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sábado, 29 de agosto de 2020

El hombre de la granada


El tiempo se detuvo en aquel bar donde viejas tablas abatidas por el acodo verían quizá por última vez los lamentos de un hombre que llevaría a cabo por fin la acción de sus incógnitas. Un cantinero prisionero de sus limitaciones sin herramientas más que el pedido de clemencia y una expresión en su rostro que a gritos suplicaba lo que su tartamudear no podía, algo que fuera de contexto se malinterpretaría como un acto de altruismo en este caso revestido de supervivencia.

Las palabras saturaban el denso y contaminado aire que sopesaba sobre tal vez el último de los momentos que compartiría aquel sujeto que por fin lograría romper las cadenas sociales que lo ataba a la vida, aquello del contrato social al que uno es sometido a punta de birome como esa oferta que no se puede rechazar. Así las cosas embestir de frente contra una vitrina de cristales esparciría una borrasca de prismas encandilados por la tenue luz de bajo consumo que todos en derredor dejarían de oír zumbar al fragor de un punto y aparte de este libro de la vida.

Sobrados argumentos desordenados, una monserga de final abierto que dejaría grabado en piedra como vestigios de una escena dramática donde el protagonista es la anécdota de la que otros se servirán en inefables tertulias que sólo avergüenzan el confort de los silencios que incomodan a quienes sus consciencias no dejan de atormentar, mostrando el torvo rostro de lo que realmente somos cuando se nos presenta la hora de tomar decisiones de las que nadie quiere asumir las consecuencias en la medida que el cordón umbilical de la sociedad los salve una y otra vez arrullándolos bajo el calor materno del cinismo que tan bien le sienta a la sociedad.

La inmortalidad del alma y aferrarse a la carne repasaban aquel tablón lustrando lo único pulcro que residualmente y con modesta ironía atestiguaría los momentos decisivos que pondría en boca de todos…esos que con secuelas de toda índole contarían cuando la sordera se disipe y la polvareda mengüe, en aquella conmoción que las esquirlas se encargarían de testimoniar a deshoras momento donde el ser humano es despojado de preceptos que le vieron nacer y donde la reflexión sólo le propone más interrogantes a dicotomías que laberintan los erráticos caminos que la ciudadanía le susurra al oído social donde todos piden la palabra y ninguno escucha.

Cómo hacerle entender a aquel individuo que el derecho natural que proclamaba le significaba coartar el de sus prójimos que por conveniencia apelaban, entre la nebulosa de nicotina que flotara en los escondrijos de aquel antro donde un hombre jugaba con el seguro de una granada a la que le concedió los últimos momentos de su suerte que girando en el aire determinaría el albur de sus pares que por primera vez en aquellas vidas y quizá también por última lograrían alcanzar el consenso sobre el concepto de una libertad que ya no podrían contar cuando los segundos consuman los últimos lapsos de aquel hombre que decidió terminar con su vida con una granada rodeado de personas, acodado en la barra de un bar.

viernes, 11 de enero de 2019

Millennials

¿Millennials? Oféndanse.

Alumnos: no se confundan, no los etiquetan así, los quieren así. Sean más que eso, o no serán nada frente a lo que viene.

Me discutieron un programa porque les resultaba ambicioso, excedido de contenido para un estudiantado “millennial que lo quiere todo fácil y rápido” [Sic], y los obsecuentes que me acompañaron y que debieron de sostener esa embestida corporativa asintieron y entregaron los trapos. –Sí, ya sé que no es muy de mi estilo expresarlo así, pero mi estilo es que se entienda-

El desafío es que el alumno incorpore dos o tres elementos para sobrevivir: conocimientos; viveza; y lógica.

Reducir los contenidos justificándolo por no espantar al alumno no es viveza, es mediocridad. Ya egresados serán reemplazables por un puñado de aplicaciones de celular por lo que marcarles una diferencia y que ello implique que per se desarrollen una impronta propia, será determinante en su inserción en este mundo violento de buenos modales y eufemismos de casita de té.

Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla cita una frase de antaño y atemporal. El contenido sensible que vinieron a truncar era justamente el nervio de la guerra, que como su explicación lógica requiere de una contextualización histórica, se agarraron de “la historia” para dejarla sin efecto. Nada inoportuno si traemos a colación de que el mandamás que llegó y cortó la cinta con el pecho en aquella ceremonia se expresó citando más o menos que las ciencias sociales son puro humo y que no sirven para nada. ¿Les suena?

Hechos actuales, eventualidades que resultan ridículamente semejantes a eventos recientes de nuestra historia global parecieran presentarse a cara lavada, con una corbata nueva y una lengua bífida dulcificando nuestro oír, haciendo ademanes y presentando imágenes que no nos permitan escuchar, ya que la clave reside en la disuasión del pensamiento crítico, el que exige pruebas presentando las propias, dejando por un momento los preceptos éticos y morales en el perchero para batirnos en un duelo de información útil que contribuya a la creación de conocimiento.

El retorno que debiéramos de pretender como docentes no es el de la empatía personal, sino el de constatar que el alumno logra insertarse en el siniestramente mal llamado “mercado laboral”.

El trabajo no es un favor, es un servicio que se presta a cambio de una retribución que se negocia política de por medio, ex-ante (previo a la producción) lo que lo vuelve la variable independiente, no un costo medio. Una oración bastante cargada de contenidos que requieren de un ciclo de ponencias interactivas, en un plazo razonable, con una estructura diagramada en función de la velocidad con la que incorporamos la información. Es un proceso como cualquier otro, si en el medio creemos saltarnos el alambrado pecaremos de ingenuos si compramos el cabeceo de entendimiento que por momentos el alumno realiza.

En el final oral salta todo a la vista, la información se puede decodificar en la mirada, en la gesticulación, en la estructuración gramatical que el estudiante emplea. De poco sirve citar de memoria, tal vez les haga salir de alguna que otra encrucijada, pero será la excepción a la regla.

El propio Einstein reconocía que las ciencias sociales son mucho más complejas que las exactas, porque la exacta queda en el libro, lo que lo motivaba a no memorizar fórmulas como el cine nos quiere vender la “inteligencia”, porque el mismo Einstein solía decir que las fórmulas yacían en los libros, y que debía de liberar los recursos –limitados como todos- de su mente para aquello que no se puede dominar, aquello dinámico que tiene su cuota de imprevisibilidad.

No permitan que los domestiquen, que les den forma como ladrillos, para automatizarse ya están las máquinas desde hace más de cien años. Sean ambiciosos, no sean millennials porque esos están pensados como productos finales desde hace más de 60 años, sólo son piezas intercambiables de este mundo de ensamble donde el capital se mueve libremente y el trabajo se queda dentro de los límites. Atrévanse a cuestionar la teoría del comercio internacional, los “contenidos mínimos” suenan al “salario mínimo de subsistencia”. Saquen sus propias teorías.

jueves, 8 de noviembre de 2018

El efecto cucaracha


Los conceptos éticos y morales tales como se perciben de entre los mensajes enunciados por los transeúntes, parecen por momentos sobre-actuados apenas perceptibles por quienes se encuentran mejor preparados para defenderse de un halago que de un ataque.

Las causas que azoran nuestro pensar por momentos nos tuercen el brazo cognitivo al punto de ponernos a nosotros mismos frente a dilemas irresolubles que nuestro adversario nos presenta revestidos de sofismas. No se puede ir contra todo.

La impericia y la imposibilidad de sostener discusiones al borde del divorcio del empirismo nos debiera de situar sobre un estrado como jurados, mas nunca como indagado, cosa esta última la de la que se vanagloria el poder como su carta más valiosa. Digamos que correr los argumentos de la contraparte con el instructivo de la moral es una práctica que lleva poco más de dos mil años.

Razonar con cabeza católica.
El orden mundial es binario y se manifiesta así en cada una de las temáticas que trazan la senda de nuestro día a día: el bien y el mal; lo ético y lo que no lo es; lo legal, lo ilegal; y lo que no es ilegal. Este juego de expresiones separadas por punto y coma se tornan un juego siniestro de dialéctica que no admite bajo ningún aspecto posible el más mínimo cuestionamiento. Ante la más escueta mueca de duda a los preceptos éticos, uno es colocado automáticamente explícita o tácitamente como algo más poco menos que malvado. Los preceptos morales tienen prerrogativa discursiva: no admiten duda.

Lo legal es entendido por las sociedades occidentales como las reglas impuestas como ordenador de conducta y código de convivencia entre los seres humanos. Sin embargo la etimología de ley proviene del latín lex que se refería a la fórmula y regla de mezclar metales, en asignación práctica sobre la base de producción de las monedas romanas compuestas por metales y oro. Sería ingenioso establecer un paralelismo entre la concepción de la legalidad como aquella regla inalterable –como si fuera divina- para la elaboración del objeto de valor por excelencia y por la que la humanidad pugna hasta claudicar.

Siglos ya posteriores al mercantilismo, la práctica de dominación se instrumenta sobre la moneda, el deseo de poseerla y la contraprestación futura y perpetua que engendra el endeudarla. El sometimiento habrá mutado quizá de la violencia hacia lo cultural cimentada por el compromiso asumido a restituir a futuro por lo que se expide hoy, siendo que al mismo tiempo lo que entendemos por dinero hoy, es en verdad producto de un pasado reciente lo que coloca al ser humano como un eslabón que pelea por desplazarse de un lado hacia otro del cuenta ganado.

Los personajes que importunan el sano desarrollo de una sociedad se valen del formalismo para socavar la semántica y el trasfondo que debiera primar por sobre todas las cuestiones. Piensan con un falso corazón, también entendido como subconsciencia en lugar de pensar con su bolsillo, por llamar de alguna manera al pragmatismo que tanta falta hace. Sin embargo, este actor de reparto porta un virus de aquí para allá y es sujeto de interés para los protagonistas porque que lo utilizan como mensajero, a expensas de unas cuentas caricias terminando por cumplimentar aquel excipiente del teorema –de mi ingenio- llamado “efecto cucaracha” que a grosero síntesis se entiende como un individuo infectado o inoculado que cuando vuelve a su madriguera infecta a los pares y a todos en derredor.

Hay un mensaje, un portador, y un receptor. Quien lo crea, piensa. Quien lo porta, cree. Y quién lo recibe tiene esos dos caminos a seguir: o lo analiza reivindicándolo o lo refuta como proceso científico; o por comodidad, pertenencia, lo retransmite sin evaluarlo haciendo uso de la creencia.

Cuando esta cucaracha levanta la bandera con los “valores” como insignia de falange se encierra en una tautología muy simple: acusa al prójimo por sus acciones individuales y lo corre por derecha con la ética y la moral; y cuando la cucaracha es corrida por izquierda por su comportamiento individual se defiende y recusa al sistema que lo contiene.

Cuando la sociedad insta a la cucaracha a que se restituya como miembro de la comunidad, ésta se aísla por mandato católico individualista y juzga al rebaño por presunta propensión a la corrupción. Cualquier semejanza con la propaganda sionista del héroe frente a la organización no es mera coincidencia: el mensaje es pensado con un interés, el portador lo propaga por creencia y el receptor es encerrado en un tabú al que no puede recusar porque tiene prerrogativa discursiva: no admite dudas.

jueves, 15 de diciembre de 2016

El Sexo tabú



Testosterona y estrógeno, dos simples y complejas hormonas que definen la supervivencia del ser humano como otro animal más en este des-reino de especies y subespecies.

La musculatura y las aptitudes físicas que trascienden a los individuos y este caso específico al mamífero, sucumben ante los interrogantes más simplistas que anidan en el escollo visceral del ser humano.

Por caso los dilemas irresolubles para la humanidad redundan siempre y por siempre en las inmediaciones de la sexualidad como el eslabón perdido que tiene a la evolución como sujeto torturado en el Guantánamo de la providencia.

Digamos que toda actitud humana se encuentra atravesada por un trasfondo sexual, en definitiva, aquella actividad que permite la supervivencia de cualquier especie siempre en medio de la adaptabilidad al cambiante ambiente que le hace de sustento bajo sus pies.

Es decir que la clave es adaptación, y como subsiguiente la recolección de información que se desarrolla como código fuente en el genoma humano.
Sólo el más apto sobrevive. Parece el principio vector de la supervivencia en general.

Si todo comportamiento humano se direcciona con un sinfín de variables que convergen siempre en el fin último de la reproducción: ¿por qué entonces el sexo es un tabú?

La respuesta subyace en el párrafo y enunciado reciente.
Simplemente porque para reproducirse, el cerebro humano debe realizar el arduo trabajo de recopilar información, analizar la antecesora que dio conformación a su actual vida, y proyectar sobre el cambio especulable que el medio le condiciona.

Una vez compaginada la información genética entre los escenarios posibles, la oferta feromonal es echada al aire como la moneda en una subasta que tiene al ser humano como objeto mercancía, muy por detrás de los preceptos socio-culturales que dictaminan la conducta humana en el contexto que lo tiene como rehén.

El sexo se torna un tabú entonces, porque solo cuando cierran los números en el cerebro, instruido el subconsciente e interpretado por la consciencia es cuando la sexualidad es liberada en plaza donde el cuerpo y aquello otro que hace al a supervivencia y que permita una proyección de su descendencia, libera la animalidad humana en los andamios del ajetreo que rechina en una cama o en la mesa del comedor en un frenesí salvaje ya no pudoroso.

Cuando menos tendríamos que pensar racionalmente que todo aquello que nos produzca placeres mundanos, físicos y al alcance de la percepción sensorial debieran interpretarse como información que va y viene como respuesta entre el cerebro y la consciencia.

Por último, cuando nuestra sexualidad se encuentra plena, en un ser humano adulto y maduro, debemos entender que nuestros genes estarán aptos para reproducirse con aquel otro ser humano que nos dilata las pupilas y nos muestra las cartas en una partida entre la mente y la subconsciencia.



jueves, 14 de enero de 2016

Soldaditos de plástico

Sera quizás la condición humana o tal vez el resultado de variables inherentes al genoma que la proyección del yo sobre los que nos rodean nos siente en una butaca presenciando un acto de nuestras vidas que no concluyó.

Los seres humanos, o el arquetipo de eso que vemos y palpamos es o son la expresión inocua de los estados de humor y/o gracia de una fuerza superior que juega con nosotros como soldaditos de plástico en una guerra contra la nada misma que negamos a regañadientes.

El silencio es arrojado como un naipe sobre el flagelo del ser y la angustia de ser, como en una partida amena entre crupieres que abstemios exhalan humo de tabaco producto de la ansiedad que las personas fabrican como en una tabacalera floja de papeles.

Una y otra vez nos vemos sucumbir y fenecer reencarnando en algo inexplicable pero entendible que solo un ávido esgrimista de la filosofía es capaz de autoconvencerse de jugar sin rival y hacer sombra frente al espejo de la vida.

Sin embargo las pesquisas de aquello que nos avergüenza juega un rol clave en el guión que virtuosos interpretamos en un precario taller de teatro resurgido en el san telmo de nuestra alma.

Penada y finada nuestra esencia vaporamos en los recuerdos de quienes nos complementan y quienes recapitularán la densa selva que nos depara nuestro peculiar destino de incertidumbres y dudosas certezas, mientras se trazan sobre nuestros avejentados rostros caminos que la vida nos invita a recorrer, mientras nuestra mente nos hace tomar partido en el pelotón de un niño que enojado con sus padres nos proyecta en la vereda de sus miedos.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Su ciervo: el confortable aplomo del subyugar

Síndrome de Estocolmo, temor/amor al amo, un juego de palabras y un vano recuento de pavores sellados por la saliva inquieta en el cuarto oscuro de su escueto designio.

De costado en un reducto se bambolea una afrenta a la indulgencia que arrecia sobre sopesados escritorios en alineación geométrica a esas cajas donde viven y mueren de 9 a 18 horas.

Un altibajo tapial que divide las aguas en su micro-universo, cuya distancia de franqueza media entre las cejas y el contorno de sus bocas cuya línea se arquea coqueteando con la debilidad emocional que los invade.

El reflujo de la falsedad los azota en el galeón sobre rechinantes ruedas sobre cual se narra una épica cruzada existencial por el santo grial cuyo elixir vaporea reducido en cafeína.

Abrazados al péndulo del reloj se sienten confortados y resguardados, fundidos en un maternal abrazo y fraternal despojo de sí mismos, susurrando clemencia a la incertidumbre del afuera donde espera el banquillo de los acusados, donde no hay jurado ni sentencia mas nunca verán la luz del sol menguando en el ocaso de su espíritu.

La subconsciencia y el habla, un divorcio irrevocable y una estéril esperanza vacua que se repliega en armoniosa relación de aspecto como los ladrillos de un muro sobre el que escalan para des-encontrarse consigo mismos y refrendar aquella sombra que persiguen aguardando alguna respuesta a una pregunta que nunca lograrán formular.

Escozor, el sinsabor y el acre gusto del óxido que resurge de una forzosa empatía de camaradería  asintiendo al escupir acordes en ofensa al silencio que algunas sépticas y mortecinas mentes profanan con entusiasmo, mientras sus contorneados cuerpos dibujan una finta a escasos metros del galeón donde viven y mueren de 9 a 18 horas.

El tiempo no transcurre para ellos porque los cuerpos inertes gravitan en derredor a la línea de tiempo y espacio donde interactúan como por arte de lo circunstancial, siguiendo y cumpliendo a rajatablas el mandato moral sobre el que moran y pernoctan indefinidamente mientras aguardan impasibles el rancio beso que los despertará de aquel sueño y resurgir sobre el cenicero de su alma.

Rutilantes, el yugo los contiene de la pena por vivir y verse cara a cara con sus miserias, pero ahí van, a distancia simétrica, cerca pero lo suficientemente distantes entre sí como para no recaer en lo vulgar del pertenecer, porque bien entienden al creer ser diferentes, imprescindibles, irreemplazables, consortes de la soledad emocional hacen mella en los confines de la trena que los depara.

Sojuzgan, aman y odian-se, supuran y enconan arremetiendo contra lo que son una y otra vez, hasta el hartazgo, se vanaglorian frente a sí, y huelen las nítidas flores en dos dimensiones donde viven y mueren, de 9 a 18 horas, hasta sucumbir sus baterías y entender que otro día los acerca a la hora de la verdad.


La hora de emprender el retorno hacia la nada, abandonar la rutina del ser, y sollozar en la penumbra, revolviendo lo que les trae la marejada, a orillas de la ausencia, lejos ya del galeón donde narran sus líricas desventuras de la jornada, empapados del relente que avizora el tata dios en altiva afrenta de mansedumbre existencial.


lunes, 23 de noviembre de 2015

El caleidoscopio

De la expresión del horror facial a la sonrisa social, solo hay un paso…o dos.

Esa turbia agua en estado de ebullición latente que es el ser humano y su mente como una olla a presión constante fuerza la válvula de alivio con una arritmia emocional a la vera del destello de una pantalla que ilumina la poca vida que reside en ese individuo.

Prisioneros de su abismo con un pie en la demencia y el otro en una zona wi-fi, caminan erguidos por el sostén virtual de una interesante vida cual nunca tendrán.

Encerrados en un caleidoscopio van y ven sus reflejos pasar, cada persona que acontece sus diminutas anécdotas que llevan por espíritu se re-proyectan en un vacío donde sólo ven una pequeña parte de sí mismas, sobre quienes expresan ese horror o esa sonrisa social.

Autoestima frágil como un castillo de naipes son capaces de torturar por conseguir una caricia al ego constantemente, sabiendo que a oscuras y con el físico cansado y abatido por la rutina, los aguarda uno de los 3 jueces del infierno con quienes conviven a diario. Su consciencia.

¿Qué hiciste hoy con tu vida?... ¿por qué? Fundamente su respuesta. Es el cuestionario que todo burgués prefiere evitar. Se reportan enfermos, enferman, se enferman, no se presentan a rendir, buscan otra mesa…pero a fin de cuentas, quien toma examen es su misma mente. De eso nadie escapa.

Estrategias por sobrevivir a sí mismos, deambulan perdidos en un sinfín, no son más que materia orgánica, un sinnúmero de microorganismos coincididos y confabulados para dar origen a lo que se conoce como vida, nada más que eso. Un montón de partículas que se ven las caras por obligación y comparten un reducido espacio y tiempo, que vistos en perspectiva parecen un todo.

En realidad no son nada, no son nadie, sólo son un montón de individuos que de lejos parecen algo colectivo, sólo miran su ombligo y cuando no hay nada allí, apelan a una sonrisa facial frente a otros pares de los cuales se terminan rodeando…pero claro, hasta que aparezca otro cristal en ese gran caleidoscopio donde ven que también son mucho menos que eso, u otra cosa que socialmente es políticamente incorrecta, pero a fin de cuentas solo ven una proyección de sí en otra perspectiva, sobre la cual expresan horror.


Sólo son átomos, están de paso en esta era, pero todos están distanciados y a distancia parecen un todo, parecen algo colectivo, pero no lo son, nunca lo serán. Hasta que, claro, deban aparentarlo.


jueves, 3 de septiembre de 2015

La muerte es sólo una transición

El alma se enferma, polvorienta y fugaz embellece las distancias y sucumbe la estrecha relación entre el objeto y el sujeto, cuando éste último torna-se oneroso y comercializado vía imágenes por instagram.

Desde el inframundo se oye el estertor de una esencia que partió al averno siquiera antes de rendirse. Claudica con vehemencia, mudo y sordamente grita con el murmurar de sus vagos recuerdos de algo de lo que ni siquiera estuvo segura.

Sin embargo a paso constante se dirige hacia el final del juego, desahuciado escindido de sí mismo con el manual de reglas bajo el brazo que con sus últimas fuerzas carga cuesta arriba sin terminar de comprender que el libro lo escribió alguien más.

Signada ya por la virulencia de sus tormentos matinales decide echar un último vistazo a su detrás.

Se precipita solemne con sus ensangrentadas manos por el rasguñar del ataúd del que nunca supo escapar, porque nunca comprendió que los límites yacen en la mente de cada quien, y se sonroja del pudor ante falsos aplausos que emergen de las alcantarillas de su frágil y marchito ego.

Cristales funden un arcoíris en las sombras donde se auto flagela con esquirlas de una bomba de tiempo que cargó todo este tiempo. Los últimos granos de arena decantan del reloj poniendo fin a algo que ni siquiera tuvo origen. Un paso doble de malambo arrancado de la fiesta pagana del egoísmo.

Se estremecen los nudillos mutilados y abatidos por querer arrancar de cuajo los hierros que preservan su corazón donde sólo encontró una nota suicida redactada por su finada subconsciencia, auto ejecutada por la negación y la ceguera que los espejos de colores le propinó.

Y sin embargo continua su marcha, el libro ya se esfumó cuando dio vuelta su última página para encontrar recién el prólogo de algo que nunca fue. Era un juego y no supo jugar, confundió el reglamento como un novato crupier que desafía al diablo por viejo más no por sabio.

Redunda en los confines de un algoritmo que nunca resolvió, una encrucijada existencial que perdió por abandono frente a la sombra que lo persiguió tan solo para decirle que su mejor espejo siempre fue una ventana cuyos postigos desvencijados rechinaron por última vez en la tormenta perfecta de su insegura esencia.

Creyó creer estar creyendo en una creencia que le susurraron al oído mientras dormía en los aposentos del lupanar donde vio prostituir su coraje por un puñado de esperanzas en un cheque diferido de tiempo y espacio.


Finalmente llega al abismo y con inusitada gracia acomoda su cabello hacia un lado, frota las palmas y en una escala pentatónica se lanza vacío al mismo vacío donde no quiso mirar desde el momento en que confundió el sueño de su realidad.


martes, 1 de septiembre de 2015

La inseguridad existencial. El arte de atacarse en defensa propia.

Sucumbe ante la gravedad una escarlata gota de sangre en las paredes internas de la mente, y se refleja un haz de luz tenue que contrasta el frío gris de un alma atormentada por sí misma.

Casi como fotones de oscuridad se vislumbran en el seco rostro que solloza por los rincones de su soledad, juzgando cada espejo donde suele verse reflejado, aunque esos ojos sean las ventanas del alma que ya no está.

Los seres humanos se repliegan ocupando la vista periférica mitigando la incertidumbre de verse y encontrarse solos consigo mismos, aunque quizás una perspectiva más lejana los ilustre como especies individuales encontrados por sentimientos sórdidos que los disipan de sí mismos.

Es un caleidoscopio que repite la misma imagen en un sinfín de perspectivas que tan solo reflejan al mismo objeto, ya que no obstante de ello, quien observa no deja de percibirse triste y sólo.

El libre albedrío es quién atenta contra la frágil estructura de naipes donde yacen las relaciones por conveniencia. Sí…conviene preservar aquella relación, pero el lazo endeble que la une la torna enfermiza y carece de genuinidad al entender que no es propietario sino un mero socio en contrato de adhesión mutua.

Ahí van de la mano, o algo parecido, de un lazo quizás revestido de alguna carátula que reduzca al entorno al mínimo, gregario y sectario…un manojo de seres contados con los dedos de una mano donde caminar en círculos, cuya palma nos albergue en el seno del confort y protegidos de la soledad que tanto tememos.

Pero a fin de cuentas, estamos atravesados por un interés transitorio, que transita conforme pasa el tiempo y nuestro mundo gire sobre su eje ubicándonos en tiempo y espacio. Un contexto poco favorable para los vaivenes de un alma que deambula en pena por los pasillos de la inseguridad existencial.