viernes, 17 de noviembre de 2017

Doble moral


Resuenan como chasquidos de metal y reverberan unos segundos como en un duelo de paladines que se disputan un triunfo efímero, tan sólo para volver a repetir el duelo como en un sinfín que retorna siempre a cero.


Se difumina en el espectro sonrisas y ceños fruncidos, se colorean mejillas y se ruborizan ante la indignación proseguidos del sosiego como en un duelo de naipes entre pares que no arriesgan más que una dignidad cognitiva que ya fue cobrada y puso en bancarrota la solvencia inteligible.


Van y vienen corriendo descabezados dentro de un laberinto que es tan complejo como una pista de NASCAR, porque lo que importa no es el tiempo en que se vulnera la habilidad del adversario, sino tan sólo gozar del vuelque y otrora colisión para un puñado de espectadores de pocas pretensiones.


Con tazas como testigos forzados aún vaporan aromas, vestigios de un ameno tiempo compartido entre individuos que incluso en una cama de una plaza los separa un océano de por medio…y no porque sean especiales, sino porque no empatizan porque se entienden como adversarios en esta escalera de la vida donde le pisan los dedos al que viene debajo para estar menos lejos del que está más arriba, al que sólo le mira el culo.


Y los postulados hartan el denso y viciado aire que se respira en esas oficinas, en ese comedor al que asisten como condenados a algún singular infierno como los que se encuentran en el Dante.


Lo llamativo es verlos repetir las secuencias, parecen esos dibujos animados donde sólo les cambian el fondo y se los ven correr, como si estuvieran sobre una cinta caminadora anclados siempre en el mismo sitio. Y no difiere en demasía. Incluso me atrevo a aseverar que si cerramos los ojos nunca nos fuimos y nunca nos iremos de esa habitación. Porque lo que se encuentra detenido es la matriz desde la que elaboran sus enunciados, están programados como bajo un código fuente simple, y encadenados como desde una jaula donde se encuentra su subconsciencia que ya no puede gritar por haberse dañado sus cuerdas vocales de gritar clemencia.


Los códigos y mandatos éticos y morales que les-incorporaron desde niños someten fuerza mediante a lo que el ser humano es por naturaleza, un animal con raciocinio que ha sido suplido por lo que Erich Fromm señaló como “racionalización del pensamiento”, es decir una parte de la consciencia que razona intransigente e indoblegable una temática en particular cuando al mismo tiempo se termina por  contradecir cuando el razonamiento comienza desde otras áreas y confluyen en un “valor” que de vez en cuando se los olvidan en sus casas antes de salir.


Robar es malo, pero si robo un poquito y entre amigos, no pasa nada.