Por caso, la negación a ultranza de las obviedades que como bien expresó Sherlock Holmes alguna vez: es tan evidente que no lo nota la gente.
Lo más difícil es perdonarse a uno mismo, esa batalla imperante e imperiosa entre la consciencia y la sub donde la persona es juzgada así misma cuando el rocío de la quietud se apodera de los sórdidos minutos a solas cuando el ser humano civilizado se encuentra al caer la noche, y con ella, la jornada.
Segundos mas, segundos menos la calma arrecia con virulencia sobre las huestes de la desolación, aquella que se abre paso de entre los individuos que coexisten en mismo establecimiento físico al mismo tiempo que en la metafísica propia se encuentran arrullados sollozando por los rincones de su propia existencia como un niño desconsolado que acaba de perder a sus seres queridos por un trágico accidente que ni siquiera le dejó un culpable con quien desquitarse, sólo interrogantes vanos y estériles que nada harán por él.
Sin embargo, la negación que sojuzga la mente a perpetuidad lo revira y radicaliza a premisas que coquetean con los umbrales del desquicie, amuchados todos estos entre sí para arroparse en una falsa sensación de certeza como fanáticos que son absorbidos por el papel del libreto que les dejan bajo la puerta cada mañana, como un pasquín instructivo moralista.
Lo irónico de todo esto, es que mientras más repiten enunciados de libertad individual, más los apretuja el cadalso…mientras más proclaman pensar diferente, más creencia se apodera de sus enunciados.
Esta claro que el enemigo del poder establecido es la organización, sin vueltas. La moda hace su parte cuando les hace creer al soberano que el resto impone la tendencia mientras corren descabezados hacia el matadero de su espíritu, juntándolos cada vez mas, pero aislándolos al punto de repelerse como la misma polarización. De lejos parecen una masa uniforme y de cerca no son más que puntos separados y que nunca se unirán.
Mientras tanto y con algarabía el poder descansa plácidamente en forma de tinta sobre papiros cuya caducidad se expresa en el letargo que aprisiona al soberano mientras pululan en un bucle repitiendo la historia una y otra vez.
