Bien podría comenzar por
describir una situación de interacción entre más de un individuo donde se pueda
polarizar lo que es un código de conducta ético y moral, entre una alternancia de términos que se utilizan para
describir una realidad, y lo que es el acatamiento de información propagándola sin
cuestionarla –llámese creencia-.
Es decir, que implícitamente señalamos
alguna breve descripción de cada situación.
Lo cierto es que en sociedades
sectorizadas por clases de diferentes
poderes adquisitivos, el statu quo
pernocta en el cinismo que alberga una actitud de quien impone el camino al “desarrollo”
o más bien “civilización” del cual imponen barreras culturales como una
zanahoria en un hocico que nunca alcanza.
En efecto, la elite protegida por el derecho a la
propiedad privada, se arroga la titularidad del modelo a construir, como
bíblicos epígonos irrevocables e indiscutibles.
Por contraste, las barreras
culturales que impone la elite,
implica el cercenamiento de realidades, inculcando la universalidad de la terminología,
no ya desde un punto de vista práctico y tangible como la descripción de un
objeto que entre los seres aprecian y acuerdan una acepción, sino sobre lo metafísico,
lo intangible y lo subjetivo de situaciones que requieren de cierta cautela a
fin de compartir como verdad absoluta.
Distinta es la realidad de la Educación per se, ya que la semántica implica el análisis del contexto en el
que se desenvuelve una realidad, donde la cientificidad conlleva
inexorablemente al sometimiento a rigor de los supuestos, contrastados con la comprobación
empírica para afinar una parcial realidad, aggiornada por el poder de
convencimiento que enuncia un mensaje, o una sentencia.
A todo este palabrerío –apropósito-
lo encuadramos dentro de lo que utiliza la elite,
no desde de la creación de conocimiento, sino en la marginación social desde
los modales y el lenguaje adoptado, refinado, que se torna exclusivo sin
reflejar ninguna distinción científica.
Es decir, que lo importante
trasciende el lenguaje y las modalidades de comunicación, y se posicionan sobre
el resultado distributivo de las riquezas que se perciben en la mano dentro del
bolsillo de quien es encuadrado en una clase u otra.
Cuando la elite inculca a la
plebe, que la senda para alcanzar tal posición se limita en los umbrales de la
modalidad, y su refinación, lo que hacen es disuadir el único camino a
perseguir, que es la educación real, a la cual logran arribar evocando la revisión
histórica entendiéndola desde su contexto socio-histórico, mutatis mutandis al tiempo y espacio hoy, con las herramientas empáticas
sociales para desmenuzar lo estructural.
Por consiguiente, cuando la plebe
descubre que seres nacidos de la
misma manera, con la misma oportunidad
de decidir dónde y cómo nacer –nula- encuentran una disparidad de
oportunidades económicas, reclamando igualdad sin privilegios para nadie.
Cuando se alcanza la igualdad
para todos por igual –hipotéticamente- la ambición intrínseca y natural del ser
humano aflora, y consensua igualdad de oportunidades –al nacer- y no igualdad de techo
de crecimiento económico, evolucionando así desde el imperialismo, al
comunismo, y por último al progresismo y verdadero desarrollo socio-económico colectivo.
Por supuesto, que detrás de todo
esto, se encuentran un sinfín de sangre derramada y crímenes contra la
humanidad como no se tenga imaginación alguna.
Desde ya, que cuando la elite se posiciona sobre el Ejecutivo –la derecha al Poder- instruye al
soberano desde las ciencias de la educación, sustituyendo a ésta por la instrucción
de conocimiento, imponiendo las corrientes de pensamiento –en este caso,
liberales- sin cuestionar sus “[…]supuestos,
contrastados con la comprobación empírica para afinar una parcial realidad[..]”
disuadiendo al ciudadano de alcanzar su desarrollo socio-económico a través de
las reglas de juego que le impone la Carta Magna de su jurisdicción, que, para
el caso argentino, la participación política y el compromiso con la modificación
de su realidad inmediata, la proyección de presente, y la fantasía –por no
poder vivirlo- de dejar un mundo próspero para sus descendencias venideras.
Para finalizar, cuando interactúa alguien de la elite, con alguien de la plebe, el temor del primero por perder
su posición socio-económico-hegemónica, lo conduce a la humillación hacia la plebe buscando la desmoralización,
para finiquitar la ilusión de reparación y la restauración de un derecho
igualitario de oportunidades, logrando un “permiso, me llevo tus riquezas”, “por
favor, no pises mi césped” y “gracias por no participar en la política”.