La lluvia trae
consigo aquel sudor producto de la laboriosa e impávida acción de la desidia
colectiva.
Casi como un
espectro que recorre las puertas de cada hogar, encuentra el candado de la
negación como código de encriptación, susurrando por la mirilla de la puerta:
"pienso distinto".
¿Es acaso la
lluvia motivo suficiente como entristecedor pro-natura?
O quizá es per
se, que la inteligencia de quien vende paraguas y películas vía cine, una mente
brillante para los negocios.
Sea como fuere,
la lluvia como aquella galerna que rocía su materia acuosa, trae consigo
a-negación. Y tal vez ese guión que separa en dos palabras sea la clave.
A lo mejor,
aquella negación le impide a los infelices flagelar aun mas la desventura que le
depara su inconsciencia, mientras los desposeídos -de cuajo- padecen las
carencias propias de un mundo partido en centro y periferia.
Por consiguiente
nos vemos obligados a confluir esta vertiente de razonamientos sobre el último
eslabón sucintado en las peripecias de la suerte cognitiva a la que los seres
metafísicamente muertos son confinados.
Será que es la
propia mente humana la fragmentada en un centro y una periferia desde los
zigzagueos iniciales con pañales bien puestos y elegidos por una publicidad de
"huggies".
En efecto, la
mente como una persona de dos caras nos destina a adaptarnos al entorno y
relegar nuestra conciencia como un rol social que enmarca una mueca de empatía,
mientras detrás de ella yace otra de tristeza y reclusión como indisimulable
aspecto de nuestra verdadera sensación que el inconsciente nos revela.
Bastará entonces
asumirmos felices por entretenernos en este fenómeno natural que nos lleva a
deprimir nuestra efímera presencia de tiempo y espacio, aceptando las reglas de
juego del 'centro' que nos impulsa a abultar la caja del Cine Village,
a-negándonos a bailar felices bajo la lluvia que trae consigo la negación
cultural.
