La escuela
económica clásica, nacida en los albores de la revolución industrial por el
siglo XVIII, se ha caracterizado por menoscabar la dinamicidad de los procesos
socio-políticos, y reducirlos a un mero ejercicio que halla su correlato con
los quehaceres de las ciencias estáticas.
No es menor
deducir la sintaxis del espíritu de la obra teórica que funda al
neoliberalismo, en dos puntos clave que tanto sus autores intelectuales por
excelencia, a saber: Smith y Ricardo, concuerdan los pilares inexorables de sus
teoremas en los salarios mínimos de subsistencia, y la inmovilidad del factor
capital entre los países.
Resulta como
mínimo impertinente situar un paralelismo entre la máxima de dos obras de tal
envergadura que ni siquiera en el propio contexto de tiempo y espacio de
aquella época pudieron encuadrar. Tan solo bastó con que Keynes mirara por la
ventana de su oficina para ver la inorgánica masa de desahuciados deambular por
las calles de Inglaterra buscando el derrame de las Elite que pregonaron la no intervención del Estado.
Por
consiguiente, los puntos claves que tornan inexpugnable la aplicación de tales
teoremas, el de Smith de 1776 y el de Ricardo de 1814, vulneran la capacidad
cognitiva de las masas que bien supieron sublevarse ante las imposiciones por
la fuerza de las burguesías industriales.
En definitiva,
el avance en la comunicación y la perfección de la colonización vía cultura, ha trascendido las
fronteras y se ha ganado un lugar cómodamente en los sillones familiares,
alimentado la audiencia radio-televisiva.
El imperialismo
logró descontracturarse, y renombrarse como “derechas” e “izquierdas”, que para
el caso logró confundir las expectativas de las clases obreras, partiendo al
mundo en centro y periferia de la mano del derecho a la propiedad privada y
subyaciendo cual espada de Damocles pendula sobre acéfalas masas de
trabajadores.
“El Comercio se
parece a una guerra” sentenciaría Colbert, el Ministro de Finanzas de Luis XIV,
cual mercantilismo soterraba una
población pobre que trabajara barato, que consumiera poco, y guerreando
–comerciando- para colocar sus producciones en otros países y nutrir las arcas
de la monarquía de oro para su propio beneficio. Tres siglos y medio parecen no
haber transcurrido.
En efecto, la
escuela clásica como primigenia labor de corte científica, abordó el comercio
internacional y la economía internacional posicionando la extranjerización como
el modo del desarrollo productivo y alegando que la verdadera riqueza de las
naciones radica en la producción de bienes.
Sin embargo, la
teoría clásica y ortodoxa dedicaron pocas sino ninguna página en sus obras para
los momentos de crisis donde los países del mundo cerraran sus fronteras e
impidiesen la importación de tales productos. En tal caso, encontrándose con
una población con salarios mínimos de subsistencia, los productos ya elaborados
no podrían consumirse localmente y tampoco seguir produciendo. En definitiva:
stock y hambre. Vaya paradoja.
La contracara de
esta moneda es el autarquismo, algo que un viejo economista argentino
contemporáneo analogaba con “vivir con lo nuestro”, haciendo alusión a aquella
necesidad de sustituir el trabajo foráneo por el trabajo local, y potenciar la
calidad de los propios y competir con el mundo con las producciones una vez
colmadas las necesidades locales de consumo.
Si entendemos
que el dinero solo está respaldado por productos y servicios, y que a su vez
esos productos y servicios traen consigo trabajo y capital, deducimos que el
capital representa trabajo en tiempo pasado, y potencial trabajo futuro. Por
consiguiente, la acumulación de capital que no se vuelca a la producción y sí a
la especulación, sólo genera desempleo por concepción filosófica.
El
proteccionismo, traducido de este teorema de la autarquía, requiere el avance
en la distribución de este capital que se atesora y se concentra de pocos
individuos hacia el resto, de tal manera que la producción se torne accesible
para todos los habitantes que conforman un Estado.
La Argentina ha
vivido en carne propia los vaivenes de los resultados prácticos de mencionados
teoremas, alojando en su memoria colectiva los incesantes movimientos de una
sociedad que comprendió que las vías hacia la transformación estructural
radican en la política.
La
implementación del neoliberalismo le significó a la Argentina el retroceso en
la distribución del ingreso acompañado del aumento crónico del desempleo en
virtud de abultadas cuentas en paraísos fiscales que echan por tierra uno de
los pilares claves de la escuela clásica –la inmovilidad de los capitales-.
En la última
dictadura cívico-militar argentina se fugaron capitales por U$S 38.000.- al
mismo tiempo que entre 1970 y el 2010 fugaron 400 mil millones de U$S,
provocando el aumento del desempleo desde el 5% en 1975 al 22,5% en el año
2001.
Por otra parte,
la distribución de ingresos, entendida como “brecha entre ricos y pobres” se
amplió de 8 a 33 veces. Esto quiere decir que se aproximaba al salario mínimo
de subsistencia con otra observación a la teoría clásica: la no intervención
del estado, mas el salario mínimo de subsistencia con inmovilidad de factor
capital, no produce pleno empleo como enunciaba Smith.
Tan voraz es el
resultado de la práctica, que aquellos desempleados generados por el neoliberalismo
en la Argentina ni siquiera tuvieron un salario mínimo de subsistencia, fueron
empujados al vacío y cayeron del sistema que el día de hoy conforman el núcleo
duro de la pobreza.
Sin embargo, la
última década de restauración de derechos de los trabajadores, recompuso
aquella proporción social de participación de riquezas, reduciendo del 22 al 7%
el desempleo y restableciendo la distribución de la riqueza a aquellos momentos
del peronismo previo al golpe de Estado comenzado en 1975.
Por caso, las Cuentas
Nacionales del país gozan de tonalidad verde al lograr superávit gemelo
–balanza de pagos y fiscal superavitarios- a través de las ganancias de
comercio internacional, más la recaudación fiscal impulsada por el consumo de
producción local y turismo.
La
transformación socio-económica ha depurado los obstáculos coyunturales y se ha
marcado a fuego en la estructura productiva Nacional, con la adopción de las
asignaciones universales y los aumentos jubilatorios, ambos sistematizados, que
vuelve a colocar en el asfalto aquella maquinaria de la economía que tracciona
por encima del consumo improductivo que gozan clases medias mas pudientes,
producto de la mejora de sus ingresos.
El cambio de paradigma esta puesto en escena,
y se respira a cuentagotas en un transporte público colmado de actores y
factores de producción plenamente ocupados, los cuales gozan de la protección
de un Estado que como garantías, depone las correlaciones de fuerza de la
política por encima de los intereses foráneos que sucintan como filiales del
imperio, y que hoy ve sus privilegios sangrar en las paredes y las calles que,
con alegría el pueblo recuperó y con entusiasmo levantará como bandera.
