Agolpados
contra cercos perimetrales que tejen rombos en cuarteados rostros, suelen
ilustrarse por la cinematografía como muertos vivientes en busca de aquello que
necesitan para vivir, que semióticamente justo coincide con lo que otros buscan
preservar, ni más ni menos que algo invaluable, a saber: la vida.
Si la
población mundial no deja de crecer, y al mismo tiempo el dinero no deja de
drenarse por las rendijas del vacío legal para constituirse en el paraíso de
unos pocos, pues la cuestión se tiñe de contienda por los recursos que ahora,
matemática e hipotéticamente, se reducen en términos proporcionales. Lo curioso
a toda hora es que la visión sea el detener la marcha incesante de personas, y
no detener la incesante marcha de fuga de capitales que lo hace a espaldas de
la sociedad, de una sociedad que rinde culto a las estampitas del libre
mercado.
Algo que
me llama la atención es la reminiscencia a la que los tiempos actuales me
llevan de otro pasado no tan lejano, casi como un desenlace que nació muerto a
la luz de un guion predecible y pochoclero en el que las pistas siempre conducen
a los símbolos que la propaganda se esfuerza por perpetuar: los buenos y los
malos.
Difícilmente
podamos tomar posición respecto de las prioridades en nuestro afán cívico
querer pasar el lampazo ético y moral a cada suceso que acontece delante de
nuestros ojos si de pronto nos encontramos con un documental en la sabana
africana en la que nos muestran un depredador famélico que tiene que alimentar
a sus crías y para ello debe de atrapar y masacrar un tierno impala que a los
saltitos se inmiscuye de entre boscosos senderos retaceando la expectativa de
supervivencia de feroces predadores. Entonces, ¿Cuáles son las prioridades y
quién oficia de bueno y quién de malo? Pues, el orden de prioridades se
reconfigura a cada momento en función de nuestra psiquis, algo inestable a los
fines de la universalidad que el orden institucional implica a la hora de
establecer códigos de conducta entre seres humanos que se agrupan para
sobrevivir. Sentenciemos pues que las prioridades y la caracterización respecto
del bien y del mal pueden diferir de un individuo a otro, y esta alteración se
verá sustentada por un marco de situaciones en la que la percepción juega un
rol preponderante, cuya información será la incógnita a despejar en esta
ecuación de vida que es la supervivencia.
Canalla es
la prensa que a necesidad de recaudación mediante clics publicitarios
vire a cada momento como una veleta que gira como las puertas de vestíbulos que
ofician de materia prima de lobistas que hacen la diferencia con el
tiempo que la sociedad se pierde de desarrollarse, pues el tiempo es el yugo de
las apropiaciones de riquezas que someten a la ciudadanía en este juego de
finanzas donde unos pocos ganan y se llevan los reflectores y cámaras por parte
de la prensa canalla que los llevan en andas como zanahoria inalcanzable para
los cientos de miles que quedarán sin silla en este perverso juego infantil que
pareciera querer decirnos algo respecto del futuro que nos depara. Curioso.
Desde el
aspecto de la antropología, el polaco Bronislaw Malinowski consideraba a
principios del siglo XX que la cultura es un todo coherente y organizado, un
sistema total donde cada aspecto de la cultura sólo puede estudiarse en
relación a un contexto mayor en el cual cobra sentido, y que obedece a
dos condiciones. La primera satisface las necesidades fundamentales del hombre,
cuya necesidad se entendía como el “sistema de condiciones que se manifiestan
en el organismo humano, en el marco cultural y en la relación de ambos con el
ambiente físico. La segunda corresponde a la necesidad de organizarse para
satisfacer necesidades individuales y sociales a través de la creación de
instituciones.
Podemos
decir entonces que desde el aspecto antropológico lo que muta es la necesidad
que se crea dentro de la convivencia social, necesidades que surgen o que son
impuestas por un “contexto mayor” algo que dada la globalización no podemos
dejar de asociar a la embestida corporativa que un puñado de seres dentro de la
sociedad se han erigido mediante el uso de cada una de las herramientas que las
sociedades emplean, más menos legales en un sistema donde la ilegalidad no lo
es en tanto en cuanto no exista un proceso judicial de por medio. Touché.
A la
postre, los sucesos que se dan en función al tiempo vivido en presente parecen
reiterados de un pasado no sellado en el que las premisas de los teoremas puestos
en marcha parecieran no encastrar jamás en este rompecabezas en el que las
heridas no coagulan y la sangre no deja de derramarse, es decir, la sangría de
capitales que se vuelan hacia la tierra prometida de la desregulación, lugares
que llamativamente son creados por los países desarrollados ya que —intuyo— “si
los capitales se me van a ir al subdesarrollo por menos impuesto, prefiero crear
una plaza donde no haya ninguno pero que sea mío”. Ante la declamación de
aquello que “menos es más” en referencia a bajar los impuestos para “incentivar”
al empresariado, habría que homologarlos como una escuela propia, la escuela de
los: “incentivistas”, peyorativamente por supuesto porque, así como todas esas
escuelitas que se autoproclaman algo, habitualmente pecan de lo que ostentan.
En este caso los incentivistas presumen en todo momento que las funciones económicas
son absolutamente lineales, donde si se baja el precio se vende más y punto, y
así con cada cuestión. En este caso, afirman implícitamente que el deseo de
invertir está latente linealmente y la ambición de crecimiento económico se
dará siempre matemático, predecible y de lo cual no habrá efectos colaterales
como por ejemplo, digamos, la evasión fiscal. Lo cierto es que coincide que
ante una baja sustancial del impuesto a la renta que comenzó con la llegada de
Thatcher y Reagan al poder, con la creación de estos paraísos fiscales que ven
aumentar sus colocaciones al mismo tiempo que se retrae el Gini mundial. No es
de extrañar que se elimine por completo la enseñanza de la filosofía en los
niveles educativos fundamentales, porque con ello se elimina la “lógica” que
nos lleva a asociar los hechos con los antecedentes y la comparativa histórica,
y ni que hablar de la metodología científica. Creen en el tarot inversamente
proporcional a la teología. Vaya redundancia.
