Es difícil sanear décadas de vicios arraigados que tan febrilmente han sido fogoneados desde los comienzos de una educación primaria estradista y santillanista.
Tan solo basta con apreciar el resquemor que deambula en las aulas, y la apatía misma que ello contrae en sujetos que comienzan a desarrollar su intelecto, y que como esponja absorben en sus subconscientes, toda una serie de falsas realidades que luego se incuban en los confines de la razón humana.
Una imposición colonialista que en su seno lógico alberga una distorsionada historia que es narrada desde sujetos ya formados en serie, personas cuyas mentes se encuentran totalmente maniatadas y amordazadas. Cualquier intento por pisar la banquina del rebaño, serian exacerbadamente juzgados, e incluso, expulsados por toda una sociedad eclesiástica que, sentados aguardan instrucciones de vida.
A lo reciente, nos cabrá la inquietud por saber si es el sistema eclesiástico el que sostiene las bases de todo un concepto falaz que se reitera cíclicamente en sociedades que jamás ven la luz del sol, en sus obnubilados ojos que solo ven a través de un paño confeccionado en las fabriles esferas imperialistas.
No es descabellado, si relacionamos la iglesia católica en los años de conquistas –con sangre y sometimiento- y una corona española que responde a un mismo poder.
Al parecer, el síndrome colonialista ha resistido centenares, y probablemente haya tenido que ver con un sistema de control regional, como la estructura orgánica misma de una iglesia –como organización política- viene a imponer.
Si tenemos en cuenta, que en cada pueblo de cada lugar, existe una pequeña capilla con un sacerdote, o cura –o su equivalente-, estos sujetos no son más que punteros políticos que en sus manuales de conducción, responden a su cúpula jerárquica, donde son instruidos para mantener contenida la evolución de una sociedad que tiene prohibido levantar la cabeza en una permanente oración de vida.
Sin embargo, el rechazo al cambio es también parte de una sujeción de conceptos, que por sobre el análisis filosófico, es anticipadamente retenida por una conjunción de ideas, de las cuales parten las directivas hacia una sociedad que razona sobre una realidad que no es pertinente.
¿Cómo se entiende esto último? Veamos.
La razón misma parte del entendimiento entre seres que utilizan conceptos que no pueden ser universales, sino que requieren de una puesta en escena de la reflexión a toda luz, que sea enteramente aceptada por las partes que buscan tal acuerdo.
Si partimos de una base en la que lo “moral” y “ético” no sea entendido como una construcción sociológica, que no por ello debe ser objetiva, sino que muy por el contrario, lo impuesto y reproducido durante generaciones se torna “costumbre” y de ello se hace una aceptación como universalidad, pasando por alto, que la reflexión y la razón, jamás tuvo lugar en su génesis misma.
Es frecuente escuchar como respuesta y justificativo la frase “no es moral” asumiendo que lo “moral” sea tomado como universal y objetivo.
En efecto, todo lo que lo “moral” y “ético” engloba en sí mismo, descansa todo el sistema eclesiástico que resiste a los cambios y la evolución misma que mencioné al comienzo del ensayo.
Por tanto, la propagación de este sistema inmiscuido en el discurso que se instala en las conciencias de niños y pre-adolescentes, es tan peligroso que amenaza a la evolución misma de la sociedad, en pos de resquebrajar cuestiones nefastas para una porción de la población que padece las injusticias de un sistema de producción, que margina unos cuantos para ser sometidos como herramientas de trabajo y ajuste, en virtud del bienestar de unos pocos.
Hasta tanto no se revierta esta problemática en la formación primaria y secundaria, las contiendas ideológicas seguirán la misma lógica, a saber: la creencia contra la ciencia. La primera arrastra un mensaje y lo legitima sin reflexionarlo; y el segundo, somete los conceptos a un baño de reflexión profundo, sobre el cual luego se construye “conocimiento”.
Es materia pendiente entonces, el revertir esta situación, y advertir, que la iglesia católica, siguiendo este mismo patrón de conducta y conducción, ha detenido la marcha de 600 años de evolución científica, en la cual pese a todo, ha permitido redoblar la expectativa de vida de la población, y reducido la mortalidad infantil a escalas exponenciales, gracias al avance en la ciencia medicinal.
Faltaran entonces, mas con-ciencia en las escuelas públicas primarias y secundarias, para entender, que la fe y la esperanza, no necesita de una organización política, sino mas bien, depende de un estado puro de reflexión personal.
