Sera quizás la condición humana o tal vez el resultado de
variables inherentes al genoma que la proyección del yo sobre los que nos
rodean nos siente en una butaca presenciando un acto de nuestras vidas que no
concluyó.
Los seres humanos, o el arquetipo de eso que vemos y
palpamos es o son la expresión inocua de los estados de humor y/o gracia de una
fuerza superior que juega con nosotros como soldaditos de plástico en una
guerra contra la nada misma que negamos a regañadientes.
El silencio es arrojado como un naipe sobre el flagelo del
ser y la angustia de ser, como en una partida amena entre crupieres que
abstemios exhalan humo de tabaco producto de la ansiedad que las personas
fabrican como en una tabacalera floja de papeles.
Una y otra vez nos vemos sucumbir y fenecer reencarnando en
algo inexplicable pero entendible que solo un ávido esgrimista de la filosofía
es capaz de autoconvencerse de jugar sin rival y hacer sombra frente al espejo
de la vida.
Sin embargo las pesquisas de aquello que nos avergüenza
juega un rol clave en el guión que virtuosos interpretamos en un precario
taller de teatro resurgido en el san telmo de nuestra alma.
Penada y finada nuestra esencia vaporamos en los recuerdos
de quienes nos complementan y quienes recapitularán la densa selva que nos
depara nuestro peculiar destino de incertidumbres y dudosas certezas, mientras
se trazan sobre nuestros avejentados rostros caminos que la vida nos invita a
recorrer, mientras nuestra mente nos hace tomar partido en el pelotón de un
niño que enojado con sus padres nos proyecta en la vereda de sus miedos.
