En los estados modernos donde el principal desarrollador urbano es el
Estado, los fondos públicos para tal fin se encuentran perdidos en la línea de
tiempo, cuyo capital se esconde en alguna parte del concepto de amortización y
aquello perdurable que trasciende generaciones cuyo valor abandona los
criterios de comprensión actúa para formar parte de un insoslayable sobre el
que transita una humanidad carente de espacio y tiempo. El altruismo o la
frugalidad poco rol cumplen en estos vados de análisis donde los principios de
igualdad se hunden a cada paso en estos cimientos que se mecen sobre los
fangosos cimientos de la ley del más fuerte.
En el comercio exterior existen prácticas que se consideran leales y otras
que no lo son, así las cosas y a espaldas de la no-ilegalidad proliferan
asimetrías que dan a luz lo que será una economía de escala cuyo crecimiento
habrá insumido los capitales de otros tantos que vieron sucumbir-se, como una
madre que sufre el desgaste físico en beneficios de una nueva vida cuya
relación de necesidad/vulnerabilidad cambiará conforme el paso del tiempo. De
entre las prácticas admitidas en las relaciones comerciales se encuentra una
muy poco indagada y que de marras resulta crucial en esta deconstrucción desde
la punta de un ovillo que a muchos incomodará tirar. En este sentido es que
aparecen los descuentos por cantidad. Capitalismo de barrio o
premisa fundamental de la economía de escala.
Habitualmente los reflectores apuntan siempre sobre el poder de venta quizá
como un impulso ofertista, resabio de las décadas de los setentas y
ochentas. Sin embargo, el poder de compra oficia de alter ego en este juego de
poder donde el juego de suma cero mundial cuya víctima es aquella que no
pudo rechazar la oferta propuesta. La teoría microeconómica clásica asume en
todo momento a la hora del análisis que la competencia es perfecta
omitiendo o desafectando de la ponderación de variables que una empresa ejerza
algún tipo de presión sobre otra, o que se imponga mediante algún mecanismo “no
comercial” —por no incurrir en una acusación de deslealtad- en la que una
resulte beneficiada a expensas de la otra. Para pasar en limpio el reciente
concepto la cosa es muy sencilla: no existen los monopolios/oligopolios para la
teoría clásica. Y como infidencia que narra quien suscribe les comento que un
contador público nacional llegó a sentenciar que “no existe la especulación
como tal”. Sin palabras.
Para retomar alguna senda de narrativa enhebrada bajo la confección de un
ensayo metodológico de corte social, continuaremos por recuperar la
iniciativa a comienzos de este artículo donde hicimos alusión a aquellos
ingredientes que unen las sociedades a los fines de evocar lo que el título
expresa de “principios filosóficos de universalidad”, puesto que el contrato
social al que suscriben los individuos cuando erigen un soberano desistiendo en
parte a la soberanía propia de algunas decisiones que delegará en aquel
soberano, y al que atribuirá facultades que pudieran ir en contra de sus
propios intereses eventualmente. Tal vez la última oración reciente esté tan cargada
de conceptos que requiera una observación o dos en virtud del entendimiento
común. Veamos.
Los recursos son limitados en este mundo que nos rige, y en la medida que
el ser humano demande más recursos que los utilizables y que esta demanda
implique coartar las necesidades de otro que quedará insatisfecho, la
administración y racionalidad será indispensable en la medida que la solución
no recaiga sobre la práctica más longeva de todas, a saber: la violencia.
En la actualidad la obtención de los recursos de otro sitio no conlleva a
las potencias a la invasión, sometimiento y colonización como tal porque a fin de
cuentas embarcarse en la empresa de sostener una conquista implican costos que
a los fines contables los imputamos por adelantado o al vencimiento en cuyo
caso es un costo al fin y al cabo por lo que en el saldo resultante como costo
de oportunidad, es más rentable invertir en abaratar el precio de compra de los
recursos para lo que se activan los mecanismos de injerencia de todo tipo de
aquellos Estados potencias mediante la diplomacia, o la paradiplomacia
empresarial que de facto se ejerce con la amenaza de la desinversión y el coste
social que ello acarrea. “Vender más barato para vender más” parece ser la
regla primaria del pregón de las doctrinas económicas, nunca sin antes intentar
bajo todas las posibilidades existentes la de evitar la repregunta o la
rendición de examen que dé cuenta de los resultados que se presumen se
obtendrán. Nunca sucedió esto sin dejar de la contabilidad a un puñado de
personas afuera del sistema, y sino pensemos en Perú que ha sido una muestra de
estabilidad fiscal, de precios y política que estalló por los aires con la
pandemia del coronavirus que desenmascaró que el 80 % de su población se
encontraba precarizado.
Así como la nula influencia de una empresa mayor a otra, bajo el concepto
clásico, encontramos también una definición respecto de las posiciones
dominantes de las firmas en la que el prisma se detiene solo a observar los
aspectos de venta. En este caso encontramos así como la falsa premisa de la competencia
perfecta, una consideración de las relaciones comerciales donde una empresa
oligopólica no puede al mismo tiempo ser oligopsónica, término este último que
significa el poder de compra repartido en un manojo de empresas. En la
argentina se da el claro ejemplo de ambas características fácticas en el sector
de la leche, ya que una gran empresa láctea que tiene posición dominante en las
góndolas argentinas, también ejerce la misma presión a la hora de comprar la
producción cruda de leche a los tamberos, presionando con el uso del tiempo
para que los productores deban vender sí o sí en límites de vencimientos a precios
irrisorios que luego crece exponencialmente hasta llegar al supermercado.
¿por qué titular esta publicación como principios filosóficos de
universalidad entonces? Pues, porque los seres humanos se han asociado desde
tiempos inmemoriales con la condición de someterse por igual a la cesión de
soberanía en función de un tercero que administre por todos. Este principio
rige las leyes, las conductas, la cultura y el sentido común. No
obstante, alguna vez dijo un pensador argentino: “Las zonceras de que voy a
tratar consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual
desde la más tierna infancia – y en dosis para adultos – con la apariencia de
axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del
buen sentido”. Los axiomas son proposiciones o enunciados tan evidentes que se
considera que no requieran demostración, por lo tanto, como alguna vez expresé
por estos lados, los discursos morales tienen prerrogativa discursiva: no
admiten dudas.
John Maynard Keynes definió al interés financiero como un premio por no atesorar
el dinero, una recompensa por transferir la disposición sobre la riqueza en su
forma líquida. Así las cosas, las Constituciones como acuerdo de reglas
de convivencia y una forma de pacto político y social significa —para quien postula-
un acuerdo de paz entre sectores que tensionan la cuerda por intereses propios
en la que como todo acto bélico que culmina con una rendición y un vencedor, el
mismo finaliza con la aceptación de la renuncia con determinados recursos que
acuerdan ceder de uno hacia el otro, de lo contrario la paz no sería
garantizada. En efecto, los principios de universalidad se arquean hacia un
lado siempre, y como toda función decreciente presente encada comportamiento
cuantificable sobre un eje de ordenadas, en algún punto la curva desciende y
ahí se activan los mecanismos garantistas hacia uno en detrimento del otro.
Los grandes capitales son seducidos con incentivos que se perciben y/o
traducen en alguna forma onerosa de beneficios, y utilizando el concepto
keynesiano del interés se los termina premiando para que transfieran la disposición
de su riqueza para diversos fines. Entonces, en términos absolutos es muy
probable que los tributos al Estado por parte de los grandes grupos económicos
resulten muy por encima de los que aportan un número idéntico de individuos tomando
uno a uno, un rico y un no-rico. Sin embargo, en términos proporcionales los
aportes de los grandes capitales resultan irrisorios comparados con los que
tributa un asalariado promedio. Como el capital fluye bastante libre entre las
naciones, y no se estanca como idealizó David Ricardo, en primera instancia el
gran capital hipotético que es invocado en este párrafo no es atraído por
incentivos, se dejará seducir por otro que lo haga. Aquí entra el controvertido
axioma zoncera de la “nivelación hacia abajo” puesto que el principio de
universalidad se deshace en las húmedas fauces del sistema.
Si la Organización Mundial del Comercio que data de 1995 admite los descuentos
por cantidad, entonces se distorsiona el tablero de damas sobre el que se cuece
el caldo social puesto que un pequeño revendedor se verá desplazado por uno más
grande que accede a precios menores ejerciendo el monopsonio u oligopsonio según
el caso. La competencia no es libre, nunca lo fue ni lo será, pero el
discernimiento de un axioma presentado como una verdad revelada y pregonada hasta
la sordera ciudadana se volverá consuetudinario, incuestionable, irrefutable y
si no lo es, pues será invisibilizado por las usinas concentradas de
información y no se cumplirá ni garantizará en ninguna parte nunca el principio
filosófico de la universalidad.
