martes, 22 de octubre de 2019

El romance del diablo


Imágenes. Aromas que me devuelven a una infancia, y gestos corporales reflejados en un pequeño espejo de 80 centímetros que me recuerdan que el tiempo ya no pasa.

El Romance del Diablo de Ástor Piazzolla apareció de entre las partículas del denso aire que sopesa en derredor y me sumió por completo en un saco gestacionario renaciendo una y otra vez.

Las lágrimas se precipitaban como el exhalo de mi subconsciente que tomó por completo las usinas de comunicación de mi persona. Entendí el mensaje. Era hora de volver a reflexionar, porque instado por la desventura in-narrable de mi existencia me vi obligado en defensa propia a reordenar mis nortes y batir mi caja de brújulas hasta que el infortunio las oriente.

Los conceptos están en crisis y el tiempo y su virulencia atenta contra la redefinición de lo que elijo como manual de conducta cada vez. Y allí me veo, borroso en una imagen desfragmentada de entre esquirlas de un viejo cristal derruido, a oscuras sobre la desvencijada madera que rechina a mi pisar, musicalizando mi felicidad presentándose de incógnito como en un juego de sombras, desafiante y peligroso, con supina sonrisa, sugestivo de puñales certeros, diestro y mortal.

Los placeres se disfrutan luego de decorosa abstinencia, donde los intervalos de tiempo incierto le suben el precio a fugaces encuentros que me reviven en infinitas versiones de mí mismo dentro del caleidoscopio del que se puede observar mi personalidad.

Sonrisas y arrebatos de nervios redactados con garabatos se enreda en mi cuello enlazando mi destino cada vez, recordándome con balbuceos y rudimentario lenguaje el por qué seguir, cuando las variables todas convergen en una salida elegante que pongan un dramático fin a una escena inconclusa que no debiera terminar jamás. Y en el aire aquél violín raja notas musicales que siento corroer y desgarrar mis entrañas, tan sólo para atestiguar un discurso de mi subconsciencia que con su dedo índice y criterio perfecto me subyuga y alecciona nuevamente.

El aguacero ensordece mi percepción, melodía recurrente y cíclico tonal, como un suave piano de fondo que ejecuta la intensidad de mi presión sanguínea dibujando sus intervenciones sobre una hoja de papel con coloridos trazos, erráticos rayones justo como el desempeño de mi sístole plasmado sobre el eje de ordenadas sobre el que yace el guión de mi vida, y que con cólera manifiesta sus estados de humor llevándose consigo mi atención y recordándome las prioridades de este efímero instante al que algunos le llaman vida.


Las ventanas de mi alma se nublan a través de la lluvia que imponen un marco gris y avejenta las calles que traza el bandoneón de Piazzolla y me reduce a sucumbir ante pequeño ser que con sus monerías me da una clase sobre cómo leer al mundo y tranquilizar la turbulencia que azota mi canoa bajo una galerna de lágrimas, para recordarme que el romance del diablo es la vida misma, aquello que debo ser.

miércoles, 9 de octubre de 2019

La suerte está echada



Girando en los cielos y rotando sobre su propio eje la moneda presenta dos caras, y la excepcionalidad de quedar parada de canto, como toda una metáfora de la vida que nos insta.
Muchas veces la realidad nos golpea en medio de la oscuridad incesantemente invitándonos a dudar de que sea uno sólo o muchos sometiéndonos, casi como en una obra de “teatro para ciegos”, como las que se desarrollaban en el Konex, en la Ciudad Autónoma (¿?) de Buenos Aires —por caso, un vil engendro jurídico, mención al paso.

Como sea, aquello de girar sobre el propio eje bien me atrevo a llevarlo y trasladarlo hacia el plano de la perspectiva en primera persona donde solemos comprender el mundo desde la concepción vista a través de un empañado cristal al que se suele emparentar con el “ombligo”. Claro, el problema de la humanidad es la falsa sensación de libertad y “derecho” a todo lo que no encuentre restricción ni ética ni moral, ni mucho menos legal. Y entre estos últimos conceptos girará esta moneda apócrifa que lanzo al aire pero con la mera intención de que le golpee a alguien, y después ver cómo cae y etcétera.

No es mi intención en este caso hacer una apología de nihilismo porque entre líneas yo mismo percibo estar encaminando este texto hacia el juego de probabilidades que se cierne sobre la hegemonía de la suerte y las eventualidades que escapan a nuestro dominio y previsión.
Si de algo estoy seguro es que sobre el tablero en el que jugamos, como argentinos, es que sin esfuerzo no hay suerte, y sin suerte no hay éxito, pero sin ningún esfuerzo sólo habrá éxito cuando sea el Estado mediante la propiedad privada que nos legue herencia y sobre ese “punto de partida” continuaremos por expandir nuestra riqueza, o chocaremos de frente con la calesita. Y a esto lo justifico con aquella estadística que refleja que el 90 % de los pobres mueren en la pobreza, y el 90 % de los ricos mueren como ricos.

Volviendo al caso —que todavía no sabemos bien cual es— se da una situación simultánea donde las personas que componen la PEA (población económicamente activa) se ven afectados por la macroeconomía cuando esta se haya en la espiral negativa recesiva, y ante la falta de previsión, percepción, información y capacidad de comprensión de la actualidad y todo esto acoplado a una desinformación arreada por el entretenimiento que parece salirse de las pantallas destellantes, confluyen en un desahucie donde el individuo comienza a desesperarse y comenzar a repreguntarse si hay algo malo consigo. En muchos casos sí que hay culpa en los mecanismos de inserción laboral en el individuo, empero cuando este se ve inmerso en la desesperación colectiva, todos bajan su propio precio y la lógica microeconómica estalla en millones de esquirlas que terminan por refugiarse en la precariedad y/o en el dólar blue.

Cuando se alcanza un determinado nivel de conocimiento sobre una base histórica y empírica es cuando las personas deben o bien replegarse, o refugiarse o lanzarse, dependiendo el contexto, la confianza en sí mismo y la proyección sobre el corto plazo en vistas de conseguir éxito. Hay momento para todo, aunque es menester el advertir que cuando uno se embarca en el camino de la profesionalización uno nunca debe considerarse como pasivo, sino considerarse profesional en todo momento, así sea momento de exilio y ostracismo, mas nunca perder noción de las eventualidades que se suceden a todo momento, es decir, jamás desconectarse de las redes de información de la que somos víctimas y marionetas y de la que no podemos escapar porque no hay otra opción. Cuando el alumno de una carrera técnica se encuentra fuera del sistema, debe respirar y buscar opciones de supervivencia hasta tanto la rueda de producción y consumo comience por detenerse y recomenzar hacia el sentido contrario, y del que nos treparemos y le agregaremos peso y masa para que gire con más fuerza. La desesperación es ostensible y absolutamente válida, y el dominio de las emociones es por momento imposible de contener, pero así como los animales, el ser humano emana señales, feromonas, estática y hasta expresiones corporales que son leídas, percibidas e interpretadas por otros que se ubican en una posición de poder el que consciente o inconsciente determinará si incorporarlo a sus planes onerosos.

Cuando yo te diga que es carnaval…fijate porque la espuma está carísima y la fábrica de bombitas “Bombucha” cerró ayer y echaron 70 familias a la calle. No sé, leé los diarios aunque sea.