lunes, 4 de febrero de 2019

La Guerra Contra el Mal


Se dice sobre el negacionismo que es un comportamiento humano trazado por la irracionalidad hacia la aceptación de una realidad empírica impidiendo al aparato cognitivo la validación de evidencias históricas. Si bien esta conducta puede emparentarse con alguna anomalía de la matriz de razonamiento, es curioso advertir algunas coincidencias. Veamos.

Los periodos pre y post guerras mundiales han dado a luz un sinfín de patologías ligadas estrechamente con el estrés, la angustia y la incertidumbre a los que como mecanismo de defensa el ser humano recurre a menudo.

Cualquier proceso de construcción del conocimiento recurre a las arcaicas premisas que parecieran mantenerse inmutables desde las lecciones de Platón y su planteo de la epistemología, la que requiere del sometimiento de las variables históricas, psicológicas y sociológicas para sustentar las bases del conocimiento. Sin embargo el negacionismo se presenta como una persiana metálica que se baja en presagio de alteración del orden, entendiendo esto último como principio vector de la zona de confort en la que seres humanos se arrullan en su día a día.

Ahora bien, si el diagrama de la epistemología toma las premisas como base sobre las que confluye verdades (empíricas) con creencias (aval social) de las que emerge el conocimiento, queda claro que las creencias son perceptivas de una realidad tangible como la cotidianeidad del ser humano. No obstante, para completar lo que acontece más allá de sus narices va a depender de la creencia sobre una realidad presentada por alguien más. Es en este punto donde podemos emplazar el ámbito de la Guerra Fría: la propaganda.

Si se nos presentan dos personas, una llega corriendo primero pidiendo auxilio señalando que un tercero lo quiere ultrajar ¿a quién le creemos inconscientemente? Claramente la respuesta es al primero, y es involuntario, irracional si entendemos que ambas personas son unas perfectas desconocidas ¿en qué nos basaríamos entonces para arribar a esa conclusión? Como mencioné en el párrafo precedente, nos basaríamos en nuestra experiencia personal y en una realidad contada por alguien más. Pero también debemos señalar que desde pequeños nos instruyen sobre el bien y el mal, contado por alguien más, donde cristianamente tendemos a entender que el ser humano es bueno y excepcionalmente malo. – Sería interesante en otra oportunidad analizar la genealogía del término interés y descubrir por qué se los entiende como “malo” a prima facie.

Siguiendo la línea reciente de razonamiento, para creer en la bondad/benevolencia/probidad de una persona o colectividad debiéramos de recurrir a un suceso reciente empírico y completar el resto con la creencia, en este caso, narrado por la historia oficial, a quienes empoderaríamos con un aura de impunidad justificando su accionar debido a su pasado reciente e histórico. Ahora bien, si uno o varios miembros de esta colectividad cometieran actos que deriven en un efecto negativo, tenderíamos a barajar la posibilidad de que: no fueron estos; que fueron otros; se equivocaron; fue sin querer; no fue tan así; etcétera, porque de alguna manera nuestra mente los canoniza.

Pensar siquiera en la posibilidad de que el daño fuera fraguado por estos mismos miembros de una cofradía/colectividad/logia presentados por la historia oficial como víctimas siguiendo un plan de acciones, podría ser juzgado por una sociedad creyente y poco rigurosa como una idea conspiracionista basada en alguna novela. Para nada podríamos llegar a pensar que un grupo de personas se organizan, arriban al poder sollozando un pasado, copan los pasillos de las usinas de información y toman la pluma que escribe la historia oficial para obtener un beneficio económico donde curiosamente suma cero de lo que depende que muchos pierdan para que ganen unos pocos. Jamás podríamos pensar que las corporaciones se componen de las mismas personas que fueron en la antigüedad perseguidos por sus ideas.
Pobrecillos.
El posible real rostro de Jesús de Nazaret

Continuará…