lunes, 17 de septiembre de 2012

El Parricidio Precoz


Parados en una gris cosmopolita hemos sido espectadores frente al destello de marquesina de led’s al fragor del chapoteo de aguas muertas estancas de una muchedumbre alienada de sí.

Ante el confluir de individuos aglomerados en su autismo social, la información apuñala flancos sórdidos que revela el vacío existencial, parcialmente sosegado por el entretenimiento que a través de auriculares parecen venir a apaciguar.

Una tibia bruma asedia cada descorazonado latido empapado por mentiras rociadas desde invasivas pantallas, y cadenas de creencias que son replicadas como epidemia social entre portadores de ideas ajenas y de intereses parasitarios.
  
El dolor por el complejo de clase que el rebaño incuba, sazona un agridulce pensar liviano y chabacano de una porción de la sociedad que ignora su sustento físico, y que compensa con otro metafísicamente soez, propio del desarraigo emocional del roto cordón umbilical tardío, y el parricidio precoz al que incurre una adolescencia acéfala de ideales.

La sucesión de frustraciones que desencadena la descendencia, obliga una y otra vez a procrear la miseria y confinarla al mismo destino de oquedad, al que el miedo al progreso ajeno corrompe la frugalidad hoy ausente en una generación que niega responsabilidad en el destino al que predestinó a su primogénito.

El odio es inculcado como antorcha hacia la supervivencia en una orgía de vanidades, donde una tertulia de tristes almas conspira contra todo aquello que deslegitime su statu autoproclamado.

Generaciones tras generaciones son sometidas al retraso espiritual y movilizados hacia la involución del ser, atinando a mutilar cualquier retoño de felicidad en una juventud deseosa de explorar y redescubrir un mundo que de movida les es negado.

Las puertas al calabozo de la ideología, de par en par son abiertas para la curiosidad temeraria e imberbe de unos pocos que se animan y que animan a transgredir.

En la polución sonora que ensordece al gentío que deambula sin un propósito, se puede descifrar el relato que la rabia instiga verborrágica, tenaz, impoluta y lo suficientemente autosustentable como para perdurar y trascender las barreras de clase y de generación, que es retroalimentada en un círculo vicioso que sólo la egolatría es capaz de abrazar con vehemencia e hipocresía aquellos individuos que comparten un tiempo y espacio que los confina a perecer en alma, procrear en vida y proyectar su propio vacío existencial a través de su alienada descendencia.