domingo, 16 de octubre de 2011

La primavera reparadora

De entre el crujir de hojas al pisar, y los tintes marrones que decoran el paisaje de un otoño, se gesta el ocaso de una estación y da lugar al florecer de una primavera que se respira en el perfume de las praderas y el aluvión de abejas en la borrasca de polinización.
El aire cambia violentamente y templa otrora semblanza de aquello que vira los humores hacia la empatización de los seres que pueblan las tierras en los confines de este mundo.
En el recorrer de las rutas provinciales se aprecia la variación de las situaciones que particularmente subyacen en cada distrito jurisdiccionalmente determinado.
Casi como la ilustración de aquello que los números y los porcentajes parecen no poder, y que estos mismos paradójicamente parecen alejarse cada vez más de lo humano, para así envolverse en lo abstracto del inimaginable condecir.
Lo cierto es que la evolución/involución de la realidad material que pende de las responsabilidades de la gestión de turno, se manifiesta a gritos vivos en las rutas repavimentadas como así también en las vías de un tren que ya no pasa.
La provincia de Buenos Aires tímidamente expresa su realidad en situaciones sociales que bien se mimetizan con el olvido y la inexistencia visual de coterráneos que no registran en su rango de percepción, y que los medios informativos encargados de tal tarea trabajan en connivencia con la desidia que emerge desde la más primitiva enseñanza escolar, arropada en las nefastas sentencias sarmientistas.
En una orgia de ignorancia, se hacen presentes las vestiduras de la ortodoxia y el gen de honda raigambre, luciendo sus reciclados métodos de sometimiento de la población partiendo todo lo que toca en centro y periferia.
El compromiso que asumen los electos es ratificado en base al grado de compromiso social por el retorno de aquello que transfieren con su voto, para modificar su proyecto de presente, es decir, su futuro mismo.
Casi como en un duelo de esgrima, la estocada final no es simbólica, puesto que el sable penetra en el subconsciente y en el bolsillo que padece a diario la escasez de aquellos recursos que se encuentran en manos de otros, y que necesitan del Dios Estado para reequilibrar aquella injusticia social.
En consecuencia, los recursos son reinsertados en la sociedad, o bien, acumulados ociosamente cual suerte mercantilista pernoctaba en las prácticas de los reinados por el siglo XVI.
De cualquier manera, la ambición es echada a correr por las llanuras del descontrol que emancipa la necesidad del soberano, y su propia voluntad –conciencia mediante- desgraciada en los vestigios de una era agroexportadora.
Los caminos se bifurcan en el acceder a una autopista, o se acotan al colisionar por un desperfecto en las rutas, abandonadas por el desdén vaporado del deseo retorcido de una monarquía oligárquica, sigilada en los agradables modales de una melodía de sirena neoliberal.
El conformismo efervesce del vaso medio vacío cual teoría del derrame nunca se produce, y que a consecuencia de ello, la desprotección social se vanagloria de recalcitrante orgullo y se regodea en el frotar de manos manchadas de sangre trabajadora.
La pereza en el accionar de actores esenciales en la transformación, parece incidir en la ambición del soberano cuyos brazos deja caer acompañado a hombros que se agachan y se reportan como servidumbre del sistema.
Paradójicamente el ocaso para la melancolía ortodoxa liberal, tiñe el paisaje desdibujando la sonrisa financiera de una elite que abre paso su ambición y su especulación, hacia el paso de una nueva generación de conciencia popular que emerge de las multitudes y que interpela a su sociedad, hoy combustible de una llama viva que expresa un discurso sólido e infranqueable susurrado en los oídos de una sociedad puesta de pie.
Las palabras llegan como una brisa sosegadora para acalorados individuos que vieron perderlo todo y descreer, estando en todo su derecho, de seres que hoy deciden poner sus manos en el fuego y quemarse con el calor de las masas populares y cargándose a hombro, bolsones de responsabilidades bajo la tutela de un verdugo elitista y de sesgo marcadamente liberal, refugiados todos ellos en el derecho a la propiedad privada, privilegio de unos pocos, intervención por sobre muchos.
Los hechos hablan por sí mismos, y se manifiestan con leyendas sobre pancartas en desandadas calles de una militancia juvenil y de aquellos eternamente jóvenes en su espíritu, con la grandeza de la humildad que se refleja en brillosas pupilas que encarnan la emoción por sentirse partícipes del cambio de sus propios destinos.
La reparación de aquella desventura soberana, en función del beneficio de unos pocos, hoy se respira y se resiente de la reverberación del sonido de los bombos que acoplan los oídos y que simulan el latir de una generación que carece de edades y que incluye y resquebraja los estándares sociales.
Maginando tan solo a la desidia de algunos que se dejan guiar por la mentira casquivana de comunicadores sociales encuadrados en filas como soldados de las utilidades financistas y corporativas del sistema que deja su huella de sangre y ve perderse en la muchedumbre, fundiéndose en la redistribución de riquezas del trabajador que hoy participa de la mitad de lo producido en el país.