lunes, 23 de mayo de 2016

La traición

Como bien expresó el filósofo Arthur Schopenhauer, de algunas personas vale más ser traicionado que desconfiar.

Algunos pensadores se pronuncian sobre la traición como algo consumado desde el momento de su contemplación.

El ser humano es una especie como cualquier otra que manifiesta mensajes casi imperceptibles desde la postura, la gesticulación facial y otrora vicisitud aterida al lenguaje corporal.

Los estados emocionales como producto de las contiendas pírricas entre la mente y aquello otro románticamente socavado como corazón, redundan en virtud de la necesidad de quien arremete, empero sosegada la culpa con rebuscados conceptos y preceptos abortados de la moral con la que de por sí, ya el concubinato les resulta insoportable.

Las aptitudes físicas y mentales por momentos aparentan reñir los recursos que anidan en el mapa genético del ser humano del cual se termina perfilando una proporción cuya configuración salta a la vista como una pintura de arte abstracto.

Sin embargo, la lectura implica la capacidad de comprensión ya que todo aquello que escapa al espectro sensorial de una persona en pos de interactuar, recae en la creencia y por momentos el simbolismo que se diluye por las cloacas de lo anecdótico.

De marras, la preservación del equilibrio emocional pendula con virulencia en los nebulosos valles de la soledad, que simbióticamente se aferra a la suerte de un individuo que confunde su estreñimiento cognitivo con una debilidad fáctica de supervivencia gregaria, del que no logra apropiarse de recursos que anhela y/o necesita.

Ante la encrucijada y la rendición a los laberintos que la competencia lo sume, rendido y entregado a sucumbir ante el recurso mas elemental de cualquier especie en este planeta, se remite a la agresión. En este caso, incendia el laberinto consigo mismo, a sabiendas de las consecuencias ineludibles de apelar a tamaña treta.

Puesto que el ser humano se diferencia de otros mamíferos por la marejada de su consciencia, no encuentra mejor alternativa que apelar al primo hermano de la traición, a saber: el engaño.

Si no se puede convencer, hay que confundir, suele citarse en la jerga de la supervivencia social, casi coqueteando con la sociopatía manifiesta e inefable que la debilidad mental incuba como cláusula de garantía.

Después de todo, la moral y la ética son inventos del ser humano para convivir y sobrevivir entre los demás frente a recursos escasos. Los tabúes irresolubles de la moral son tan amplios como las opciones de fingir una sonrisa adosada a un halago que revisten del terciopelo de la funda de un puñal.