Los conceptos éticos y morales
tales como se perciben de entre los mensajes enunciados por los transeúntes,
parecen por momentos sobre-actuados apenas perceptibles por quienes se
encuentran mejor preparados para defenderse de un halago que de un ataque.
Las causas que azoran nuestro
pensar por momentos nos tuercen el brazo cognitivo al punto de ponernos a
nosotros mismos frente a dilemas irresolubles que nuestro adversario nos
presenta revestidos de sofismas. No se puede ir contra todo.
La impericia y la imposibilidad
de sostener discusiones al borde del divorcio del empirismo nos debiera de
situar sobre un estrado como jurados, mas nunca como indagado, cosa esta última
la de la que se vanagloria el poder como su carta más valiosa. Digamos que
correr los argumentos de la contraparte con el instructivo de la moral es una
práctica que lleva poco más de dos mil años.
Razonar con cabeza católica.
El orden mundial es binario y se
manifiesta así en cada una de las temáticas que trazan la senda de nuestro día
a día: el bien y el mal; lo ético y lo que no lo es; lo legal, lo ilegal; y lo
que no es ilegal. Este juego de expresiones separadas por punto y coma se
tornan un juego siniestro de dialéctica que no admite bajo ningún aspecto
posible el más mínimo cuestionamiento. Ante la más escueta mueca de duda a los
preceptos éticos, uno es colocado automáticamente explícita o tácitamente como
algo más poco menos que malvado. Los preceptos morales tienen prerrogativa
discursiva: no admiten duda.
Lo legal es entendido por las
sociedades occidentales como las reglas impuestas como ordenador de conducta y
código de convivencia entre los seres humanos. Sin embargo la etimología de ley
proviene del latín lex que se refería
a la fórmula y regla de mezclar metales, en asignación práctica sobre la base
de producción de las monedas romanas compuestas por metales y oro. Sería
ingenioso establecer un paralelismo entre la concepción de la legalidad como
aquella regla inalterable –como si fuera divina- para la elaboración del objeto
de valor por excelencia y por la que la humanidad pugna hasta claudicar.
Siglos ya posteriores al
mercantilismo, la práctica de dominación se instrumenta sobre la moneda, el
deseo de poseerla y la contraprestación futura y perpetua que engendra el
endeudarla. El sometimiento habrá mutado quizá de la violencia hacia lo
cultural cimentada por el compromiso asumido a restituir a futuro por lo que se
expide hoy, siendo que al mismo tiempo lo que entendemos por dinero hoy, es en
verdad producto de un pasado reciente lo que coloca al ser humano como un
eslabón que pelea por desplazarse de un lado hacia otro del cuenta ganado.
Los personajes que importunan el
sano desarrollo de una sociedad se valen del formalismo para socavar la
semántica y el trasfondo que debiera primar por sobre todas las cuestiones. Piensan
con un falso corazón, también entendido como subconsciencia en lugar de pensar
con su bolsillo, por llamar de alguna manera al pragmatismo que tanta falta
hace. Sin embargo, este actor de reparto porta un virus de aquí para allá y es
sujeto de interés para los protagonistas porque que lo utilizan como mensajero,
a expensas de unas cuentas caricias terminando por cumplimentar aquel excipiente
del teorema –de mi ingenio- llamado “efecto cucaracha” que a grosero síntesis
se entiende como un individuo infectado o inoculado que cuando vuelve a su
madriguera infecta a los pares y a todos en derredor.
Hay un mensaje, un portador, y un
receptor. Quien lo crea, piensa. Quien lo porta, cree. Y quién lo recibe tiene
esos dos caminos a seguir: o lo analiza reivindicándolo o lo refuta como
proceso científico; o por comodidad, pertenencia, lo retransmite sin evaluarlo
haciendo uso de la creencia.
Cuando esta cucaracha levanta la
bandera con los “valores” como insignia de falange se encierra en una
tautología muy simple: acusa al prójimo por sus acciones individuales y lo
corre por derecha con la ética y la moral; y cuando la cucaracha es corrida por
izquierda por su comportamiento individual se defiende y recusa al sistema que
lo contiene.
Cuando la sociedad insta a la
cucaracha a que se restituya como miembro de la comunidad, ésta se aísla por
mandato católico individualista y juzga al rebaño por presunta propensión a la
corrupción. Cualquier semejanza con la propaganda sionista del héroe frente a
la organización no es mera coincidencia: el mensaje es pensado con un interés,
el portador lo propaga por creencia y el receptor es encerrado en un tabú al
que no puede recusar porque tiene prerrogativa discursiva: no admite dudas.
