sociedad que resulta impertinente bajo el frío análisis filosófico respecto de su carga conceptual a aquello de la ética y la moral que con frecuencia reverbera por las paredes del entorno social.
Si el castigo divino póstumo ante las faltas cometidas en vida no
resulta suficiente como control de comportamiento social, entonces debe actuar
la justicia terrenal: ¿si dos sujetos se pelean sin ningún testigo a quién se
le da la razón?, pues al que lo cuente mejor. Digamos entonces que la verdad
será sentenciada mediante la expresión de un humano con sus subjetividades y la
elasticidad de los conceptos según cada caso, por lo que podemos definir
entonces que la ilegalidad depende de constatación y de proceso en marcha, de
lo contrario sólo quedará a criterio de cada quien.
Los simbolismos con los que nuestra mente recrea el universo
preventivamente nos remiten cíclicamente a experiencias pasadas, de lo
contrario no existiría mecanismo de defensa ante eventualidades como aquellos
animales que ante determinados cambios que perciben en el ambiente se echan a
correr, ¿o acaso las personas corren en la oscuridad? El miedo es un mecanismo
de preservación de la salud, y ante episodios reminiscentes instintivamente
reaccionamos ante ellos. Ahora bien, ¿qué pensamos cuando vemos un individuo de
guardapolvos blanco, con anteojos que trasvasa líquido de tubo de ensayo a
otro? Lo primero que se nos viene a la mente es “ciencia” o “un científico”, lo
mismo sucede cuando vemos un microscopio, pero no pensamos en ciencia cuando
vemos a una persona detrás de una computadora que digita palabras y frases en
el Word, la verdad es que no se nos viene nada a la mente, y esto es un acierto
semiótico de la propaganda que nos ha instalado la seriedad que debemos
de darle a una actividad por sobre otra, y de esta manera deslegitimar los
estudios de ciencia social. Curioso es que el mismo Einstein solía referirse a
las ciencias sociales como un área más compleja que la física debido al
dinamismo que implica el tratar con seres humanos.
Definitivamente no vemos ciencia cuando escuchamos a un economista de traje
y corbata, pero no porque no use guardapolvos ni anteojos ni esté mezclando
líquidos entre dos tubos de ensayo. Definitivamente no vemos ciencia porque la
ciencia social se encuentra bastardeada por los pregoneros que no hacen más que
vejarla y porque la propaganda entiende a la organización social como el
enemigo a derrotar, o más bien, a dividir ya que los intereses foráneos
requiere de todo el esfuerzo y despliegue cultural, de injerencia mediante los
organismos multilaterales y la injerencia silenciosa a través de las
corporaciones y los paquetes accionarios donde se resguarda la voz y voto de
los directorios que determinan el destino de los mercados productivos y
financieros. Para el antiguo imperio romano significaba más rentable dejar
fuera de sus límites a determinadas tribus y pagar el precio del saqueo
esporádico que incorporarlos y tener que alimentarlos y proveerle seguridad a
cambio de muy poco. El costo de oportunidad es inherente al raciocinio del ser
humano y perseguir mayor beneficio a costas del menor esfuerzo es incluso
comportamiento animal. A la corona española le resultó muy costosa la campaña
en la América Latina de hoy ya que la infraestructura a desplegar insumiría sus
recursos vulnerando sus huestes expectantes de avanzada de las demás potencias
que ostentaban su poder.
Para el imperio actual resulta más barato invertir en propaganda y absorber a cuentagotas los mejores recursos humanos provenientes de la periferia que abrir sus mercados renunciando a las subvenciones al sector agrícola tal como viene realizando la Europa desde 1962 por la política agraria común (P.A.C.), que, dicho sea de paso, insume el 50 porciento de lo recaudado por la Unión Europea. Algo debiera de inspirar alguna duda si pensáramos por un momento que a lo largo del siglo XIX el continente africano fue alcanzando la independencia de sus colonias europeas sin que esto cambie positivamente los niveles de desarrollo socioeconómico de sus países ya independientes, porque si entendemos que las reglas de juego de dominio mundial implican que la potencia persiga someter al prójimo en beneficio propio y relegando el capitalismo indómito a la más cruda expresión de librecambismo de la que los Estados salen perdiendo, al mismo tiempo que el nivel de producto per cápita europeo fue creciendo sostenidamente mientras los comités de descolonización humedecían emocionados ojos progresistas y desarrollistas imaginarios de una ciudadanía occidental. Continuará.
