¿Qué sería de nuestra sociedad si no existiese el entretenimiento?
Probablemente estaríamos en presencia de una sociedad llena de expresiones artísticas, intelectuales por doquier, un maremágnum existencial, donde los prejuicios terminen por discriminar al ser superfluo y vacío.
¡Vaya universo utópico! en el cual el albor de la conciencia subyagan impulsos revolucionarios donde la tristeza sólo habite en los vestigios de seres descarriados, cual rebaño repelió.
Sin dudas sería una sutileza producto de la filtración del alma, cuyo anhelo muera desangrado en manos de la sapiencia.
Lamentablemente, los seres llegan al universo sin formación alguna, por lo que el reiterativo ciclo de la vida debe atenderse sistémicamente, ya que el más mísero desliz en la sociedad pudiera desatar el deseo individualista, ególatramente sucedido por la putrefacta ambición per se, oriundo de las descompuestas vísceras del infortunio.
Pero no, la realidad es la inversa, la sociedad ignora –a su conveniencia- las causas, el origen, y trabaja ex –post atendiendo las injusticias consecuentes, sin menoscabar las injusticias previas que desataron las recurrentes taxativamente.
La caja boba habla pero no escucha, los ojos pueden dejar de ver, pero los oídos no pueden dejar de oír, y el subconsciente es trastornado, donde el alma ahora maniatada, sucumbe implotando y destiñéndose la integridad, donde los grises decoren los presuntos cielos en los confines de la miseria humana.
Y ahí se encuentra, omnidireccional impudorosamente radical, cuales destellos irradian la más absurda recurrencia, que impacta certeramente sobre el ya adormecido corazón de la sensatez.
El tiempo se convierte en un agraviante, donde el paso del mismo degrada la piel y atrasa la madurez del alma, cuyo dolor añora un mundo donde pueda correr libremente por las praderas de la felicidad, desnudo ante las brisas de la creatividad, donde la mente piensa para alcanzar el sosiego, donde el territorio sea de todos, y de nadie, y cuyo efecto sobre el rebaño recaiga en el compartir, y donde el deseo parasitario solo descanse en lo más profundo de las turbulentas aguas de la ignorancia.