Se dice sobre el negacionismo que es un comportamiento
humano trazado por la irracionalidad hacia la aceptación de una realidad
empírica impidiendo al aparato cognitivo la validación de evidencias
históricas. Si bien esta conducta puede emparentarse con alguna anomalía de la
matriz de razonamiento, es curioso advertir algunas coincidencias. Veamos.
Los periodos pre y post guerras
mundiales han dado a luz un sinfín de patologías ligadas estrechamente con el
estrés, la angustia y la incertidumbre a los que como mecanismo de defensa el
ser humano recurre a menudo.
Cualquier proceso de construcción
del conocimiento recurre a las arcaicas premisas que parecieran mantenerse
inmutables desde las lecciones de Platón y su planteo de la epistemología, la que requiere del
sometimiento de las variables históricas, psicológicas y sociológicas para
sustentar las bases del conocimiento. Sin embargo el negacionismo se presenta
como una persiana metálica que se baja en presagio de alteración del orden, entendiendo esto último como
principio vector de la zona de confort en la que seres humanos se arrullan en
su día a día.
Ahora bien, si el diagrama de la
epistemología toma las premisas como base sobre las que confluye verdades
(empíricas) con creencias (aval social) de las que emerge el conocimiento, queda claro que las
creencias son perceptivas de una realidad tangible como la cotidianeidad del
ser humano. No obstante, para completar lo que acontece más allá de sus narices
va a depender de la creencia sobre una realidad presentada por alguien más. Es en
este punto donde podemos emplazar el ámbito de la Guerra Fría: la propaganda.
Si se nos presentan dos personas,
una llega corriendo primero pidiendo auxilio señalando que un tercero lo quiere
ultrajar ¿a quién le creemos inconscientemente? Claramente la respuesta es al
primero, y es involuntario, irracional si entendemos que ambas personas son
unas perfectas desconocidas ¿en qué nos basaríamos entonces para arribar a esa conclusión?
Como mencioné en el párrafo precedente, nos basaríamos en nuestra experiencia
personal y en una realidad contada por alguien más. Pero también debemos
señalar que desde pequeños nos instruyen sobre el bien y el mal, contado por
alguien más, donde cristianamente tendemos a entender que el ser humano es
bueno y excepcionalmente malo. – Sería interesante en otra oportunidad analizar
la genealogía del término interés y descubrir
por qué se los entiende como “malo” a
prima facie.
Siguiendo la línea reciente de
razonamiento, para creer en la bondad/benevolencia/probidad de una persona o
colectividad debiéramos de recurrir a un suceso reciente empírico y completar
el resto con la creencia, en este caso, narrado por la historia oficial, a quienes empoderaríamos con un aura de impunidad
justificando su accionar debido a su pasado reciente e histórico. Ahora bien,
si uno o varios miembros de esta colectividad cometieran actos que deriven en
un efecto negativo, tenderíamos a barajar la posibilidad de que: no fueron
estos; que fueron otros; se equivocaron; fue sin querer; no fue tan así; etcétera,
porque de alguna manera nuestra mente los canoniza.
Pensar siquiera en la posibilidad
de que el daño fuera fraguado por estos mismos miembros de una
cofradía/colectividad/logia presentados por la historia oficial como víctimas
siguiendo un plan de acciones, podría ser juzgado por una sociedad creyente y
poco rigurosa como una idea conspiracionista basada en alguna novela. Para nada
podríamos llegar a pensar que un grupo de personas se organizan, arriban al
poder sollozando un pasado, copan los pasillos de las usinas de información y
toman la pluma que escribe la historia oficial para obtener un beneficio
económico donde curiosamente suma cero
de lo que depende que muchos pierdan para que ganen unos pocos. Jamás podríamos
pensar que las corporaciones se componen de las mismas personas que fueron en
la antigüedad perseguidos por sus ideas.
Pobrecillos.
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Continuará…
