Resabios de un colonialismo incomprendido, perseguidos por someter distinto.
De la vulgaridad y los excesos. Festejar bajito para no interrumpir la
siesta del patrón.
Del lío y la desobediencia, de las travesuras a la irreverencia. De modales
a modismos. De símbolos a la simbología del sometimiento, lenguaje corporal que
insulta y degrada más que las palabras de los sublevados.
Ignominias permitidas hacia los reos, porque carecen de derechos. Países
pequeños e inundables que viven por encima de sus posibilidades a expensas de saqueos.
Corsarios de toda época que ni siquiera disimulan su desprecio por el ser al
que explotan, y que deben bancarse gajes de la independencia para extraer de
ellos a precios baratos mediante la injerencia, la intromisión, y el control de
las empresas que utilizan para extraer recursos o productos comprando acciones de
empresas—“comprando”, forma sutil de apropiación-.
Si existe constante a lo largo de la historia, es la dinámica del poder, es
decir, lograr que un tercero provea de bienestar a otro, a perpetuidad. La
implantación de un núcleo de poder en un territorio conquistado implica una
asociación a distancia en la que la construcción de poder de uno y otro
generará una tensión natural que más temprano que tarde terminará por derivar
en una confrontación de intereses. Por supuesto que parte de la administración
de las tensiones de poder implicará ceder en términos de objeto de valor, como
un simbolismo en sí mismo que no necesariamente implique dinero o divisas. La familia
administradora implantada en una colonia demandará de recursos para sostenerse
como tal en una sociedad que irá transformándose en la que las generaciones
podrán confluir o no en mayor o menor grado.
La fallida república de Rodesia, en la que una minoría blanca fue
implantada en una colonia surafricana por parte del imperio británico que colonizó
Zimbabue, fue desplazando al imperio portugués que a comienzos del 1600 otorgó
a los portugueses el derecho a explotación del subsuelo de la zona. A finales
del siglo XIX, el “Napoleón del Cabo”, Cecil Rhodes, que fue enviado a Sudáfrica
—colonia inglesa- en 1870, donde ingresó al comercio de diamantes, aquel
negocio sangriento donde los valores éticos y morales del cristianismo inglés suele
tomarse alguna que otra licencia mirando para un costado, le permitió a Rhodes
montar un negocio que prosperó hasta el siglo XXI. Ya con dinero e influencia
en la zona, Cecil Rhodes se erigió como parlamentario en el Parlamento de la
Colonia del Cabo, región de Sudáfrica que primero estuvo bajo control holandés
y luego inglés, y que, en 1890, Rhodes logra ser designado como primer
ministro de la colonia.
Controlar una colonia a distancia, como iniciar y sostener una campaña de
conquista lejos de la administración central de un imperio, implica erogación
de recursos de todo tipo al mismo tiempo que un coste de oportunidad de
desfinanciar otras áreas mientras las tensiones con otras potencias se
mantienen y que hasta pueden incrementarse como una oportunidad de avance en
negocios, guerras, territorio, y todo otro asunto de Estado en materia de
política exterior. En el caso de los intereses en el sur africano, y ante los
escases de recursos para emprender una campaña de colonización de Zimbabue, la
corona inglesa accedió a que Cecil Rhodes utilizara la fuerza de la guardia de
su Compañía Británica de Sudáfrica fundada en 1890, para colonizar con
granjeros blancos, Mashonaland, región del norte de la actual Zimbabue. Uno de los
granjeros, ganadero y carnicero emigró a la colonia de Rodesia en 1898, cuyo
hijo nacido 21 años después, Ian Smith, quien ascendería a Primer Ministro de Rodesia,
que en 1965 se declararía unilateralmente como Estado independiente, dirigida
por una minoría blanca que no alcanzaba ni siquiera al 1 % de la población de
Zimbabue. En 1969 una minoría blanca votó a favor de una república como forma
de gobierno con una nueva constitución, declarándose al año siguiente como
República, una que no fue reconocida por el propio Reino Unido ni por la ONU,
dado que la dirigencia de Smith no otorgaba las garantías a la corona inglesa,
y, por lo tanto, esta siendo miembro permanente del consejo de seguridad de las
Naciones Unidas, la propia ONU tampoco apoyó a Ian Smith en su empresa.
Como producto de los conflictos entre una población negra que naturalmente
no encontrara representados y defendidos sus intereses a manos de una minoría
blanca, que carecía de apoyo desde sus raíces británicas, se desató una guerra
que duraría una década, donde finalmente, en 1980, el país consigue su independencia
y reconocimiento bajo el nombre de lo que hoy se conoce como la República de
Zimbabue.
Usufructuar de las colonias, como lo fue bajo el tráfico de esclavos, luego
de recursos naturales y minerales, para más tarde hacerlo además mediante la
fuerza de trabajo para producir a bajo coste, sin hacerse cargo de las
consecuencias de lo mismo bajo muros, fronteras, e incluso restricciones de
índole ambiental, siendo las potencias imperialistas y colonialistas quienes saturaron
la atmósfera producto de sus revoluciones industriales en el siglo XVIII, XIX y
XX, resulta de un cinismo sin precedentes que se oculta tras el sofismo que
tanto molestaba a Sócrates, y también por otro tanto de artilugios diplomáticos
de quienes hicieron escuela hasta estos tiempos.
Me pregunto si el plantel francés subcampeón es una muestra representativa de
la composición étnica de su país y de distribución de poderes. En Estados
Unidos el matrimonio interracial recién fue aprobado a partir de 1967, motivo
por el cual la segregación racial se percibe con tanto contraste. Los criollos
menos desarrollados sudamericanos se han quedado con el oro, y aquellos de la “libertad,
igualdad y fraternidad” sólo se han quedado con su diamante de sangre.
