El alma se enferma, polvorienta y
fugaz embellece las distancias y sucumbe la estrecha relación entre el objeto y
el sujeto, cuando éste último torna-se oneroso y comercializado vía imágenes
por instagram.
Desde el inframundo se oye el
estertor de una esencia que partió al averno siquiera antes de rendirse.
Claudica con vehemencia, mudo y sordamente grita con el murmurar de sus vagos
recuerdos de algo de lo que ni siquiera estuvo segura.
Sin embargo a paso constante se
dirige hacia el final del juego, desahuciado escindido de sí mismo con el
manual de reglas bajo el brazo que con sus últimas fuerzas carga cuesta arriba
sin terminar de comprender que el libro lo escribió alguien más.
Signada ya por la virulencia de
sus tormentos matinales decide echar un último vistazo a su detrás.
Se precipita solemne con sus
ensangrentadas manos por el rasguñar del ataúd del que nunca supo escapar,
porque nunca comprendió que los límites yacen en la mente de cada quien, y se
sonroja del pudor ante falsos aplausos que emergen de las alcantarillas de su
frágil y marchito ego.
Cristales funden un arcoíris en
las sombras donde se auto flagela con esquirlas de una bomba de tiempo que
cargó todo este tiempo. Los últimos granos de arena decantan del reloj poniendo
fin a algo que ni siquiera tuvo origen. Un paso doble de malambo arrancado de
la fiesta pagana del egoísmo.
Se estremecen los nudillos
mutilados y abatidos por querer arrancar de cuajo los hierros que preservan su
corazón donde sólo encontró una nota suicida redactada por su finada subconsciencia,
auto ejecutada por la negación y la ceguera que los espejos de colores le
propinó.
Y sin embargo continua su marcha, el libro ya
se esfumó cuando dio vuelta su última página para encontrar recién el prólogo
de algo que nunca fue. Era un juego y no supo jugar, confundió el reglamento como
un novato crupier que desafía al diablo por viejo más no por sabio.
Redunda en los confines de un
algoritmo que nunca resolvió, una encrucijada existencial que perdió por
abandono frente a la sombra que lo persiguió tan solo para decirle que su mejor
espejo siempre fue una ventana cuyos postigos desvencijados rechinaron por
última vez en la tormenta perfecta de su insegura esencia.
Creyó creer estar creyendo en una
creencia que le susurraron al oído mientras dormía en los aposentos del lupanar
donde vio prostituir su coraje por un puñado de esperanzas en un cheque
diferido de tiempo y espacio.
Finalmente llega al abismo y con
inusitada gracia acomoda su cabello hacia un lado, frota las palmas y en una
escala pentatónica se lanza vacío al mismo vacío donde no quiso mirar desde el momento
en que confundió el sueño de su realidad.
