viernes, 14 de junio de 2013

La Organización: que Comience por el Escritorio

Las contiendas entre los individuos los lleva a superarse en diferentes arenas, motivados por la diferenciación de lo que consideran sus adversarios, que al momento de encontrarse con más de un flanco por abordar, se comienza a evaluar la necesidad de obtener aliados.

Será tal vez, que al momento de calcular probabilidades y estimar pérdidas, estas últimas sean tan preocupantes que se prefiera rescindir una parte de ellas que a perderlo todo.

Por consiguiente, aquello que constituye lo inverso a las pérdidas, imaginado en una proyección, no puede ser otra cosa que intereses de conquista. Se arriesga si se pretende más, y se defiende si existe algo que perder.

¿es acaso éste teorema de subsistencia algo tan elemental que por tal no debiera ser ignorado?

Tal como afirmamos párrafos atrás, el quid de la cuestión redunda en arriesgar ganancias, cuando hay pérdidas que distribuir. El asunto es cuando las pérdidas las paga un tercero, y las ganancias no se distribuyen con el mismo criterio. A esto se le llama despotismo.

Cualquier relación entre seres humanos para con sus pares, se lo conoce como política, algo cuyo fin radica en algún interés, tanto físico como metafísico.

En efecto, las alianzas implican el confluir de esta ponderación entre aspiraciones de más, y el temor a la pérdida, en tanto que la distribución de ganancias no siempre resulta proporcional a la distribución de pérdidas. En esto se destaca el liderazgo y el sometimiento.

El ser humano, cuya inteligencia le permite adaptarse a la propia dinamicidad que la propia especie impulsa, cambiante el ambiente por tratarse de la reconfiguración del reparto constante, quid pro quo, en la universalidad de los recursos.

La síntesis de las relaciones humanas bien podrían cimentar su sustentabilidad en la construcción -algo que quién suscribe entiende real- distante de aquello que se sostiene entre promesas y sobrevive en función de una esperanza. Esto último se torna efímero, ya que a diferencia de la construcción, lo efímero tiene una fecha de caducidad, incierta, pero real.

Por tanto, cuando el enemigo -entendiéndolo por ajeno a una organización- deja de ser una amenaza, el adversario como una entelequia se apodera del espíritu dentro de la propia unidad, mutando su vestidura y volviéndose un desafío que implica preservar el porvenir por aquella distribución de sus recursos, que a causa del despotismo promueve nuevas organizaciones.

viernes, 3 de mayo de 2013

Decada ganada al neoliberalismo



La escuela económica clásica, nacida en los albores de la revolución industrial por el siglo XVIII, se ha caracterizado por menoscabar la dinamicidad de los procesos socio-políticos, y reducirlos a un mero ejercicio que halla su correlato con los quehaceres de las ciencias estáticas.

No es menor deducir la sintaxis del espíritu de la obra teórica que funda al neoliberalismo, en dos puntos clave que tanto sus autores intelectuales por excelencia, a saber: Smith y Ricardo, concuerdan los pilares inexorables de sus teoremas en los salarios mínimos de subsistencia, y la inmovilidad del factor capital entre los países.

Resulta como mínimo impertinente situar un paralelismo entre la máxima de dos obras de tal envergadura que ni siquiera en el propio contexto de tiempo y espacio de aquella época pudieron encuadrar. Tan solo bastó con que Keynes mirara por la ventana de su oficina para ver la inorgánica masa de desahuciados deambular por las calles de Inglaterra buscando el derrame de las Elite que pregonaron la no intervención del Estado.

Por consiguiente, los puntos claves que tornan inexpugnable la aplicación de tales teoremas, el de Smith de 1776 y el de Ricardo de 1814, vulneran la capacidad cognitiva de las masas que bien supieron sublevarse ante las imposiciones por la fuerza de las burguesías industriales.

En definitiva, el avance en la comunicación y la perfección de la colonización vía cultura, ha trascendido las fronteras y se ha ganado un lugar cómodamente en los sillones familiares, alimentado la audiencia radio-televisiva.

El imperialismo logró descontracturarse, y renombrarse como “derechas” e “izquierdas”, que para el caso logró confundir las expectativas de las clases obreras, partiendo al mundo en centro y periferia de la mano del derecho a la propiedad privada y subyaciendo cual espada de Damocles pendula sobre acéfalas masas de trabajadores.

“El Comercio se parece a una guerra” sentenciaría Colbert, el Ministro de Finanzas de Luis XIV, cual mercantilismo soterraba una población pobre que trabajara barato, que consumiera poco, y guerreando –comerciando- para colocar sus producciones en otros países y nutrir las arcas de la monarquía de oro para su propio beneficio. Tres siglos y medio parecen no haber transcurrido.

En efecto, la escuela clásica como primigenia labor de corte científica, abordó el comercio internacional y la economía internacional posicionando la extranjerización como el modo del desarrollo productivo y alegando que la verdadera riqueza de las naciones radica en la producción de bienes.

Sin embargo, la teoría clásica y ortodoxa dedicaron pocas sino ninguna página en sus obras para los momentos de crisis donde los países del mundo cerraran sus fronteras e impidiesen la importación de tales productos. En tal caso, encontrándose con una población con salarios mínimos de subsistencia, los productos ya elaborados no podrían consumirse localmente y tampoco seguir produciendo. En definitiva: stock y hambre. Vaya paradoja.

La contracara de esta moneda es el autarquismo, algo que un viejo economista argentino contemporáneo analogaba con “vivir con lo nuestro”, haciendo alusión a aquella necesidad de sustituir el trabajo foráneo por el trabajo local, y potenciar la calidad de los propios y competir con el mundo con las producciones una vez colmadas las necesidades locales de consumo.

Si entendemos que el dinero solo está respaldado por productos y servicios, y que a su vez esos productos y servicios traen consigo trabajo y capital, deducimos que el capital representa trabajo en tiempo pasado, y potencial trabajo futuro. Por consiguiente, la acumulación de capital que no se vuelca a la producción y sí a la especulación, sólo genera desempleo por concepción filosófica.

El proteccionismo, traducido de este teorema de la autarquía, requiere el avance en la distribución de este capital que se atesora y se concentra de pocos individuos hacia el resto, de tal manera que la producción se torne accesible para todos los habitantes que conforman un Estado.

La Argentina ha vivido en carne propia los vaivenes de los resultados prácticos de mencionados teoremas, alojando en su memoria colectiva los incesantes movimientos de una sociedad que comprendió que las vías hacia la transformación estructural radican en la política.

La implementación del neoliberalismo le significó a la Argentina el retroceso en la distribución del ingreso acompañado del aumento crónico del desempleo en virtud de abultadas cuentas en paraísos fiscales que echan por tierra uno de los pilares claves de la escuela clásica –la inmovilidad de los capitales-.

En la última dictadura cívico-militar argentina se fugaron capitales por U$S 38.000.- al mismo tiempo que entre 1970 y el 2010 fugaron 400 mil millones de U$S, provocando el aumento del desempleo desde el 5% en 1975 al 22,5% en el año 2001.

Por otra parte, la distribución de ingresos, entendida como “brecha entre ricos y pobres” se amplió de 8 a 33 veces. Esto quiere decir que se aproximaba al salario mínimo de subsistencia con otra observación a la teoría clásica: la no intervención del estado, mas el salario mínimo de subsistencia con inmovilidad de factor capital, no produce pleno empleo como enunciaba Smith.

Tan voraz es el resultado de la práctica, que aquellos desempleados generados por el neoliberalismo en la Argentina ni siquiera tuvieron un salario mínimo de subsistencia, fueron empujados al vacío y cayeron del sistema que el día de hoy conforman el núcleo duro de la pobreza.

Sin embargo, la última década de restauración de derechos de los trabajadores, recompuso aquella proporción social de participación de riquezas, reduciendo del 22 al 7% el desempleo y restableciendo la distribución de la riqueza a aquellos momentos del peronismo previo al golpe de Estado comenzado en 1975.

Por caso, las Cuentas Nacionales del país gozan de tonalidad verde al lograr superávit gemelo –balanza de pagos y fiscal superavitarios- a través de las ganancias de comercio internacional, más la recaudación fiscal impulsada por el consumo de producción local y turismo.

La transformación socio-económica ha depurado los obstáculos coyunturales y se ha marcado a fuego en la estructura productiva Nacional, con la adopción de las asignaciones universales y los aumentos jubilatorios, ambos sistematizados, que vuelve a colocar en el asfalto aquella maquinaria de la economía que tracciona por encima del consumo improductivo que gozan clases medias mas pudientes, producto de la mejora de sus ingresos.


 El cambio de paradigma esta puesto en escena, y se respira a cuentagotas en un transporte público colmado de actores y factores de producción plenamente ocupados, los cuales gozan de la protección de un Estado que como garantías, depone las correlaciones de fuerza de la política por encima de los intereses foráneos que sucintan como filiales del imperio, y que hoy ve sus privilegios sangrar en las paredes y las calles que, con alegría el pueblo recuperó y con entusiasmo levantará como bandera.