La naturaleza misma es usualmente la ejecutora que pone inicio y fin de ciclo como por arte del azar, en la estirpe sucedida en las esferas del equilibrio como método de supervivencia de un cuerpo tomando al planeta como un todo.
El miedo natural que sienten los seres vivos, es el mecanismo por el cual el cuerpo presiente que su pellejo se encuentra en riesgo, y es el miedo el que se convierte en el detonante de la reacción pánico que libera adrenalina que se manifiesta de diversas formas. Una, es la secreción de una hormona que estimula y potencia los atributos físicos del individuo en función de lograr escapar a tal potencial o efectivo peligro.
Lo intrigante es observar qué ocurre cuando el miedo a la muerte se da en la psiquis de un ser humano que todo lo puede vivir y desvivir dentro de su mente y que es el único espécimen que proyecta un presente, es decir, piensa a futuro.
Esto último no es un dato menor, ya que esa herramienta de previsibilidad proyecta tanto sobre la línea de tiempo que ocupa, que en un punto avanza tanto que lo incierto de lo no vivido contrasta con un punto indefectible como la muerte, pero que se puede presentar a cualquier momento. Es esta incertidumbre lo central.
El desafío es definir de qué manera se manifiesta aquella acción de escape al momento de advertir una muerte segura tal como sucede ante el ciclo natural de las cosas, como mencionamos al comienzo del ensayo.
El título de este ensayo redunda sobre lo esencial en todo momento, lo cual consta de la composición epistemológica, o dicho de otro modo, la definición conceptual filosófica que defina uno y cada uno de los términos tales como la vida, el estar vivo, y la muerte.
Existen diferentes modos de morir, incluso mismo, estando vivo biológicamente.
¿Cómo se entiende? Veamos.
Difícilmente se pueda concebir la vida desde una sola persona, al menos no de forma espiritual, ya que la realización del ser se puede lograr mediante parámetros, y en el caso de un ser gregario, es decir, que necesita del entorno social para desarrollar, es a su vez esto mismo lo que determina el éxito en el desafío por encajar en una sociedad que delibera en un maremágnum de ideas de las cuales se nutre lo ético y lo moral como código de conducta y de convivencia.
Por consiguiente, la vida misma como definición biológica, depende del funcionamiento de los sistemas y subsistemas vitales que mantiene en actividad la vida de un ser, lo cual se da en todos los organismos incluyendo al ser humano, y excluyendo a éste último de su psiquis y sus emociones. En efecto, ante la extinción del sistema nervioso, la percepción de la vida misma deja de darse en un marco de inertidad de los subsistemas sensoriales, donde no se oye, ni se puede ver, ni sentir el contacto de nada.
Sin embargo, ante una situación de extinción de la percepción, el cuerpo se encuentra respirando y la sangre continua fluyendo a través de un corazón que no deja de latir. He aquí el dilema existencial de la eutanasia, y la concepción misma de la vida como una razón de pertenencia que se da en una interacción entre más de un individuo.
¿A qué me refiero con pertenencia? La descendencia produce una situación que mezcla los sentimientos con una legalidad devenida de un código de conducta social tal como la constitución nacional que recae y enmarca los límites y libertades brindadas por los embates y las negociaciones que expulsan como resultado, el tratado de paz entre los seres humanos que guerrean para tener paz.
Negociando las porciones de recursos que se apropian unos y otros, incluso defendiendo una jurisdicción a la que suscriben, o mejor dicho, los seres humanos son suscriptos al momento de ser insertados en el sistema a través del registro nacional de las personas, decisión que escapa a los alcances de un ser humano que es traído de los pelos a un mundo al cual debe adaptarse o perecer.
En este punto del nacimiento y la aleatoriedad y el azar mismo, se definen los parámetros límites donde se desenvuelve una persona –de ahora en más “persona” por ser inscripta en un sistema legal como la adhesión a la constitución nacional- y en las cuales hasta alcanzar la madurez física y mental para deslindarse de los lazos familiares para rehacer su vida espiritualmente, tanto económicamente como juego político obligado para congeniar con seres que retienen los recursos necesarios para la supervivencia de una persona.
Regresando a lo espiritual, en la eutanasia se produce el dilema de la vida y el estar vivo, ya que un cuerpo sin emociones, postrado en un sitio, donde su mente se encuentra aislada del mundo en la cual deja de percibir a su entorno, los estímulos sólo responden ante las reacciones químicas que mantienen en funcionamiento a sus órganos vitales.
La reacción de pertenencia se da en terceros seres, cuyos lazos son emocionales, o directamente legales, en la cual su posesividad es inducida por una creencia y un concepto de ambición y egoísmo intrínseco del ser humano, sobre la que no admiten y/o permiten la muerte biológica de un ser humano que está muerto en vida.
Así como concebir a la muerte como la conclusión de las funciones vitales –como muerte biológica- y la muerte de las emociones –como muerte espiritual- también existe la muerte absoluta, que se da en una situación de olvido y abandono del resto de la sociedad. Es decir, que el aislamiento del rebaño, es tal vez, una de las muertes más crueles que padece un ser humano en vida y en muerte biológica.
La invisibilidad de una persona, y el olvido hacia la misma, genera la inexistencia espiritual y a su vez, las personas pueden permanecer vivas ante el recuerdo de los demás seres.
Cuando un ser humano se encuentra coyunturalmente apartado del rango de visión y espectro de percepción de los demás, son los demás los que proyectan y creen en su existencia y mantienen vivo al ser en cuestión.
En efecto, el luto que se produce en seres humanos ante el fallecimiento biológico de un ser querido, se desenvuelve en la doble situación de:
- No perdonarse a uno mismo la muerte del otro, y cargar con culpas propias tal eventualidad y;
- No perdonar al ser querido por haberse ido.
En cualquiera de los dos casos, la vida y la muerte se encuentran dependiendo de la decisión de terceras personas, quienes en definitiva, en un dilema de eutanasia se conjugan sentimientos de terceras personas, y el miedo eventual ante el luto y la dificultad de asimilar una situación irreversible; y por otro lado, el miedo a sentirse culpables por poner fin a un ciclo meramente vital, como fin de una vida biológica.
En otra situación, cuando un ser querido –por otros seres, claro- cesa su actividad biológica, y con ella también, la vida espiritual, o se encuentra en un inminente proceso en el cual terceros seres mitigan incertidumbre, acotando el umbral de posibilidades de un punto en la línea de tiempo que ven y perciben o presienten cada vez más próximo.
Por consiguiente, el luto comienza a plantearse en el ínterin irreversible que se presenta en una coyuntura sobre la cual, aquellos seres que mantienen un lazo emocional con el ser humano en cuestión comienzan a generarse culpas por –quizás- no haber asistido de alguna u otra manera para evitar tal situación, y tal vez, no admitir la pérdida de algo que consideran suyo –de su propiedad espiritual-.
Cada momento que no se percibe y de la cual no quedan recuerdos es un lapso de tiempo nulo, lo cual nos permite entender, que a contrapartida, la manutención de recuerdos de manera vívida permiten la existencia de aquello que no se encuentra físicamente en nuestro espectro sensorial.
En efecto, estas conclusiones nos obligan replantearnos aquellas condiciones que nos insta la naturaleza misma que somos, tanto como para comprender que cuando se aproxima lo indefectible como es la muerte biológica, eso nos alienta y nos moviliza a disfrutar y de vivir gratos momentos con aquellos seres de los cuales no tenemos pertenencia alguna, sino una adhesión mutua que ejercemos a través de lo espiritual.
En tanto y en cuanto esto último nos habilite a través de las aptitudes sensoriales y de lo cual nos desprendemos de una lógica utilitarista, podremos apreciar aquellas cosas que escapan a los razonamientos, y que sólo llegan a la mente cuando es tarde, cuando sentimos miedo por encontrarnos en riesgo, o aquellos seres que estimamos, asumiendo en todo momento que la vida y la muerte va más allá de los factores biológicos naturales, sino que la vida y el vivir, distan de conceptos que dependen, de los recuerdos para sostener la vida y del olvido como triste modo de morir en vida.