Resuenan como chasquidos de metal y reverberan unos segundos como en un duelo de paladines que se disputan un triunfo efímero, tan sólo para volver a repetir el duelo como en un sinfín que retorna siempre a cero.
Se difumina en el espectro
sonrisas y ceños fruncidos, se colorean mejillas y se ruborizan ante la
indignación proseguidos del sosiego como en un duelo de naipes entre pares que
no arriesgan más que una dignidad cognitiva que ya fue cobrada y puso en
bancarrota la solvencia inteligible.
Van y vienen corriendo
descabezados dentro de un laberinto que es tan complejo como una pista de
NASCAR, porque lo que importa no es el tiempo en que se vulnera la habilidad
del adversario, sino tan sólo gozar del vuelque y otrora colisión para un
puñado de espectadores de pocas pretensiones.
Con tazas como testigos forzados aún
vaporan aromas, vestigios de un ameno tiempo compartido entre individuos que
incluso en una cama de una plaza los separa un océano de por medio…y no porque
sean especiales, sino porque no empatizan porque se entienden como adversarios
en esta escalera de la vida donde le pisan los dedos al que viene debajo para
estar menos lejos del que está más arriba, al que sólo le mira el culo.
Y los postulados hartan el denso
y viciado aire que se respira en esas oficinas, en ese comedor al que asisten
como condenados a algún singular infierno como los que se encuentran en el Dante.
Lo llamativo es verlos repetir
las secuencias, parecen esos dibujos animados donde sólo les cambian el fondo y
se los ven correr, como si estuvieran sobre una cinta caminadora anclados
siempre en el mismo sitio. Y no difiere en demasía. Incluso me atrevo a
aseverar que si cerramos los ojos nunca nos fuimos y nunca nos iremos de esa
habitación. Porque lo que se encuentra detenido es la matriz desde la que
elaboran sus enunciados, están programados como bajo un código fuente simple, y
encadenados como desde una jaula donde se encuentra su subconsciencia que ya no
puede gritar por haberse dañado sus cuerdas vocales de gritar clemencia.
Los códigos y mandatos éticos y
morales que les-incorporaron desde niños someten fuerza mediante a lo que el
ser humano es por naturaleza, un animal con raciocinio que ha sido suplido por
lo que Erich Fromm señaló como “racionalización del pensamiento”, es decir una
parte de la consciencia que razona intransigente e indoblegable una temática en
particular cuando al mismo tiempo se termina por contradecir cuando el razonamiento comienza
desde otras áreas y confluyen en un “valor” que de vez en cuando se los olvidan
en sus casas antes de salir.
Robar es malo, pero si robo un
poquito y entre amigos, no pasa nada.
