martes, 12 de febrero de 2019

El Comercio internacional y la introducción a la mediocridad



El viejo vicio de la universidad privada, docentes hambreados enseñando cualquier cosa con el mismo librito de cabecera. “Los líderes del mañana”.

Si hace 242 años un aduanero que trabajaba para la corona británica se sentó a escribir un manual de ética comercial y una forma científica de explicar la actualidad con un sesgo bien marcado desde el punto de vista exitoso de, por caso, la potencia hegemónica de la época.

Ahora bien, este señor jamás habrá ni imaginado que usarían su obra como folleto de propaganda política ni mucho menos pensar que fuera esparcido como una metástasis y que perdura en el tercer mundo todavía defendido a capa y espada en los programas de televisión, que claramente son bancados por una logia que entiende muy bien el efecto que produce su aplicación. Pero claro, todo aquello que evoque la falacia de la “libertad” será suficiente para insertarlo entre los asuntos de conversación al pasar. Se habla de fútbol, de música y de economía con la misma de seriedad.

De entre los puntos que menciona aquel pasquín –de 1776- ya en su título comienza con una falsedad “la riqueza de las naciones”, ya que como en los artículos de Clarín y La Nación, el titular difiere del mismo contenido de la nota. –curioso, como mínimo

Desde el punto riguroso de la ciencia social, en este caso, filosófico, si habla de la riqueza de una nación, es porque se trata de la acumulación de capital de una Nación comprende territorio y un sistema de gobierno, donde esta nación política se define como sujeto político donde reside la soberanía constituyente de un Estado. Sin embargo, en la obra de Smith –de 1776- se habla de la acumulación de capital, no pensado desde la concepción de la totalidad de una nación, del Estado sino desde la perspectiva microeconómica de una unidad en particular. Sino no tendría sentido que alguien que hable de “la riqueza de una nación” también pretenda la reducción del Estado, la no intervención en la economía, y dejar que el Dios mercado regule con sus manos invisibles.

Por más que el párrafo reciente sea redundante, es tan literal como lo intenté dejar en evidencia, esas contradicciones son ufanadas y pregonadas a improperios, siendo la razón secuestrada por la cerrazón que se desploma como cortina metálica custodiando la fragilidad y volatilidad de los argumentos con los que algunos confundidos se defienden viviendo a la defensiva toda su vida. Otra redundancia.

Tuve un profesor que arrojaba cosas desde su escritorio cuando escuchaba una burrada de algún compañero, era abogado y dictaba una materia relacionada a ello. Siempre me pareció genial esa idea, y realmente nos revoleaba con tizas, y fue antes de este último cambio de época progresista donde todo es humillante, todo es traumatizante, y donde las corporaciones farmacéuticas hacen lobby para que unos diagnostiquen “trastorno bipolar” a cualquiera que repose en su diván y este salga corriendo al shopping de los medicamentos, digo, al Farmacity. Pretender que los cambios respondan a la nada misma, y no pensar que hay 200 empresas en el mundo que controlan la casi totalidad del globo operando para sus intereses…como mínimo, sería de cagón.

Prácticamente tener una idea fundamentada desde el empirismo, argumentos respaldados por la metodología científica, y una doctrina política es motivo suficiente para pecar de arrogante, de fanático, de fascista, y de populista también, ante la opinión deliberada de alguien falto de información –y colapsado de otra tanta al mismo tiempo- que no admite que alguien le responda permanentemente “respeto tu opinión, pero para mí…” porque cuando uno tiene certeza sobre lo que dice el otro apela a que “nadie tiene la verdad absoluta”. Sin embargo, jamás encontré esta misma postura frente a un arquitecto, a un ingeniero, a un médico, no los veo diciendo algo como “para mí que ese edificio puede tener más pisos, no es cierto que el viento a 20 metros de altura le ejerza esa presión” en una eventual conversación con un ingeniero civil, o un arquitecto.

La clave es la “ciencia social”, cuanto más se bastardee el concepto, más rédito tendrá la corporación ya que la unión hace la fuerza, y la idea es justamente la dispersión, la división, entonces es más fácil escuchar que en la tele llamen “científico” a alguien que está con un tubo de ensayos, y llamen “político” a alguien con un cargo en la función pública. Ambos casos son sofismas, ya que no existe la categoría ni el título de “científico” ni tampoco para el “político” ya que el grupo de WhatsApp de “las mamis” es una forma de política también, toda relación entre dos o más personas ya es política. No es casual esto, ya que cuando un fallo judicial es contrario a los intereses de la corporación se trata de la acción de “un juez”, y cuando el lobby triunfa por sobre los intereses del soberano, se trata de “la justicia” para la pluma oficial. Es un juego dialéctico demasiado peligroso como para que pase desapercibido en la matriz que hace al aprendizaje de un ser político, científico y dinámico como lo será o debiera de ser un Licenciado en Comercio Internacional.

-Esto fue sólo el comienzo, continuará en otro escape de catarsis mental-