miércoles, 25 de noviembre de 2015

Su ciervo: el confortable aplomo del subyugar

Síndrome de Estocolmo, temor/amor al amo, un juego de palabras y un vano recuento de pavores sellados por la saliva inquieta en el cuarto oscuro de su escueto designio.

De costado en un reducto se bambolea una afrenta a la indulgencia que arrecia sobre sopesados escritorios en alineación geométrica a esas cajas donde viven y mueren de 9 a 18 horas.

Un altibajo tapial que divide las aguas en su micro-universo, cuya distancia de franqueza media entre las cejas y el contorno de sus bocas cuya línea se arquea coqueteando con la debilidad emocional que los invade.

El reflujo de la falsedad los azota en el galeón sobre rechinantes ruedas sobre cual se narra una épica cruzada existencial por el santo grial cuyo elixir vaporea reducido en cafeína.

Abrazados al péndulo del reloj se sienten confortados y resguardados, fundidos en un maternal abrazo y fraternal despojo de sí mismos, susurrando clemencia a la incertidumbre del afuera donde espera el banquillo de los acusados, donde no hay jurado ni sentencia mas nunca verán la luz del sol menguando en el ocaso de su espíritu.

La subconsciencia y el habla, un divorcio irrevocable y una estéril esperanza vacua que se repliega en armoniosa relación de aspecto como los ladrillos de un muro sobre el que escalan para des-encontrarse consigo mismos y refrendar aquella sombra que persiguen aguardando alguna respuesta a una pregunta que nunca lograrán formular.

Escozor, el sinsabor y el acre gusto del óxido que resurge de una forzosa empatía de camaradería  asintiendo al escupir acordes en ofensa al silencio que algunas sépticas y mortecinas mentes profanan con entusiasmo, mientras sus contorneados cuerpos dibujan una finta a escasos metros del galeón donde viven y mueren de 9 a 18 horas.

El tiempo no transcurre para ellos porque los cuerpos inertes gravitan en derredor a la línea de tiempo y espacio donde interactúan como por arte de lo circunstancial, siguiendo y cumpliendo a rajatablas el mandato moral sobre el que moran y pernoctan indefinidamente mientras aguardan impasibles el rancio beso que los despertará de aquel sueño y resurgir sobre el cenicero de su alma.

Rutilantes, el yugo los contiene de la pena por vivir y verse cara a cara con sus miserias, pero ahí van, a distancia simétrica, cerca pero lo suficientemente distantes entre sí como para no recaer en lo vulgar del pertenecer, porque bien entienden al creer ser diferentes, imprescindibles, irreemplazables, consortes de la soledad emocional hacen mella en los confines de la trena que los depara.

Sojuzgan, aman y odian-se, supuran y enconan arremetiendo contra lo que son una y otra vez, hasta el hartazgo, se vanaglorian frente a sí, y huelen las nítidas flores en dos dimensiones donde viven y mueren, de 9 a 18 horas, hasta sucumbir sus baterías y entender que otro día los acerca a la hora de la verdad.


La hora de emprender el retorno hacia la nada, abandonar la rutina del ser, y sollozar en la penumbra, revolviendo lo que les trae la marejada, a orillas de la ausencia, lejos ya del galeón donde narran sus líricas desventuras de la jornada, empapados del relente que avizora el tata dios en altiva afrenta de mansedumbre existencial.