jueves, 2 de febrero de 2012
La soledad no-intelectual
¿Hasta qué punto el ser humano es capaz de rebajar su propia estima? ¿Es acaso una situación emocional la que los lleva a ridiculizarse frente al rebaño, o quizás frente a sí mismos?
De cualquier manera, la avaricia y el temor a no sobresalir por los lineamientos culturales los lleva a detentar contra sus propios intereses en los cuales se ve afectada su propia avaricia. Irónico.
A desmenuzar el quid de la cuestión, nos encontramos con una resistencia emocional que perpetra al desconsuelo de no proyectarse a sí mismos como algo superador, siendo muy por el contrario, una proyección estanca de hasta donde su propia voluntad de cambio le permita arrastrarse.
Cuando la identidad propia se diluye en el espejismo de un ser al que reconocen superioridad –en las disciplinas que se traten-, el primero es quien niega la existencia y la entiende falaz. Falsariamente el cotejo de información lo lleva a toparse con la frustración de saberse imberbes ante el avasallamiento del pensamiento, y no de una sutil manera ininteligible como la creencia que esboza cada uno de sus razonamientos.
Con todo, la miseria existencial que palpan con su propia ira, se los devora en una orgía de devoción hacia la fantasía en la que duermen arropados cada una de las noches que padecen en soledad intelectual.
Difícilmente pueda darse una situación de intelectualidad con la negación en forma de naipe envidando su propio statu quo, a merced del anhelo de la superación en un dilema que consta de crecer ellos, o hacer que el resto decrezca para sentirse en una posición de superioridad alguna. La voluntad cogobierna su suerte, y las desventuras emocionales son reiteradamente recicladas cual déjà vu irrumpe en llanto un estado de quietud amesetada en tanto y en cuanto no se vea alborotada su capacidad de reacción, sea implorando pensamiento o sea vociferando creencia.
Lo cierto es que la negación refugia las culpas, evitando el duelo interno por cuestionarse la ruindad de su responsabilidad en la suerte que le aqueja.
Por consiguiente, así como cuando deshonran a una persona a la que internamente le conceden superioridad, externamente no soportan mostrarse sometidos a su grandeza, y ahondan sus penas en la negación de existencia de tal persona, colocando esta vez a la persona como un medio, y tomando a la ésta suerte de lógica como el fin al que luego aplican sobre la información y el descreo de la realidad que los insta.
El temor por considerarse frustrados, y sumidos a la inteligencia de otro ser, pone de manifiesto que lo que encuentran a todo momento en terceras personas son solo espejos el cual prefieren evitar, escondiendo sus complejos, y desmereciendo la grandeza de las personas, y la contundencia de las ciencias sociales de la cuales son participes indirectos del resultado de su propia realidad.