Desde tiempos de batalla mediática entre el gobierno nacional y las corporaciones asociadas a la explotación agraria sojera, el grupo hegemónico que controla los medios de comunicación, tomó como elemento de choque, la manipulación de criterios subjetivos y apreciaciones acompañadas de juicios de valor, emitidos por personajes presuntamente consagrados en sus áreas.
La emisión de datos que fueron traídos de los pelos, y torturados para lograr informar lo que escapa a su propia comprobación contrastada con datos reales y concretos, ha sido desde tiempos de la creación de las ciencias sociales, el ariete fundamental para la desinformación, y con ella aparejada, la respectiva ignorancia generada.
El arte del engaño es liberado en una pradera donde corre protegido por la desidia del receptor de la información que es sometido al destelle de una pantalla o parlante que habla pero no escucha, y que sus reclamos jamás llegarían a ser contemplados, jugando con la fe de erratas como herramienta desechada al olvido.
Las mentiras son reiteradas en función de la necesidad de quien proscribe su interés en producir cierto efecto, sobre quien absorbe los mensajes subliminales florecidos de la gesticulación que empatiza su miseria, acompañando una sonrisa desdibujada por la tristeza que pretende transmitir.
La anunciación de un resultado económico desfavorable para el segmento dirigido, es previamente estudiado para no mermar pérdidas frente a la apreciación de quien capta el mensaje, por lo que los artilugios puestos en práctica son tan variados como rebuscados, con el objeto final de inculcar una mentira, y por supuesto, aumentar el nivel de audiencia.
Afirmar que un producto es “caro” o “barato” sin expresar el nicho comparable, es abusar de lenguaje tanto como determinar la belleza de un dios. Los precios solo pueden ser caros, contrastados contra un poder adquisitivo, o baratos en la misma lógica.
El salario se expresa en determinada moneda de curso legal en un país, y expresado en divisa bajo la respectiva conversión mediante el tipo de cambio determinado por su banco central.
El costo de vida, comparado entre la necesidad de los productos a consumir como necesidad básica –llamada canasta básica- y entre el salario percibido, deja una franja que es la que determina el salario real de un ciudadano.
Entre países cercanos que intercambian comercialmente sus productos, existe estrecha relación entre el costo de producción de cada estructura económica, vinculado directamente con los niveles de salario nominales, y salario real como elemento sustancial para determinar la evolución o no, del bolsillo del trabajador promedio.
Presumir que un país como Uruguay exporte mas alimentos cárnicos que la Argentina, no quiere decir nada, si este indicador no es ponderado con la cantidad que consume un trabajador promedio uruguayo, comparándolo con la cantidad que consume un trabajador promedio argentino.
El grado de calidad de una canasta básica, será determinado por su composición, y el coste que este representa para quien consume.
Si al dato de exportación uruguaya lo ponderamos con el coste de la canasta básica que ronda los 45,45 dólares, frente a un salario promedio de 579 dólares, nos dará un coeficiente de coste de vida del 0,078. Ahora la misma comparación con la situación argentina.
La canasta básica argentina ronda los 29,75 dólares frente a un salario promedio de 927 dólares, lo cual arroja un coeficiente de coste de vida del 0,032 lo que significa que el trabajador promedio argentino posee un salario real superior al trabajador promedio uruguayo, y el dato primeramente arrojado no significa otra cosa que el encarecimiento de los precios internos debido al grado de apertura del comercio exterior en ese producto, tal como el caso de la carne en el país charrúa.
Presuponer que el televidente argentino, o el interlocutor radial quede sujeto a la mentira, es casi tan grave como la baja en las ventas del Clarín diario, como en las visitas que ven caer dia tras dia en su diario online.
