Síndrome de Estocolmo, temor/amor
al amo, un juego de palabras y un vano recuento de pavores sellados por la
saliva inquieta en el cuarto oscuro de su escueto designio.
De costado en un reducto se
bambolea una afrenta a la indulgencia que arrecia sobre sopesados escritorios
en alineación geométrica a esas cajas donde viven y mueren de 9 a 18 horas.
Un altibajo tapial que divide las
aguas en su micro-universo, cuya distancia de franqueza media entre las cejas y
el contorno de sus bocas cuya línea se arquea coqueteando con la debilidad
emocional que los invade.
El reflujo de la falsedad los
azota en el galeón sobre rechinantes ruedas sobre cual se narra una épica
cruzada existencial por el santo grial cuyo elixir vaporea reducido en cafeína.
Abrazados al péndulo del reloj se
sienten confortados y resguardados, fundidos en un maternal abrazo y fraternal
despojo de sí mismos, susurrando clemencia a la incertidumbre del afuera donde
espera el banquillo de los acusados, donde no hay jurado ni sentencia mas nunca
verán la luz del sol menguando en el ocaso de su espíritu.
La subconsciencia y el habla, un
divorcio irrevocable y una estéril esperanza vacua que se repliega en armoniosa
relación de aspecto como los ladrillos de un muro sobre el que escalan para
des-encontrarse consigo mismos y refrendar aquella sombra que persiguen
aguardando alguna respuesta a una pregunta que nunca lograrán formular.
Escozor, el sinsabor y el acre
gusto del óxido que resurge de una forzosa empatía de camaradería asintiendo al escupir acordes en ofensa al
silencio que algunas sépticas y mortecinas mentes profanan con entusiasmo,
mientras sus contorneados cuerpos dibujan una finta a escasos metros del galeón
donde viven y mueren de 9 a 18 horas.
El tiempo no transcurre para
ellos porque los cuerpos inertes gravitan en derredor a la línea de tiempo y
espacio donde interactúan como por arte de lo circunstancial, siguiendo y
cumpliendo a rajatablas el mandato moral sobre el que moran y pernoctan
indefinidamente mientras aguardan impasibles el rancio beso que los despertará
de aquel sueño y resurgir sobre el cenicero de su alma.
Rutilantes, el yugo los contiene
de la pena por vivir y verse cara a cara con sus miserias, pero ahí van, a
distancia simétrica, cerca pero lo suficientemente distantes entre sí como para
no recaer en lo vulgar del pertenecer, porque bien entienden al creer ser diferentes,
imprescindibles, irreemplazables, consortes de la soledad emocional hacen mella
en los confines de la trena que los depara.
Sojuzgan, aman y odian-se,
supuran y enconan arremetiendo contra lo que son una y otra vez, hasta el
hartazgo, se vanaglorian frente a sí, y huelen las nítidas flores en dos
dimensiones donde viven y mueren, de 9 a 18 horas, hasta sucumbir sus baterías
y entender que otro día los acerca a la hora de la verdad.
La hora de emprender el retorno
hacia la nada, abandonar la rutina del ser, y sollozar en la penumbra,
revolviendo lo que les trae la marejada, a orillas de la ausencia, lejos ya del
galeón donde narran sus líricas desventuras de la jornada, empapados del relente
que avizora el tata dios en altiva afrenta de mansedumbre existencial.

