martes, 14 de abril de 2015

De la timidez infante a la desnudez cognitiva

Dícese del verborrágico como aquel individuo desbocado, abiertamente desinhibido a la oratoria y que lo realiza con frecuencia.

En tal caso, la verborragia en sí misma coadyuve la realización del ordenamiento mental del mensaje que ha de confabular con las partículas de aire, en pos de una melodía sustanciosamente digerible por el interlocutor de turno.

Digamos entonces, que en aquella singularidad de la sinapsis se vanagloria ipso facto, la luminosidad que un ser soberbiamente ostenta, quizás también, empapado por el rocío del ego.

Por otro lado, la inconsistencia del ser y el divorcio entre la inteligencia y la timidez, se torna fugaz en virtud de la sapiencia que un ex-joven  supo horadar conforme su desarrollo socio-empático.

Tal es la desdicha que arremete contra el pudor mismo al momento en que tal individuo se expone así, abiertamente frente a una multitud sólo cuantificable en los más apócrifos rincones de su propia borrascosa imaginación.

El micrófono, la lente y un sujeto bien parecido con buen parecer, ofician de medio para condecorar un acto solemne entre el monarca y su súbdito más soez.

¿Es acaso el ojo que todo lo ve, con su índice que todo lo juzga detrás de una entelequia estructural que la sociedad económicamente establece, confundido en parte por los modos y por otro lado por la letra chica –no tan chica- que establece las reglas de juego donde unos son amos y los otros esclavos?

Sin dudas, es aquella mínima expresión del ser que pudorosamente se desenvuelve en su infancia, casualmente comunicados por pequeños gestos corporales devenidos de la supervivencia social dentro de un rebaño ajeno y novedoso, que aun no toma dimensión del salto cualitativo al vacío que le depara.
Tal vez la pubertad golpee las puertas de la subconsciencia pidiendo limosna para comprar dignidad y para intercambiarla luego por un puñado de seguidores de Twitter.

La hora de la verdad ha llegado, el reo está listo para la conversión a siervo. El Imperio abre el libro de actas para darle la bienvenida a otro afiliado a su gremio –patronal, claro- que con luces neón y la fantasía del pertenecer, abrirá una cuenta corriente para endeudar su futuro mental con cuotas de falso protagonismo en una no-sociedad confundible por la aglomeración de individualidades coincidentes, que visto en perspectiva cosmos, parece un tumulto inter-relacionados entre sí.

La vergüenza se engendra en los suspiros cóncavos que exhala una maniatada personalidad, por caso prisionero de su consciencia que le obliga a encajar a cualquier precio. No es cualquier precio, es accesible y en cómodas cuotas ad infinitum.

La autoestima enseña su cuello en mensaje de sumisión y rendición, como una presa rendida a las fauces de su predador clamando piedad. El despotismo del imperio se engalana con tonos azules y fondo blanco dando un “me gusta” a tal demostración suicida del orgullo que involuciona conforme postean su minuto a minuto expresado en imágenes y falsas tesis sobre el vacío existencial que lo aqueja.

La dignidad aguarda con sus ojos vendados frente a la ejecución que la comunicación le aguarde. Sin siquiera imaginar que exista el afuera, sollozando cual alegoría de las cavernas con la clara diferencia del anhelo en cuya mente ya no respira. Es un cuerpo tibio, en estado vegetativo.