jueves, 26 de marzo de 2020

El comercio internacional y las teorías importadas


“La experiencia ha demostrado que la inseguridad real o imaginaria del capital, cuando éste no está bajo control inmediato de su dueño, aunada a la natural renuencia que siente cada persona a abandonar su país de origen y sus relaciones, confiándose a un gobierno extraño, con nuevas leyes, detienen la emigración del capital. Estos sentimientos, que lamentaría ver debilitados, son los de que muchos capitalistas se den por satisfechos con una tasa de utilidades baja en su propio país, en vez de buscar un empleo más ventajoso de su riqueza en países extraños” (Ricardo, Principios, Cap. VII. 1817)

La ciencia es objeto de vejación conceptual con frecuencia puesto que la semiótica al servicio del poder corporativo enquistado en las modernas formas de Estado-Nación —esto último podrá discutirse— se constituye como el Sable de Londres de las cruzadas de un sector de la élite que ha alcanzado un grado de concentración de riquezas que incluso demanda ser gravado para preservar su statu-quo —esto quedará como misterio tabú para los libertarios hasta el fin de sus días.

He de advertir al lector que se esmere en preservar lo menester de sostener a las ciencias económicas como gajo de las ciencias sociales y no una autónoma, muy a pesar de la corriente marina que propulsa los reactores que suministran la energía de nuestro día a día, ya que como consecuencia de la no-comprensión y el infradimensionamiento de sus alcances debemos debatirnos a vanos duelos contra una progresía que reniega de la economía y se resguarda en los confortables brazos culposos de padres separados que retienen a sus vástagos con la sociología como convitio que decanta en pubertario o progres como consecuencia de una falta de autoridad paternal.

Lo curioso de desempolvar viejos manuales de economía es que exaspera al millennial por acuciar una atemporalidad en función de su subdesarrollada personalidad, la que es atañida por la estampida audiovisual de la Guerra fría cuyo individuo es sumido por el miedo a la soledad como producto de una desestructurada crianza producto de la concentración de riquezas acelerada desde el abandono del patrón oro, allá por el 15 de agosto de 1971, obligando a los padres a salir del hogar y ceder la silla de la cabecera familiar a un Estado-Nación en el que aquel mencionado plutócrata es accionista mayoritario también.

Dadas las circunstancias descritas la sociología pareciera emerger casi como por artilugio de la prestidigitación cuya ejecución aparentara haber tomado lecciones de algún instituto de prestigio internacional, aquellos donde suelen figurar los patrocinadores que, mención merece, suelen ser las multinacionales que ramifican sus acciones capilarmente en un entramado accionario que más bien se parece a una metástasis social donde toma decisiones el que pone más plata. Así de simple.

El comercio exterior pareciera inmiscuirse entre las ciencias como una sietemesina que fue dada a luz con problemas cognitivos de donde sus intérpretes razonaran a medias, tal como describió Erich Fromm con su “racionalización del pensamiento” en el que la lógica sólo se presentara para dar explicación y justificación sólo cuando las variables y estadísticas pueden probar pequeños teoremas que no calificarían para ningún ensayo científico serio dada la insuficiencia de representatividad como muestra, y que, muy por el contrario aquel razonamiento se disocia en el mismo individuo cuando se le presenta en su contra, y aquí la observación de Fromm realizada con militantes intestinos de distintas causas allí por el interludio de la Segunda Guerra Mundial y posguerra.

Desde la reorganización global y su pertinente Nuevo Orden Mundial —el de 1945— la Sociedad de las Naciones, o mejor dicho las Naciones Unidas fueron reorientando el Derecho Internacional hacia un enfoque en el cual los Estados se reconocen desde sus individuos y no sobre una concepción rígida en el que el Republicanismo deje afuera la demanda de sus grandes y no tan grandes minorías, casi como aseverando que los Estados son de sus pueblos, y no cautivos de su propio reglamento. Así las cosas resultaron muy mal para Palestina y para la Argentina con el caso Malvinas y la “autodeterminación” que pareciera no aplicar en determinados casos.

El comercio queda allí como ariete de las políticas de dominio que, invocando a Carl Von Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política mediante la fuerza...” puedo y me atrevo a inferir que es más costoso iniciar una campaña expansiva y de ocupación para extraer sus recursos que simplemente dominarlos, hacerles venderlos a precios irrisorios a cambio de productos sobrevalorados a penas con una inversión mínima en cada silla de directorio empresarial, o de concejo deliberante, de consejo superior, de algún congreso provincial o nacional, y así en cada organización cuya estructura organizacional implique un sistema tal como ¿el de la democracia? pues claro, eso mismo. Se dice en la historia oficial y no tanto que el acuerdo para extender el Plan Marshall a Japón luego de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki para su recuperación económica fue la de modificar su sistema monárquico, eliminar la figura del Emperador y sustituir éste por el de un sistema democrático. Un lindo gesto ante los ojos de la progresía que no nota cuando le roban el volante mientras va manejando.

Un sinfín de teoremas de bella poética dialéctica se presentan como modernas, incluso los viejos teoremas de Linder, el de Marshall, y toda la música ejecutada por la tecnocracia así como las “nuevas geografías económicas” que no hacen más que explicar lo que están viendo y sin saber incluso que están citando viejas melodías del trío Oli Heckscher, Bertil Ohlin y Paul Samuelson apelando al vetusto e impertinente teorema de la dotación de factores haciéndonos creer que Australia es desarrollado por su dotación de factores y la relación habitantes/tierra/capital cuando la Argentina ha transitado una distribución similar siendo que para 1870/1890 tanto Australia como Gran Bretaña, Alemania y otros tantos comenzaron a encarecer la tierra ociosa mediante el aumento de impuestos redirigiendo los capitales hacia la inversión productiva impulsado por el desarrollo industrial pesado y aquí por estos lares todavía se sigue enredando en estériles discusiones sobre las libertades individuales y que el Estado confisca las ganancias y todo aquello. Pura progresía. En fin, si debiéramos de validar la teoría de la dotación de factores para explicar el desarrollo Australiano dejando las ciencias políticas de lado mediante el esquema de Heckscher-Ohlin-Samuelson, el planteo quedaría trunco al introducir la Argentina como parte de la ecuación. Y aquí está el quid de la cuestión.

Continuará.