viernes, 12 de diciembre de 2025

El algoritmo, la inteligencia artificial y la desinteligencia humana


Proteger y atacar es la esencia del algoritmo que circula en todo lo referido a lo digital, lo virtual, las pantallas y el modus vivendi que dicta la actualidad y los modos de Inter-relacionamiento entre quienes componemos la sociedad. La Real Academia Española define al algoritmo como “conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema”, y curioso resulta, como mínimo, que el fin sea la solución de un problema. Claro, si indagamos sobre el alcance y definición de cada concepto, podemos comprender la noción del “problema” al control de la sociedad en función de determinados intereses concentrados que pugnan sin pausa para mantener las cosas de tal manera. Tiene sentido.

Se dice del algoritmo que funciona como una secuencia lógica predefinida de acciones para obtener valores de salida definidos a partir de ciertos valores de entrada. Por tanto, encontramos una predefinición existente, y recibimos una respuesta en función de valores de entrada elegidos por inteligencia —¿humana? — que luego reutilizamos para nuestros propios fines. Si uno recuerda su niñez y el infravalorado hábito del interés por las cosas, uno puede verse yendo a buscar al diccionario alguna definición, producto de una instrucción parental como respuesta a una pregunta. En aquel momento uno como niño refunfuñaba, pero hoy lo agradezco, pues ese hábito adquirido late aún en el corazón de la estructura de razonamiento sobre la que me desenvuelvo y no me dejo caer por los brazos del Morfeo mental que nos propone la globalización.

Desde buscar acercarse a un compañero o compañera dúctil para los quehaceres estudiantiles primarios, llegar a casa y realizar una tarea con libros, o incluso el encarta 98, pasar luego por monografías.com, el rincón del vago y luego Wikipedia, al ctf+f en un pdf y ahora a preguntarle a la IA sobre algo que necesitamos saber o aplicar. Todo un trayecto que culmina en una profesora de metodología de la investigación que, en un taller, nos termina por dar a entender que un autor es importante en función de sus citas y citas de citas, puesto que se carece de un tribunal que juzgue la veracidad, la importancia, o la validez de los contenidos en materia de ciencia social. Curioso resulta que el propio Einstein reconocía que las ciencias sociales eran más difíciles y complejas que las ciencias duras, mientras que la propaganda tanto se esfuerza por erosionar todo proceso de búsqueda de conocimiento social reduciéndolo a la libre opinión de cualquier transeúnte que no ha pasado ni por la vereda de un proceso metodológico científico. Vaya paradoja.

Hablando de propaganda, usualmente empleamos esa acepción para las publicidades, empero las diferencias de apreciación, resulta pues que cien años luego de la obra de Edward Bernays (“Propaganda”, 1928), la publicidad y la propaganda son la misma cosa, y no hace falta caer en trampas conspiranoicas que sólo lleven al clickeo que alimenta los propios algoritmos que luego producen ganancias en sitios webs y otras yerbas, sino que el sólo hecho de pensar que las corporaciones son dueñas —a través de sus accionistas y respectivas acciones— de otras tantas empresas de diversos rubros, entonces, ¿por qué no aprovechar una campaña publicitaria para intentar colocar sus distintos productos en una sola imagen o secuencia de tales en un spot o imagen, o si quiera subirse a la marea de memes que gratuitamente lo hacen?

Curioso es, sin embargo, que, por regla básica del marketing, se busque interpelar al sector para colocar el producto/servicio para el tiempo presente, pero lo novedoso será quizás, que en las mismas campañas también vayan preparando el terreno al mejor estilo clausewitziano para el campo de batalla cultural de los próximos tiempos. Sí, las corporaciones lo hacen y sólo lo percibe quién tiene anticuerpos desculturizantes atentos al lavaje que la “globalización” nos propone. Mientras en todo un hemisferio —como Suramérica— los “músicos” del pop del momento incluso deforman su habla, apuertorriqueñándose —Dios mío, ¡qué espanto escribir esto! — para sumirse todavía más en aquel concepto Fabriqué en France y enfrascarse en la (despectiva) categoría “latina”. Por cierto, Inglaterra fue ocupada por el Imperio Romano como la provincia “Britannia” cuya conquista data del 43 d.C., cuyo idioma fundacional se compone del germánico y del normando (base latina). O sea, que latinos también lo son.

Si antes de la irrupción o la masificación del uso de las redes sociales, los medios imprimían su influencia mediante la lectura de diario papel, o mediante la radio o televisión, todo esto implicaba la disposición del ser humano frente a las usinas comunicacionales. Los teléfonos celulares, en cambio, nos infunden la información a toda hora, incluso inserta semiológicamente en diversos formatos como noticias, artículos, o quizás de polizón en la discursiva de un “influencer” que lo hace a conciencia o involuntariamente, ya que muchos de estos son tan permeables a la propaganda como su mismo público meta. Aquí aparece, pues, la magia del algoritmo. Por un lado, se perfecciona la “secuencia lógica predefinida” hacia quién se dirigen los múltiples mensajes en formato símbolo, que no sólo recibirá los mismos en formato de valores de salida, sino que hará que este receptor también se torne portador de los mismos a través de un: “¿Viste lo que pasó con…?” y así la secuencia de propagación como enfermedad contagiosa.

Pero la malicia del algoritmo no termina en el párrafo reciente, el silencio es mensaje también, ocultar determinados hechos lo son, tergiversar sucesos o simplemente desviar la atención es parte de la práctica. Si no hay panem et circenses (pan y circo), porque cada vez hay menos pan —sino fíjense que sólo 60 mil personas concentran la mitad de la riqueza mundial— entonces que haya más circo. Todo es entretenimiento, incluso las noticias, haciéndoles creer al grueso de la sociedad que se encuentran “informados”, aún a sabiendas de que los medios que consumen pertenecen a una persona privada con sus propios intereses, porque lo consumen porque es un producto más, cuya elección va determinada por gustos, como quién elige el mismo sabor de helado. El algoritmo oculta determinada información para su público meta, y aún así se sigue esforzando en colocar otros en otro público, a pesar del “no me interesa” o las denuncias de contenidos, porque así son las batallas culturales, y así son las batallas en general.

No hay lugar para la lógica en un público aprehendido —y desaprendido—, incauto y “globalizado” que cree que por viajar al exterior es culto. —¡Por favor!

Ya lo dijo alguna vez Mark Twain: “ninguna cantidad de evidencia logrará convencer a un idiota”.