El viejo vicio de la universidad
privada, docentes hambreados enseñando cualquier cosa con el mismo librito de
cabecera. “Los líderes del mañana”.
Si hace 242 años un aduanero que
trabajaba para la corona británica se sentó a escribir un manual de ética comercial y una forma científica
de explicar la actualidad con un sesgo bien marcado desde el punto de vista
exitoso de, por caso, la potencia hegemónica de la época.
Ahora bien, este señor jamás
habrá ni imaginado que usarían su obra como folleto de propaganda política ni
mucho menos pensar que fuera esparcido como una metástasis y que perdura en el
tercer mundo todavía defendido a capa y espada en los programas de televisión,
que claramente son bancados por una logia que entiende muy bien el efecto que
produce su aplicación. Pero claro, todo aquello que evoque la falacia de la “libertad”
será suficiente para insertarlo entre los asuntos de conversación al pasar. Se
habla de fútbol, de música y de economía con la misma de seriedad.
De entre los puntos que menciona
aquel pasquín –de 1776- ya en su título comienza con una falsedad “la riqueza
de las naciones”, ya que como en los artículos de Clarín y La Nación, el
titular difiere del mismo contenido de la nota. –curioso, como mínimo
Desde el punto riguroso de la
ciencia social, en este caso, filosófico, si habla de la riqueza de una nación,
es porque se trata de la acumulación de capital de una Nación comprende
territorio y un sistema de gobierno, donde esta nación política se define como sujeto político donde reside la
soberanía constituyente de un Estado. Sin embargo, en la obra de Smith –de 1776-
se habla de la acumulación de capital, no pensado desde la concepción de la
totalidad de una nación, del Estado
sino desde la perspectiva microeconómica de una unidad en particular. Sino no
tendría sentido que alguien que hable de “la riqueza de una nación” también
pretenda la reducción del Estado, la no intervención en la economía, y dejar
que el Dios mercado regule con sus manos invisibles.
Por más que el párrafo reciente
sea redundante, es tan literal como lo intenté dejar en evidencia, esas
contradicciones son ufanadas y pregonadas a improperios, siendo la razón
secuestrada por la cerrazón que se desploma como cortina metálica custodiando
la fragilidad y volatilidad de los argumentos con los que algunos confundidos
se defienden viviendo a la defensiva toda su vida. Otra redundancia.
Tuve un profesor que arrojaba
cosas desde su escritorio cuando escuchaba una burrada de algún compañero, era
abogado y dictaba una materia relacionada a ello. Siempre me pareció genial esa
idea, y realmente nos revoleaba con tizas, y fue antes de este último cambio de
época progresista donde todo es humillante, todo es traumatizante, y donde las
corporaciones farmacéuticas hacen lobby para que unos diagnostiquen “trastorno
bipolar” a cualquiera que repose en su diván y este salga corriendo al shopping
de los medicamentos, digo, al Farmacity. Pretender que los cambios respondan a
la nada misma, y no pensar que hay 200 empresas en el mundo que controlan la
casi totalidad del globo operando para sus intereses…como mínimo, sería de
cagón.
Prácticamente tener una idea
fundamentada desde el empirismo, argumentos respaldados por la metodología
científica, y una doctrina política es motivo suficiente para pecar de
arrogante, de fanático, de fascista, y de populista también, ante la opinión
deliberada de alguien falto de información –y colapsado de otra tanta al mismo
tiempo- que no admite que alguien le responda permanentemente “respeto tu
opinión, pero para mí…” porque cuando uno tiene certeza sobre lo que dice el
otro apela a que “nadie tiene la verdad absoluta”. Sin embargo, jamás encontré
esta misma postura frente a un arquitecto, a un ingeniero, a un médico, no los
veo diciendo algo como “para mí que ese edificio puede tener más pisos, no es
cierto que el viento a 20 metros de altura le ejerza esa presión” en una
eventual conversación con un ingeniero civil, o un arquitecto.
La clave es la “ciencia social”,
cuanto más se bastardee el concepto, más rédito tendrá la corporación ya que la
unión hace la fuerza, y la idea es justamente la dispersión, la división,
entonces es más fácil escuchar que en la tele llamen “científico” a alguien que
está con un tubo de ensayos, y llamen “político” a alguien con un cargo en la
función pública. Ambos casos son sofismas, ya que no existe la categoría ni el
título de “científico” ni tampoco para el “político” ya que el grupo de WhatsApp
de “las mamis” es una forma de política también, toda relación entre dos o más
personas ya es política. No es casual esto, ya que cuando un fallo judicial es
contrario a los intereses de la corporación se trata de la acción de “un juez”,
y cuando el lobby triunfa por sobre los intereses del soberano, se trata de “la
justicia” para la pluma oficial. Es un juego dialéctico demasiado peligroso
como para que pase desapercibido en la matriz que hace al aprendizaje de un ser
político, científico y dinámico como lo será o debiera de ser un Licenciado en
Comercio Internacional.
-Esto fue sólo el comienzo,
continuará en otro escape de catarsis mental-
