Parados en una gris cosmopolita hemos
sido espectadores frente al destello de marquesina de led’s al fragor del
chapoteo de aguas muertas estancas de una muchedumbre alienada de sí.
Ante el confluir de individuos
aglomerados en su autismo social, la información apuñala flancos sórdidos que revela
el vacío existencial, parcialmente sosegado por el entretenimiento que a través
de auriculares parecen venir a apaciguar.
Una tibia bruma asedia cada descorazonado
latido empapado por mentiras rociadas desde invasivas pantallas, y cadenas
de creencias que son replicadas como epidemia social entre portadores de ideas
ajenas y de intereses parasitarios.
El dolor por el complejo de clase que el rebaño incuba, sazona un agridulce pensar
liviano y chabacano de una porción de la sociedad que ignora su sustento físico,
y que compensa con otro metafísicamente soez, propio del desarraigo emocional del
roto cordón umbilical tardío, y el parricidio precoz al que incurre una
adolescencia acéfala de ideales.
La sucesión de frustraciones que
desencadena la descendencia, obliga una y otra vez a procrear la miseria y confinarla
al mismo destino de oquedad, al que el miedo al progreso ajeno corrompe la
frugalidad hoy ausente en una generación que niega responsabilidad en el
destino al que predestinó a su primogénito.
El odio es inculcado como
antorcha hacia la supervivencia en una orgía de vanidades, donde una tertulia
de tristes almas conspira contra todo aquello que deslegitime su statu
autoproclamado.
Generaciones tras generaciones
son sometidas al retraso espiritual y movilizados hacia la involución del ser, atinando a mutilar cualquier retoño
de felicidad en una juventud deseosa de explorar y redescubrir un mundo que de
movida les es negado.
Las puertas al calabozo de la ideología,
de par en par son abiertas para la curiosidad temeraria e imberbe de unos pocos
que se animan y que animan a transgredir.
En la polución sonora que
ensordece al gentío que deambula sin un propósito, se puede descifrar el relato
que la rabia instiga verborrágica, tenaz, impoluta y lo suficientemente autosustentable
como para perdurar y trascender las barreras de clase y de generación, que es
retroalimentada en un círculo vicioso que sólo la egolatría es capaz de abrazar
con vehemencia e hipocresía aquellos individuos que comparten un tiempo y
espacio que los confina a perecer en alma, procrear en vida y proyectar su propio
vacío existencial a través de su alienada descendencia.
