Sola en un bar ella estaba, sentada de costado
con una leve inclinación en señal de derrota, cabizbaja no comprendía, o tal
vez lo hacía pero se resistía a entender…
Una pausa indeterminada, era eso, se encontraba
detenida mientras todo giraba en derredor, el mundo continuaba y nada
importaba, nadie existía para ella mientras sollozaba su alma como en una
profunda eternidad…era un sueño surrealista sin principio ni final
Muecas de resignación, suspiraba en vano, bufaba
mirando la mesa donde se acodaba con su mejilla apisonada por el puño que la
sostenía mientras observaba sin comprender un tablero donde no había nada, sólo
líneas verticales y horizontales donde suele jugarse el ajedrez
La fuerza la dejaba como un amor no
correspondido que se diluye por las rendijas de lo indefectible, era
irreversible solo mutaba el paso del tiempo donde nada pasaba para ella
mientras observaba con atención el tablero donde solía jugar ajedrez
Por el rabillo de un ojo que nítida veía la
sombra de la suerte que la vino a buscar, impaciente la sujetaba del brazo con
virulencia incomodando al entorno con una escena de regaños tirando la taza de
té, derramándose fría por la ajada madera de aquella vieja mesa de bar donde solía
jugar sola al ajedrez
Con un fuerte jalón logró divorciar la silla de
la incertidumbre quien derrotada se encontraba en jaque con el peor castigo de
los infiernos que ni el propio Dante imaginó, reteniendo su sentencia a la
pausa de un mate que no llegaría jamás, ahora rebufaba, ya nada quedaba para
ella, la esperanza la traicionó y le soltó la mano que la ataba al tablero de
ajedrez ahora recostada sobre el sucio piso de granito de aquel bar de mala
muerte
La incertidumbre supo que el momento llegó y
hasta la ejecución de su proceder se encontraba en un intervalo de eternidades,
el juego había terminado y solo podía aferrarse a la frustración que ansiosa la
aguardaba tras el escritorio de una oficina pública para derivarla con un
superior que no existía, confinada a aguardar tras el turnero que no indicaba números
ni nada, era la próxima pero eso nunca ocurriría
Bien supo la incertidumbre que no había ya
alternativa, no había categoría ni juicio de valor que le asesorara una salida,
la letra chica del contrato solo decía “buena suerte” mientras observaba su
reloj de muñeca donde veía las manecillas moverse mientras nada más lo hacía a
su alrededor, porque en aquella partida de ajedrez estaba sola jugando contra
su propia culpa, mientras todos pasaban y ella se diluía en el cotidiano azar
que nos observa detrás del mostrador.
