Frases al pasar, observaciones des-oíbles e intrascendentes y
reflexiones flojas de papel empírico musicalizan nuestro andar y desandar, casi
como quien no quiere la cosa empujándonos a introvertirnos
en los dominios de nuestra cerrazón cuyo límite se recuesta a la vera de los
auriculares.
Dicho sea de paso que como todo
aquello que se observa con detenimiento y se emplea el mínimo de la metodología
científica, encontraremos a la postre que, determinados patrones se repiten y
se coinciden casi como en serie, aunque la misma metodología entre en una falta
de pertinencia ya que determinadas
variables no pueden ser ponderadas en un mismo estudio. De todos modos,
aquellos patrones de conducta en sí mismos residen en el comportamiento de las
personas que, —mención aparte requiere— dadas las cosas, se forman en la misma maquinaria
a fin de cuentas. Y los teóricos del desarrollismo me vienen con tecnocracias
cuando todo continúa desde hace cientos de años como sobre la cinta que nos
fabrica en serie.
Viejos conceptos que a
perpetuidad parecieran parecer inmutables, impolutos e incuestionables sobre
las que echamos más y más cemento encima sin considerar que por más abstracto
que resulte lo conceptual, tiene más
en común con lo tangible y las ciencias duras de lo que somos capaces de
imaginar. La arquitectura de una obra gris tiene demasiados parecidos con
aquella construcción sobre la que desarrollamos nuestros razonamientos y que
como si fueran código fuente de programador, subyace en lo más recóndito de
nuestra mente una matriz de razonamiento de la que nuestro desempeño diario
depende, y nuestra supervivencia en función también de los recursos que
disponemos, que dispondremos, y que creemos que pensamos podremos disponer. —y
sobre esto último iré
Escuché del porahí algo sumamente interesante que dice algo como que nuestra
forma de vivir cotidianamente está atravesada por el modo de producción sobre
el que basamos nuestro sustento microeconómico, es decir, nuestra economía
doméstica; como que si fuéramos contadores veríamos y nos relacionaríamos en
términos relacionados con ello, y así para cada cosa. Adhiero plenamente en
muchos casos particulares donde observo esto, sobre todo cuando hablando de
recursos y determinados individuos los consiguen de una forma y otra, donde en
casos concretos algunos trabajan por ellos y otros tantos recursos le vienen
dado por familiares o porque viven en un pequeño mundillo que les proveen de fácil
manera los que cubren sus necesidades básicas y hasta algún que otro gustillo.
En la formación de la niñez y de
aquellos que son traídos —deliberadamente como es la vida misma— y sometidos a
la formación del sistema del que pertenecerán y bajo las reglas de los que
están tras bambalinas y tras el telón de las decisiones, y donde éstas últimas
estarán en más o menor pugna social dependiendo los ánimos de la mayoría. Digamos
que hasta ahora lo que prima en todo esto es la psiquis individual y colectivo
ante todo, de hecho hablando de recursos y comportamiento se cae por peso
propio de la rama de cualquier ciencia madre aquella definición de la economía
que cita algo así como que la economía es
el estudio del comportamiento humano frente a situación de escasez de recursos.
Y de hecho si a esta definición le incorporamos la de la relación inmediata con
el modo de producción del que vivimos, pues, podremos acotar bastante el campo de la política que estamos
estudiando y observando, ya que aquellos seres que no imprimen esfuerzos para
conseguir lo que demandan tienden a tomarse la vida misma con la misma
liviandad y carecen de la capacidad de empatizar con otros tantos que viven una
realidad tan cruda como real. —y valga la redundancia.
El cinismo muchas veces, y la
hipocresía también —aunque sean similares— juegan un rol social con un sesgo parental con
la culpa que muchos de ellos experimentan en algún sótano de sus frágiles
consciencias, que como tal deben resguardarse en los confines de una sociedad
que los contenga y los anexe por extensión de paralelismo porque como mencioné
párrafos atrás, echan cemento sobre conceptos que no han reflexionado y que los
pondría en contradicciones tan virulentas que no alcanzarían píxeles para
censurar lo grotesco que es.
Otro es el rol que desempeña la sociedad como tal donde los usos y
costumbres tienen por prisionero al “sentido
común” casi como inalterable e incuestionable que pareciera desprender per se etimológicamente una obviedad y
que por tal no merece la pena reflexión nueva alguna. A todo esto, bien podría
inferir que individualmente las eventualidades experimentadas sientan un
precedente en nuestra conducta para preservarnos a futuro de potencial situación
similar, por lo que hasta se puede considerar como un mecanismo de defensa. A su
vez, el cordón umbilical que nos ata a nuestras relaciones intra-familiares,
mientras no sea cortado, repetiremos el mismo hacia las nuevas relaciones que
se nos presenten enmarañando todo un círculo que llegado el momento, y como en
la pesca, se termina por cortar el tramo arrojando todo el enredo llevándose
consigo las emociones afectadas por un vínculo que no fue cortado a tiempo. El miedo
a la soledad, a ser juzgado y puesto en valor por lo que realmente valen para
la sociedad los lleva a danzar con los instructores de la psicopatía, dando a
luz relaciones parasitarias, y generando una simbiosis para con su
descendencia, obligando a repetir la historia una y otra vez.
El comportamiento humano es más
parecido al de ciertos animales que al de otros humanos mismos, ya que la
situación de escasez de recursos lleva a algunos a simplemente intentar
adaptarse para sobrevivir, y aquellos otros que sin esforzarse obtienen lo que
necesitan y anhelan, al mismo tiempo carecen hasta de remordimiento por tal,
porque ante una eventualidad experimentada como un divorcio mal resuelto en una
etapa crucial de la madurez, le signifique vivir de prestado para con padres
que son incapaces de tomar una decisión que los obligue a salir al mundo a
valerse por sí mismos, es decir, ejercer el rol de padres, porque por sentir
culpa por aquello que provocaron y porque son lo suficientemente cobardes como
para aceptar las consecuencias y esperar la sentencia de soledad, terminan por
alimentar aquel círculo vicioso que mantiene retenido a la persona en un pasado
que les sintió confortable, y no poder así abandonar jamás el barrio donde se los vio juntos y felices.

