Proteger y atacar es la esencia del algoritmo que circula en todo lo referido a lo digital, lo virtual, las pantallas y el modus vivendi que dicta la actualidad y los modos de Inter-relacionamiento entre quienes componemos la sociedad. La Real Academia Española define al algoritmo como “conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema”, y curioso resulta, como mínimo, que el fin sea la solución de un problema. Claro, si indagamos sobre el alcance y definición de cada concepto, podemos comprender la noción del “problema” al control de la sociedad en función de determinados intereses concentrados que pugnan sin pausa para mantener las cosas de tal manera. Tiene sentido.
Se dice del algoritmo que funciona
como una secuencia lógica predefinida de acciones para obtener valores
de salida definidos a partir de ciertos valores de entrada. Por tanto,
encontramos una predefinición existente, y recibimos una respuesta en función
de valores de entrada elegidos por inteligencia —¿humana? — que luego
reutilizamos para nuestros propios fines. Si uno recuerda su niñez y el
infravalorado hábito del interés por las cosas, uno puede verse yendo a buscar
al diccionario alguna definición, producto de una instrucción parental como
respuesta a una pregunta. En aquel momento uno como niño refunfuñaba, pero hoy
lo agradezco, pues ese hábito adquirido late aún en el corazón de la estructura
de razonamiento sobre la que me desenvuelvo y no me dejo caer por los brazos
del Morfeo mental que nos propone la globalización.
Desde buscar acercarse a un
compañero o compañera dúctil para los quehaceres estudiantiles primarios,
llegar a casa y realizar una tarea con libros, o incluso el encarta 98, pasar
luego por monografías.com, el rincón del vago y luego Wikipedia, al ctf+f en un
pdf y ahora a preguntarle a la IA sobre algo que necesitamos saber o aplicar.
Todo un trayecto que culmina en una profesora de metodología de la investigación
que, en un taller, nos termina por dar a entender que un autor es importante en
función de sus citas y citas de citas, puesto que se carece de un tribunal que
juzgue la veracidad, la importancia, o la validez de los contenidos en materia
de ciencia social. Curioso resulta que el propio Einstein reconocía que las
ciencias sociales eran más difíciles y complejas que las ciencias duras,
mientras que la propaganda tanto se esfuerza por erosionar todo proceso de
búsqueda de conocimiento social reduciéndolo a la libre opinión de cualquier
transeúnte que no ha pasado ni por la vereda de un proceso metodológico
científico. Vaya paradoja.
Hablando de propaganda,
usualmente empleamos esa acepción para las publicidades, empero las diferencias
de apreciación, resulta pues que cien años luego de la obra de Edward Bernays (“Propaganda”,
1928), la publicidad y la propaganda son la misma cosa, y no hace falta caer en
trampas conspiranoicas que sólo lleven al clickeo que alimenta los propios
algoritmos que luego producen ganancias en sitios webs y otras yerbas, sino que
el sólo hecho de pensar que las corporaciones son dueñas —a través de sus
accionistas y respectivas acciones— de otras tantas empresas de diversos rubros,
entonces, ¿por qué no aprovechar una campaña publicitaria para intentar colocar
sus distintos productos en una sola imagen o secuencia de tales en un spot o
imagen, o si quiera subirse a la marea de memes que gratuitamente lo hacen?
Curioso es, sin embargo, que, por
regla básica del marketing, se busque interpelar al sector para colocar el
producto/servicio para el tiempo presente, pero lo novedoso será quizás, que en
las mismas campañas también vayan preparando el terreno al mejor estilo clausewitziano
para el campo de batalla cultural de los próximos tiempos. Sí, las
corporaciones lo hacen y sólo lo percibe quién tiene anticuerpos
desculturizantes atentos al lavaje que la “globalización” nos propone. Mientras
en todo un hemisferio —como Suramérica— los “músicos” del pop del momento
incluso deforman su habla, apuertorriqueñándose —Dios mío, ¡qué espanto
escribir esto! — para sumirse todavía más en aquel concepto Fabriqué en
France y enfrascarse en la (despectiva) categoría “latina”. Por cierto, Inglaterra
fue ocupada por el Imperio Romano como la provincia “Britannia” cuya
conquista data del 43 d.C., cuyo idioma fundacional se compone del germánico y
del normando (base latina). O sea, que latinos también lo son.
Si antes de la irrupción o la masificación
del uso de las redes sociales, los medios imprimían su influencia mediante la
lectura de diario papel, o mediante la radio o televisión, todo esto implicaba
la disposición del ser humano frente a las usinas comunicacionales. Los teléfonos
celulares, en cambio, nos infunden la información a toda hora, incluso inserta semiológicamente
en diversos formatos como noticias, artículos, o quizás de polizón en la
discursiva de un “influencer” que lo hace a conciencia o involuntariamente, ya
que muchos de estos son tan permeables a la propaganda como su mismo público
meta. Aquí aparece, pues, la magia del algoritmo. Por un lado, se perfecciona
la “secuencia lógica predefinida” hacia quién se dirigen los múltiples mensajes
en formato símbolo, que no sólo recibirá los mismos en formato de valores de
salida, sino que hará que este receptor también se torne portador de los mismos
a través de un: “¿Viste lo que pasó con…?” y así la secuencia de propagación
como enfermedad contagiosa.
Pero la malicia del algoritmo no
termina en el párrafo reciente, el silencio es mensaje también, ocultar determinados
hechos lo son, tergiversar sucesos o simplemente desviar la atención es parte
de la práctica. Si no hay panem et circenses (pan y circo), porque cada
vez hay menos pan —sino fíjense que sólo 60 mil personas concentran la mitad de
la riqueza mundial— entonces que haya más circo. Todo es entretenimiento,
incluso las noticias, haciéndoles creer al grueso de la sociedad que se
encuentran “informados”, aún a sabiendas de que los medios que consumen
pertenecen a una persona privada con sus propios intereses, porque lo consumen
porque es un producto más, cuya elección va determinada por gustos, como quién
elige el mismo sabor de helado. El algoritmo oculta determinada información
para su público meta, y aún así se sigue esforzando en colocar otros en otro
público, a pesar del “no me interesa” o las denuncias de contenidos, porque así
son las batallas culturales, y así son las batallas en general.
No hay lugar para la lógica en un
público aprehendido —y desaprendido—, incauto y “globalizado” que cree que por
viajar al exterior es culto. —¡Por favor!
Ya lo dijo alguna vez Mark Twain:
“ninguna cantidad de evidencia logrará convencer a un idiota”.