Por caso, la negación a ultranza de las obviedades que como bien expresó Sherlock Holmes alguna vez: es tan evidente que no lo nota la gente.
Lo más difícil es perdonarse a uno mismo, esa batalla imperante e imperiosa entre la consciencia y la sub donde la persona es juzgada así misma cuando el rocío de la quietud se apodera de los sórdidos minutos a solas cuando el ser humano civilizado se encuentra al caer la noche, y con ella, la jornada.
Segundos mas, segundos menos la calma arrecia con virulencia sobre las huestes de la desolación, aquella que se abre paso de entre los individuos que coexisten en mismo establecimiento físico al mismo tiempo que en la metafísica propia se encuentran arrullados sollozando por los rincones de su propia existencia como un niño desconsolado que acaba de perder a sus seres queridos por un trágico accidente que ni siquiera le dejó un culpable con quien desquitarse, sólo interrogantes vanos y estériles que nada harán por él.
Sin embargo, la negación que sojuzga la mente a perpetuidad lo revira y radicaliza a premisas que coquetean con los umbrales del desquicie, amuchados todos estos entre sí para arroparse en una falsa sensación de certeza como fanáticos que son absorbidos por el papel del libreto que les dejan bajo la puerta cada mañana, como un pasquín instructivo moralista.
Lo irónico de todo esto, es que mientras más repiten enunciados de libertad individual, más los apretuja el cadalso…mientras más proclaman pensar diferente, más creencia se apodera de sus enunciados.
Esta claro que el enemigo del poder establecido es la organización, sin vueltas. La moda hace su parte cuando les hace creer al soberano que el resto impone la tendencia mientras corren descabezados hacia el matadero de su espíritu, juntándolos cada vez mas, pero aislándolos al punto de repelerse como la misma polarización. De lejos parecen una masa uniforme y de cerca no son más que puntos separados y que nunca se unirán.
Mientras tanto y con algarabía el poder descansa plácidamente en forma de tinta sobre papiros cuya caducidad se expresa en el letargo que aprisiona al soberano mientras pululan en un bucle repitiendo la historia una y otra vez.
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jueves, 19 de octubre de 2017
viernes, 17 de abril de 2015
La psicópata del caniche toy
Un espejo dentro de una pecera. Esto
equivale a verse y proyectado a sí mismo dentro de un cubo de vidrio. Casi una
metáfora de la vida misma, entendiendo que nuestro límite y única certeza es la
muerte.
Sin embargo, el miedo es un
mecanismo natural de los seres vivos cuando presienten el peligro y la exposición
de su vida cuando el genoma está configurado para sobrevivir de cualquier
manera.
Entonces, entendemos que la monotonía
conlleva indefectiblemente al vacío existencial que todos albergamos y que cada
uno con sus distintos caminos intentan mitigar. De hecho, el entretenimiento es
una forma de disuasión del pensamiento auto-indagatorio que nos confina a
sufrir por las malas decisiones, por la soledad, incubándose así una enfermedad
mental que crece día a día.
Soportar tanto flagelo no es para
cualquier mente. No todas resisten.
La frustración por no verse
reflejado en esa pecera como uno quisiera, conlleva a determinados individuos a
escurrirse por la tangente. Por un lado, echar culpas ajenas por la acción o
inacción –que para el caso, ambas son decisiones- y por otro, evadirse y
proyectar lo que no somos en un tercer ser/objeto.
La soledad emocional es en parte
una carencia de la inteligencia social que no todos los seres logran
desarrollar, dicho sea de paso, no se desarrolla por una inacción envuelta en
desidia, o por un problema neurológico que es absolutamente ajeno a la
responsabilidad de ese ser.
En lo que concierne a la disuasión
o auto-evasión, algunas personas recurren a la idealización que coquetea con lo
absurdo exponiéndose así mismo a la humillación y la extroversión social
arriesgando la integridad que culmina por repeler a los demás, donde la soledad
solo decanta en un tamiz social, aglomerando las personas como el ser gregario
que es.
En este rebaño marginal, se
aglutinan por una fantasía a la que se inducen en una versión metafórica del coma farmacológico, al mismo tiempo que
su enfermedad mental incubada ya disputa una parte importante de la subconsciencia
que a su vez engendra odio y resentimiento por no poder salir a la luz.
Imagínense que este sujeto interno rebosado de odio y desdén tiene que soportar
escuchar a Axel o Arjona mientras lo hacen pasear y hablarle con voz de pito a
un caniche toy.
martes, 14 de abril de 2015
De la timidez infante a la desnudez cognitiva
Dícese del verborrágico como
aquel individuo desbocado, abiertamente desinhibido a la oratoria y que lo
realiza con frecuencia.
En tal caso, la verborragia en sí misma coadyuve la realización del ordenamiento mental del mensaje que ha de confabular con las partículas de aire, en pos de una melodía sustanciosamente digerible por el interlocutor de turno.
Digamos entonces, que en aquella singularidad de la sinapsis se vanagloria ipso facto, la luminosidad que un ser soberbiamente ostenta, quizás también, empapado por el rocío del ego.
Por otro lado, la inconsistencia del ser y el divorcio entre la inteligencia y la timidez, se torna fugaz en virtud de la sapiencia que un ex-joven supo horadar conforme su desarrollo socio-empático.
Tal es la desdicha que arremete contra el pudor mismo al momento en que tal individuo se expone así, abiertamente frente a una multitud sólo cuantificable en los más apócrifos rincones de su propia borrascosa imaginación.
El micrófono, la lente y un sujeto bien parecido con buen parecer, ofician de medio para condecorar un acto solemne entre el monarca y su súbdito más soez.
¿Es acaso el ojo que todo lo ve, con su índice que todo lo juzga detrás de una entelequia estructural que la sociedad económicamente establece, confundido en parte por los modos y por otro lado por la letra chica –no tan chica- que establece las reglas de juego donde unos son amos y los otros esclavos?
Sin dudas, es aquella mínima expresión del ser que pudorosamente se desenvuelve en su infancia, casualmente comunicados por pequeños gestos corporales devenidos de la supervivencia social dentro de un rebaño ajeno y novedoso, que aun no toma dimensión del salto cualitativo al vacío que le depara.
Tal vez la pubertad golpee las
puertas de la subconsciencia pidiendo limosna para comprar dignidad y para
intercambiarla luego por un puñado de seguidores de Twitter.
La hora de la verdad ha llegado, el reo está listo para la conversión a siervo. El Imperio abre el libro de actas para darle la bienvenida a otro afiliado a su gremio –patronal, claro- que con luces neón y la fantasía del pertenecer, abrirá una cuenta corriente para endeudar su futuro mental con cuotas de falso protagonismo en una no-sociedad confundible por la aglomeración de individualidades coincidentes, que visto en perspectiva cosmos, parece un tumulto inter-relacionados entre sí.
La vergüenza se engendra en los suspiros cóncavos que exhala una maniatada personalidad, por caso prisionero de su consciencia que le obliga a encajar a cualquier precio. No es cualquier precio, es accesible y en cómodas cuotas ad infinitum.
La autoestima enseña su cuello en mensaje de sumisión y rendición, como una presa rendida a las fauces de su predador clamando piedad. El despotismo del imperio se engalana con tonos azules y fondo blanco dando un “me gusta” a tal demostración suicida del orgullo que involuciona conforme postean su minuto a minuto expresado en imágenes y falsas tesis sobre el vacío existencial que lo aqueja.
La dignidad aguarda con sus ojos
vendados frente a la ejecución que la comunicación le aguarde. Sin siquiera
imaginar que exista el afuera, sollozando
cual alegoría de las cavernas con la clara diferencia del anhelo en cuya mente
ya no respira. Es un cuerpo tibio, en estado vegetativo.
lunes, 9 de marzo de 2015
La lluvia y la “a-negación”
La lluvia trae
consigo aquel sudor producto de la laboriosa e impávida acción de la desidia
colectiva.
Casi como un
espectro que recorre las puertas de cada hogar, encuentra el candado de la
negación como código de encriptación, susurrando por la mirilla de la puerta:
"pienso distinto".
¿Es acaso la
lluvia motivo suficiente como entristecedor pro-natura?
O quizá es per
se, que la inteligencia de quien vende paraguas y películas vía cine, una mente
brillante para los negocios.
Sea como fuere,
la lluvia como aquella galerna que rocía su materia acuosa, trae consigo
a-negación. Y tal vez ese guión que separa en dos palabras sea la clave.
A lo mejor,
aquella negación le impide a los infelices flagelar aun mas la desventura que le
depara su inconsciencia, mientras los desposeídos -de cuajo- padecen las
carencias propias de un mundo partido en centro y periferia.
Por consiguiente
nos vemos obligados a confluir esta vertiente de razonamientos sobre el último
eslabón sucintado en las peripecias de la suerte cognitiva a la que los seres
metafísicamente muertos son confinados.
Será que es la
propia mente humana la fragmentada en un centro y una periferia desde los
zigzagueos iniciales con pañales bien puestos y elegidos por una publicidad de
"huggies".
En efecto, la
mente como una persona de dos caras nos destina a adaptarnos al entorno y
relegar nuestra conciencia como un rol social que enmarca una mueca de empatía,
mientras detrás de ella yace otra de tristeza y reclusión como indisimulable
aspecto de nuestra verdadera sensación que el inconsciente nos revela.
Bastará entonces
asumirmos felices por entretenernos en este fenómeno natural que nos lleva a
deprimir nuestra efímera presencia de tiempo y espacio, aceptando las reglas de
juego del 'centro' que nos impulsa a abultar la caja del Cine Village,
a-negándonos a bailar felices bajo la lluvia que trae consigo la negación
cultural.
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