Cuando la ira se apodera de una estéril voluntad se producen implosiones donde el autoestima se estrangula creyendo estar dándose placer, sólo mueren unas neuronas y con ellas, la persona.
Colgados del cinto que presenció en primera persona el azote, los imbéciles son marcados en la piel como animales de descarte, como peones de un ajedrez que nunca comprenderán ya que los movimientos quedan sujetos a merced de una mano invisible que entre turneros los mueven hacia la muerte, tanto como un proyectil cuyo destino nació resuelto.
Las carencias tanto afectivas como como de seguridad y amor propio se recrudecen y somatizan en los demás, como si el mundo fuera un gran caleidoscopio o un cuarto de espejos del que no quieren escapar, porque el miedo al más allá es más fuerte cuando desde pequeños se les inculcó depender de algo, de alguien, no se conocen a sí mismos, son un ovillo de lana sin puntas. Un rollo de cinta que no tiene principio ni final.
El odio habla por megáfono, los filtros sociales y los ficticios “valores” a los que suelen recurrir en sus expresiones como clichés se revierten a deshoras entre improperios y exabruptos que se deslizan de sus úlceras, tomando partido por batallas que no entienden y de la que no obtienen beneficio alguno.
Mientras más apelan a los valores, más se monetizan porque todos tenemos un precio y mientras menos se sienten por dentro, más creen valer y es cuando los naipes se dan vuelta y el adversario se anticipa a la jugada.
Sólo son fichas sobre una manta del azar, echadas al aire sin valor alguno más que el que el mercado les establece…y como cada vez son más, pues….cada vez valen menos. Simple juego de oferta y demanda.
