Se dan circunstancias, quizás, en la que los vestigios de una etapa idílica de la que ya no recordamos, donde las imágenes de lo que nos asedia nos obliga a desplazar realidades que solíamos retener de un pasado no tan lejano.
Será entonces, la desidia por reconstruir un presente y una proyección de presente –como concepción de futuro- la causante del atraso y la involución de nosotros, como una sociedad que camina en una senda demarcada por la influencia de las corporaciones.
Sin dudas, que la amalgama de situaciones que incomoda a las masas, perece en un debate de ideas, de las cuales el conformismo prescinde y prefiere evitarlas, y sustituirlas en un proceso de olvido y abandono, que luego se refleja por sobre todos los ciudadanos de una localidad jurisdiccionalmente bien definida, republicanamente organizada, y federalmente administrada por sus electores, a través de la voluntad popular convergida en las urnas.
La realidad que nos insta, nos sumerge en un océano de dudas y resquemor, de la cual no podemos estrujarnos, puesto que las ideas más sórdidas se cocinan en el abismo de una ideología que carece de espíritu, y que se nutre cíclicamente y reiteradamente como ejercicio de un mensaje que va quedando perdida en algún punto de la línea del tiempo.
Paradójicamente se presentan en simultaneo, dos universos en nuestro tiempo y espacio, donde el progreso de las ideas se lleva puesto la estaticidad de una concepción obsoleta de producción y sustento de un sistema que no se condice con un presente tan enmarcado por el contexto tecno-industrialista.
Por un lado, la renovación de pensamientos que nos mantiene ocupados en el desafío por innovar y continuar más allá de nuestros próceres pioneros en la ciencia y tecnología, con el aval de un Estado presente que imponentemente nos presenta un Ministerio renovado y poderoso, con la repatriación de nuestra materia gris que debió huir con sus capacidades a otros rumbos en una hecatombe neoliberal, hacia destinos que pudieran acoger sus necesidades y en línea con su remuneración pertinente.
Por otro lado, la minoría de siempre que se recluye en los andamios de sus empobrecidos valores, eclesiásticamente desafortunados y acomplejadamente inducidos a su auto marginación, hacen uso de su status social otorgada por la suerte capitalista, y el derecho a la propiedad privada que los protege desde un Estado aun no debatido en la sociedad.
La aleatoriedad que persiste en el reparto de riquezas se mantiene a través del rendimiento a la esclavitud de no sólo nuestros trabajadores, sino también, nuestra evolución misma como sociedad, en la que nos detenemos al avance, por tan solo “éticas” y “morales” que no son mas que prácticas que buscan subsistir refugiados por un poder político jerárquico, que gobierna desde las sombras a través de la culpa y el juzgamiento subjetivo.
La ignorancia se apodera de seres que son influenciados y violentados emocionalmente, arropados por la mentira de “clase” que imparten sobre sus vulnerables mentes en una etapa de desarrollo y crecimiento como personas, protegidas por una realidad que escapa a la concepción misma de lo que sucede fuera de las compuertas de un barrio privado, como consulado del sistema imperialista neoliberal.
A su vez, el individualismo es impulsado como estrategia de dispersión y atomización del ser humano, en pos de evitar la colectividad y la construcción de poder simbólico político para afrontarse a una minoría que descansa cómodamente en el trono del reinado.
El Rey no es nadie sin sus súbditos, y no hay súbditos sin sometimiento, donde la violencia no solo se expresa motus propio, sino verbalmente como herramienta de desinformación y engaño de quien dispone del artefacto informativo como su ala de embate.
Nuestras pupilas se dilatan ante el destelle de las luces del futuro, que nos invitan a participar, fronteras afuera de una General Paz que separa la ciudad de luces muertas, frente al vórtice que nos abduce hacia el maremágnum de creatividades en la que somos partícipes con tan solo ingresar a esa brecha del tiempo, dejando tras nuestras espaldas, el pasado mismo expresado en un evento agropecuario, vociferado en un mensaje erróneamente sarmientista y violentamente desafiante.
Es la Sociedad Rural, la que nos invita a perecer como sociedad encantados bajo cantos de sirenas, que se exilian en la mentira del trabajo genuino y la arrogancia de la elite perfumada por la osamenta existencial que emana de sus impolutas manos que jamás fueron expuestas a labores atávicas.
Algunos decidimos continuar la senda del desarrollo dejando atrás, una General Paz que divide las aguas turbias, frente a una propuesta que nos seduce, donde el límite es la mente humana, y no el bolsillo de recoletos que pregonan por la conservación de su statu quo, en detrimento del avance de la justa distribución de riquezas y reparación social.

