¿Millennials? Oféndanse.
Alumnos: no se confundan, no los etiquetan así, los quieren así. Sean más que eso, o no serán nada frente a lo que viene.
Me discutieron un programa porque les resultaba ambicioso, excedido de contenido para un estudiantado “millennial que lo quiere todo fácil y rápido” [Sic], y los obsecuentes que me acompañaron y que debieron de sostener esa embestida corporativa asintieron y entregaron los trapos. –Sí, ya sé que no es muy de mi estilo expresarlo así, pero mi estilo es que se entienda-
El desafío es que el alumno incorpore dos o tres elementos para sobrevivir: conocimientos; viveza; y lógica.
Reducir los contenidos justificándolo por no espantar al alumno no es viveza, es mediocridad. Ya egresados serán reemplazables por un puñado de aplicaciones de celular por lo que marcarles una diferencia y que ello implique que per se desarrollen una impronta propia, será determinante en su inserción en este mundo violento de buenos modales y eufemismos de casita de té.
Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla cita una frase de antaño y atemporal. El contenido sensible que vinieron a truncar era justamente el nervio de la guerra, que como su explicación lógica requiere de una contextualización histórica, se agarraron de “la historia” para dejarla sin efecto. Nada inoportuno si traemos a colación de que el mandamás que llegó y cortó la cinta con el pecho en aquella ceremonia se expresó citando más o menos que las ciencias sociales son puro humo y que no sirven para nada. ¿Les suena?
Hechos actuales, eventualidades que resultan ridículamente semejantes a eventos recientes de nuestra historia global parecieran presentarse a cara lavada, con una corbata nueva y una lengua bífida dulcificando nuestro oír, haciendo ademanes y presentando imágenes que no nos permitan escuchar, ya que la clave reside en la disuasión del pensamiento crítico, el que exige pruebas presentando las propias, dejando por un momento los preceptos éticos y morales en el perchero para batirnos en un duelo de información útil que contribuya a la creación de conocimiento.
El retorno que debiéramos de pretender como docentes no es el de la empatía personal, sino el de constatar que el alumno logra insertarse en el siniestramente mal llamado “mercado laboral”.
El trabajo no es un favor, es un servicio que se presta a cambio de una retribución que se negocia política de por medio, ex-ante (previo a la producción) lo que lo vuelve la variable independiente, no un costo medio. Una oración bastante cargada de contenidos que requieren de un ciclo de ponencias interactivas, en un plazo razonable, con una estructura diagramada en función de la velocidad con la que incorporamos la información. Es un proceso como cualquier otro, si en el medio creemos saltarnos el alambrado pecaremos de ingenuos si compramos el cabeceo de entendimiento que por momentos el alumno realiza.
En el final oral salta todo a la vista, la información se puede decodificar en la mirada, en la gesticulación, en la estructuración gramatical que el estudiante emplea. De poco sirve citar de memoria, tal vez les haga salir de alguna que otra encrucijada, pero será la excepción a la regla.
El propio Einstein reconocía que las ciencias sociales son mucho más complejas que las exactas, porque la exacta queda en el libro, lo que lo motivaba a no memorizar fórmulas como el cine nos quiere vender la “inteligencia”, porque el mismo Einstein solía decir que las fórmulas yacían en los libros, y que debía de liberar los recursos –limitados como todos- de su mente para aquello que no se puede dominar, aquello dinámico que tiene su cuota de imprevisibilidad.
No permitan que los domestiquen, que les den forma como ladrillos, para automatizarse ya están las máquinas desde hace más de cien años. Sean ambiciosos, no sean millennials porque esos están pensados como productos finales desde hace más de 60 años, sólo son piezas intercambiables de este mundo de ensamble donde el capital se mueve libremente y el trabajo se queda dentro de los límites. Atrévanse a cuestionar la teoría del comercio internacional, los “contenidos mínimos” suenan al “salario mínimo de subsistencia”. Saquen sus propias teorías.