Sucumbe ante la gravedad una
escarlata gota de sangre en las paredes internas de la mente, y se refleja un
haz de luz tenue que contrasta el frío gris de un alma atormentada por sí
misma.
Casi como fotones de oscuridad se
vislumbran en el seco rostro que solloza por los rincones de su soledad,
juzgando cada espejo donde suele verse reflejado, aunque esos ojos sean las
ventanas del alma que ya no está.
Los seres humanos se repliegan
ocupando la vista periférica mitigando la incertidumbre de verse y encontrarse
solos consigo mismos, aunque quizás una perspectiva más lejana los ilustre como
especies individuales encontrados por sentimientos sórdidos que los disipan de
sí mismos.
Es un caleidoscopio que repite la
misma imagen en un sinfín de perspectivas que tan solo reflejan al mismo
objeto, ya que no obstante de ello, quien observa no deja de percibirse triste
y sólo.
El libre albedrío es quién atenta
contra la frágil estructura de naipes donde yacen las relaciones por
conveniencia. Sí…conviene preservar aquella relación, pero el lazo endeble que
la une la torna enfermiza y carece de genuinidad al entender que no es
propietario sino un mero socio en contrato de adhesión mutua.
Ahí van de la mano, o algo
parecido, de un lazo quizás revestido de alguna carátula que reduzca al entorno
al mínimo, gregario y sectario…un manojo de seres contados con los dedos de una
mano donde caminar en círculos, cuya palma nos albergue en el seno del confort y
protegidos de la soledad que tanto tememos.
Pero a fin de cuentas, estamos
atravesados por un interés transitorio, que transita conforme pasa el tiempo y
nuestro mundo gire sobre su eje ubicándonos en tiempo y espacio. Un contexto
poco favorable para los vaivenes de un alma que deambula en pena por los
pasillos de la inseguridad existencial.
