martes, 1 de septiembre de 2015

La inseguridad existencial. El arte de atacarse en defensa propia.

Sucumbe ante la gravedad una escarlata gota de sangre en las paredes internas de la mente, y se refleja un haz de luz tenue que contrasta el frío gris de un alma atormentada por sí misma.

Casi como fotones de oscuridad se vislumbran en el seco rostro que solloza por los rincones de su soledad, juzgando cada espejo donde suele verse reflejado, aunque esos ojos sean las ventanas del alma que ya no está.

Los seres humanos se repliegan ocupando la vista periférica mitigando la incertidumbre de verse y encontrarse solos consigo mismos, aunque quizás una perspectiva más lejana los ilustre como especies individuales encontrados por sentimientos sórdidos que los disipan de sí mismos.

Es un caleidoscopio que repite la misma imagen en un sinfín de perspectivas que tan solo reflejan al mismo objeto, ya que no obstante de ello, quien observa no deja de percibirse triste y sólo.

El libre albedrío es quién atenta contra la frágil estructura de naipes donde yacen las relaciones por conveniencia. Sí…conviene preservar aquella relación, pero el lazo endeble que la une la torna enfermiza y carece de genuinidad al entender que no es propietario sino un mero socio en contrato de adhesión mutua.

Ahí van de la mano, o algo parecido, de un lazo quizás revestido de alguna carátula que reduzca al entorno al mínimo, gregario y sectario…un manojo de seres contados con los dedos de una mano donde caminar en círculos, cuya palma nos albergue en el seno del confort y protegidos de la soledad que tanto tememos.

Pero a fin de cuentas, estamos atravesados por un interés transitorio, que transita conforme pasa el tiempo y nuestro mundo gire sobre su eje ubicándonos en tiempo y espacio. Un contexto poco favorable para los vaivenes de un alma que deambula en pena por los pasillos de la inseguridad existencial.