Las
contiendas entre los individuos los lleva a superarse en diferentes
arenas, motivados por la diferenciación de lo que consideran sus
adversarios, que al momento de encontrarse con más de un flanco por
abordar, se comienza a evaluar la necesidad de obtener aliados.
Será
tal vez, que al momento de calcular probabilidades y estimar pérdidas,
estas últimas sean tan preocupantes que se prefiera rescindir una parte
de ellas que a perderlo todo.
Por
consiguiente, aquello que constituye lo inverso a las pérdidas,
imaginado en una proyección, no puede ser otra cosa que intereses de
conquista. Se arriesga si se pretende más, y se defiende si existe algo
que perder.
¿es acaso éste teorema de subsistencia algo tan elemental que por tal no debiera ser ignorado?
Tal
como afirmamos párrafos atrás, el quid de la cuestión redunda en
arriesgar ganancias, cuando hay pérdidas que distribuir. El asunto es
cuando las pérdidas las paga un tercero, y las ganancias no se
distribuyen con el mismo criterio. A esto se le llama despotismo.
Cualquier
relación entre seres humanos para con sus pares, se lo conoce como
política, algo cuyo fin radica en algún interés, tanto físico como
metafísico.
En
efecto, las alianzas implican el confluir de esta ponderación entre
aspiraciones de más, y el temor a la pérdida, en tanto que la
distribución de ganancias no siempre resulta proporcional a la
distribución de pérdidas. En esto se destaca el liderazgo y el sometimiento.
El
ser humano, cuya inteligencia le permite adaptarse a la propia
dinamicidad que la propia especie impulsa, cambiante el ambiente por
tratarse de la reconfiguración del reparto constante, quid pro quo, en la universalidad de los recursos.
La
síntesis de las relaciones humanas bien podrían cimentar su
sustentabilidad en la construcción -algo que quién suscribe entiende real-
distante de aquello que se sostiene entre promesas y sobrevive en
función de una esperanza. Esto último se torna efímero, ya que a
diferencia de la construcción, lo efímero tiene una fecha de caducidad,
incierta, pero real.
Por
tanto, cuando el enemigo -entendiéndolo por ajeno a una organización-
deja de ser una amenaza, el adversario como una entelequia se apodera
del espíritu dentro de la propia unidad, mutando su vestidura y
volviéndose un desafío que implica preservar el porvenir por aquella distribución de sus recursos, que a causa del despotismo promueve nuevas organizaciones.
