Testosterona y
estrógeno, dos simples y complejas hormonas que definen la supervivencia del
ser humano como otro animal más en este des-reino de especies y subespecies.
La musculatura y
las aptitudes físicas que trascienden a los individuos y este caso específico
al mamífero, sucumben ante los interrogantes más simplistas que anidan en el
escollo visceral del ser humano.
Por caso los
dilemas irresolubles para la humanidad redundan siempre y por siempre en las
inmediaciones de la sexualidad como el eslabón perdido que tiene a la evolución
como sujeto torturado en el Guantánamo de la providencia.
Digamos que toda
actitud humana se encuentra atravesada por un trasfondo sexual, en definitiva,
aquella actividad que permite la supervivencia de cualquier especie siempre en
medio de la adaptabilidad al cambiante ambiente que le hace de sustento bajo
sus pies.
Es decir que la
clave es adaptación, y como subsiguiente la recolección de información que se
desarrolla como código fuente en el genoma humano.
Sólo el más apto
sobrevive. Parece el principio vector de la supervivencia en general.
Si todo
comportamiento humano se direcciona con un sinfín de variables que convergen
siempre en el fin último de la reproducción: ¿por qué entonces el sexo es un
tabú?
La respuesta
subyace en el párrafo y enunciado reciente.
Simplemente
porque para reproducirse, el cerebro humano debe realizar el arduo trabajo de
recopilar información, analizar la antecesora que dio conformación a su actual
vida, y proyectar sobre el cambio especulable que el medio le condiciona.
Una vez
compaginada la información genética entre los escenarios posibles, la oferta
feromonal es echada al aire como la moneda en una subasta que tiene al ser
humano como objeto mercancía, muy por detrás de los preceptos socio-culturales
que dictaminan la conducta humana en el contexto que lo tiene como rehén.
El sexo se torna
un tabú entonces, porque solo cuando cierran los números en el cerebro,
instruido el subconsciente e interpretado por la consciencia es cuando la
sexualidad es liberada en plaza donde el cuerpo y aquello otro que hace al a
supervivencia y que permita una proyección de su descendencia, libera la
animalidad humana en los andamios del ajetreo que rechina en una cama o en la
mesa del comedor en un frenesí salvaje ya no pudoroso.
Cuando menos
tendríamos que pensar racionalmente que todo aquello que nos produzca placeres
mundanos, físicos y al alcance de la percepción sensorial debieran interpretarse
como información que va y viene como respuesta entre el cerebro y la
consciencia.
Por último,
cuando nuestra sexualidad se encuentra plena, en un ser humano adulto y maduro,
debemos entender que nuestros genes estarán aptos para reproducirse con aquel
otro ser humano que nos dilata las pupilas y nos muestra las cartas en una
partida entre la mente y la subconsciencia.
