Teléfono descompuesto. Una
conversación entre locos, una escondida con un amigo imaginario que le hace
daño con sus propias uñas.
El miedo a la soledad no es tan
abrumador como el miedo hacia uno mismo. Es la caja de pandora que inhibe hasta
a la propia curiosidad.
Sin embargo, pensar que
esconderse y perderse entre la multitud pudiera despistar a la parca que
subyace en la consciencia –también es juez y verdugo en la subconsciencia- peca
de tanta inocencia que hasta un infante agacha la cabeza en signo de sumisión
frente a las hormigas sosteniendo la lupa de la vida.
Tal es el caso del miedo hacia
uno mismo de reconocerse, que los espejos resultan equivalentes a las cruces
para los poseídos, no los pueden ver, les provocan dolor, con la diferencia que
estos últimos saben bien el por qué, mientras que los primeros se rinden a la
especulación. Hay mas qué perder que de ganar. Esto último sí lo tienen en
claro.
La autoestima de estos seres
carentes de amistad, lo son porque por principio no se quieren ni confían en sí
mismos y se asemeja a la precariedad de un lupanar, donde las prostitutas son
su propia dignidad y donde existe una sola
cortina que es el propio velo que cae de su cabizbaja frente ya marchita por la
soledad.
El frio no cede y el otoño le
hace una finta cósmica a la venida sanadora, aquel placebo que reside en la
angustia oral y los placeres mundanos que sólo la alta sabe anfitriar. Charolas
que rechinan y bellos ocasos que se funden en las grietas de cielo que un
hermoso nogal nos convida, tatuando el prolijo césped con triviales muecas de
pop-art en el country de nuestra penada alma.
De continuar con la función hasta
la sonrisa del tristemente célebre payaso se desdibuja y la lágrima dibujada se
vuelve cada vez más real, porque cuando el telón caiga se oirán sordos aplausos
en una consagración sórdida donde el único espectador es la propia subconsciencia,
que aburrida le saca filo a su guadaña para ganar unos segundos a pesar de
prescindir de tiempo…ya que como juez del infierno, perdurará por siempre tanto
como el olvido que este payaso engendra mentira a mentira.
Ya azorado por la triste
realidad, decide levantarse temprano fingiendo disfrutar la mañana para
mentirse a sí mismo y hacerle un guiño al espejo donde no ve a nadie esperándolo
con un mate.
