martes, 20 de octubre de 2020

Principios filosóficos: la universalidad y la constitución de las sociedades


El sentimiento de unidad, pertenencia y afinidad se manifiestan plenamente en aquellas sociedades que se encuentran vinculados entre sí por una historia común, eventualidades trágicas sucedidas o disposiciones geográficas que requieren de una cooperación mutua en virtud de la supervivencia frente a escenarios inhóspitos u hostiles.

En los estados modernos donde el principal desarrollador urbano es el Estado, los fondos públicos para tal fin se encuentran perdidos en la línea de tiempo, cuyo capital se esconde en alguna parte del concepto de amortización y aquello perdurable que trasciende generaciones cuyo valor abandona los criterios de comprensión actúa para formar parte de un insoslayable sobre el que transita una humanidad carente de espacio y tiempo. El altruismo o la frugalidad poco rol cumplen en estos vados de análisis donde los principios de igualdad se hunden a cada paso en estos cimientos que se mecen sobre los fangosos cimientos de la ley del más fuerte.

En el comercio exterior existen prácticas que se consideran leales y otras que no lo son, así las cosas y a espaldas de la no-ilegalidad proliferan asimetrías que dan a luz lo que será una economía de escala cuyo crecimiento habrá insumido los capitales de otros tantos que vieron sucumbir-se, como una madre que sufre el desgaste físico en beneficios de una nueva vida cuya relación de necesidad/vulnerabilidad cambiará conforme el paso del tiempo. De entre las prácticas admitidas en las relaciones comerciales se encuentra una muy poco indagada y que de marras resulta crucial en esta deconstrucción desde la punta de un ovillo que a muchos incomodará tirar. En este sentido es que aparecen los descuentos por cantidad. Capitalismo de barrio o premisa fundamental de la economía de escala.

Habitualmente los reflectores apuntan siempre sobre el poder de venta quizá como un impulso ofertista, resabio de las décadas de los setentas y ochentas. Sin embargo, el poder de compra oficia de alter ego en este juego de poder donde el juego de suma cero mundial cuya víctima es aquella que no pudo rechazar la oferta propuesta. La teoría microeconómica clásica asume en todo momento a la hora del análisis que la competencia es perfecta omitiendo o desafectando de la ponderación de variables que una empresa ejerza algún tipo de presión sobre otra, o que se imponga mediante algún mecanismo “no comercial” —por no incurrir en una acusación de deslealtad- en la que una resulte beneficiada a expensas de la otra. Para pasar en limpio el reciente concepto la cosa es muy sencilla: no existen los monopolios/oligopolios para la teoría clásica. Y como infidencia que narra quien suscribe les comento que un contador público nacional llegó a sentenciar que “no existe la especulación como tal”. Sin palabras.

Para retomar alguna senda de narrativa enhebrada bajo la confección de un ensayo metodológico de corte social, continuaremos por recuperar la iniciativa a comienzos de este artículo donde hicimos alusión a aquellos ingredientes que unen las sociedades a los fines de evocar lo que el título expresa de “principios filosóficos de universalidad”, puesto que el contrato social al que suscriben los individuos cuando erigen un soberano desistiendo en parte a la soberanía propia de algunas decisiones que delegará en aquel soberano, y al que atribuirá facultades que pudieran ir en contra de sus propios intereses eventualmente. Tal vez la última oración reciente esté tan cargada de conceptos que requiera una observación o dos en virtud del entendimiento común. Veamos.

Los recursos son limitados en este mundo que nos rige, y en la medida que el ser humano demande más recursos que los utilizables y que esta demanda implique coartar las necesidades de otro que quedará insatisfecho, la administración y racionalidad será indispensable en la medida que la solución no recaiga sobre la práctica más longeva de todas, a saber: la violencia.

En la actualidad la obtención de los recursos de otro sitio no conlleva a las potencias a la invasión, sometimiento y colonización como tal porque a fin de cuentas embarcarse en la empresa de sostener una conquista implican costos que a los fines contables los imputamos por adelantado o al vencimiento en cuyo caso es un costo al fin y al cabo por lo que en el saldo resultante como costo de oportunidad, es más rentable invertir en abaratar el precio de compra de los recursos para lo que se activan los mecanismos de injerencia de todo tipo de aquellos Estados potencias mediante la diplomacia, o la paradiplomacia empresarial que de facto se ejerce con la amenaza de la desinversión y el coste social que ello acarrea. “Vender más barato para vender más” parece ser la regla primaria del pregón de las doctrinas económicas, nunca sin antes intentar bajo todas las posibilidades existentes la de evitar la repregunta o la rendición de examen que dé cuenta de los resultados que se presumen se obtendrán. Nunca sucedió esto sin dejar de la contabilidad a un puñado de personas afuera del sistema, y sino pensemos en Perú que ha sido una muestra de estabilidad fiscal, de precios y política que estalló por los aires con la pandemia del coronavirus que desenmascaró que el 80 % de su población se encontraba precarizado.

Así como la nula influencia de una empresa mayor a otra, bajo el concepto clásico, encontramos también una definición respecto de las posiciones dominantes de las firmas en la que el prisma se detiene solo a observar los aspectos de venta. En este caso encontramos así como la falsa premisa de la competencia perfecta, una consideración de las relaciones comerciales donde una empresa oligopólica no puede al mismo tiempo ser oligopsónica, término este último que significa el poder de compra repartido en un manojo de empresas. En la argentina se da el claro ejemplo de ambas características fácticas en el sector de la leche, ya que una gran empresa láctea que tiene posición dominante en las góndolas argentinas, también ejerce la misma presión a la hora de comprar la producción cruda de leche a los tamberos, presionando con el uso del tiempo para que los productores deban vender sí o sí en límites de vencimientos a precios irrisorios que luego crece exponencialmente hasta llegar al supermercado.

¿por qué titular esta publicación como principios filosóficos de universalidad entonces? Pues, porque los seres humanos se han asociado desde tiempos inmemoriales con la condición de someterse por igual a la cesión de soberanía en función de un tercero que administre por todos. Este principio rige las leyes, las conductas, la cultura y el sentido común. No obstante, alguna vez dijo un pensador argentino: “Las zonceras de que voy a tratar consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia – y en dosis para adultos – con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido”. Los axiomas son proposiciones o enunciados tan evidentes que se considera que no requieran demostración, por lo tanto, como alguna vez expresé por estos lados, los discursos morales tienen prerrogativa discursiva: no admiten dudas.

John Maynard Keynes definió al interés financiero como un premio por no atesorar el dinero, una recompensa por transferir la disposición sobre la riqueza en su forma líquida. Así las cosas, las Constituciones como acuerdo de reglas de convivencia y una forma de pacto político y social significa —para quien postula- un acuerdo de paz entre sectores que tensionan la cuerda por intereses propios en la que como todo acto bélico que culmina con una rendición y un vencedor, el mismo finaliza con la aceptación de la renuncia con determinados recursos que acuerdan ceder de uno hacia el otro, de lo contrario la paz no sería garantizada. En efecto, los principios de universalidad se arquean hacia un lado siempre, y como toda función decreciente presente encada comportamiento cuantificable sobre un eje de ordenadas, en algún punto la curva desciende y ahí se activan los mecanismos garantistas hacia uno en detrimento del otro.

Los grandes capitales son seducidos con incentivos que se perciben y/o traducen en alguna forma onerosa de beneficios, y utilizando el concepto keynesiano del interés se los termina premiando para que transfieran la disposición de su riqueza para diversos fines. Entonces, en términos absolutos es muy probable que los tributos al Estado por parte de los grandes grupos económicos resulten muy por encima de los que aportan un número idéntico de individuos tomando uno a uno, un rico y un no-rico. Sin embargo, en términos proporcionales los aportes de los grandes capitales resultan irrisorios comparados con los que tributa un asalariado promedio. Como el capital fluye bastante libre entre las naciones, y no se estanca como idealizó David Ricardo, en primera instancia el gran capital hipotético que es invocado en este párrafo no es atraído por incentivos, se dejará seducir por otro que lo haga. Aquí entra el controvertido axioma zoncera de la “nivelación hacia abajo” puesto que el principio de universalidad se deshace en las húmedas fauces del sistema.

Si la Organización Mundial del Comercio que data de 1995 admite los descuentos por cantidad, entonces se distorsiona el tablero de damas sobre el que se cuece el caldo social puesto que un pequeño revendedor se verá desplazado por uno más grande que accede a precios menores ejerciendo el monopsonio u oligopsonio según el caso. La competencia no es libre, nunca lo fue ni lo será, pero el discernimiento de un axioma presentado como una verdad revelada y pregonada hasta la sordera ciudadana se volverá consuetudinario, incuestionable, irrefutable y si no lo es, pues será invisibilizado por las usinas concentradas de información y no se cumplirá ni garantizará en ninguna parte nunca el principio filosófico de la universalidad.