Las palabras saturaban el denso y
contaminado aire que sopesaba sobre tal vez el último de los momentos que
compartiría aquel sujeto que por fin lograría romper las cadenas sociales que
lo ataba a la vida, aquello del contrato social al que uno es sometido a punta
de birome como esa oferta que no se puede rechazar. Así las cosas embestir de
frente contra una vitrina de cristales esparciría una borrasca de prismas
encandilados por la tenue luz de bajo consumo que todos en derredor dejarían de
oír zumbar al fragor de un punto y aparte de este libro de la vida.
Sobrados argumentos desordenados,
una monserga de final abierto que dejaría grabado en piedra como vestigios de
una escena dramática donde el protagonista es la anécdota de la que otros se
servirán en inefables tertulias que sólo avergüenzan el confort de los
silencios que incomodan a quienes sus consciencias no dejan de atormentar,
mostrando el torvo rostro de lo que realmente somos cuando se nos presenta la
hora de tomar decisiones de las que nadie quiere asumir las consecuencias en la
medida que el cordón umbilical de la sociedad los salve una y otra vez
arrullándolos bajo el calor materno del cinismo que tan bien le sienta a la
sociedad.
La inmortalidad del alma y
aferrarse a la carne repasaban aquel tablón lustrando lo único pulcro que
residualmente y con modesta ironía atestiguaría los momentos decisivos que
pondría en boca de todos…esos que con secuelas de toda índole contarían cuando
la sordera se disipe y la polvareda mengüe, en aquella conmoción que las
esquirlas se encargarían de testimoniar a deshoras momento donde el ser humano
es despojado de preceptos que le vieron nacer y donde la reflexión sólo le
propone más interrogantes a dicotomías que laberintan los erráticos caminos que
la ciudadanía le susurra al oído social donde todos piden la palabra y ninguno
escucha.
Cómo hacerle entender a aquel individuo
que el derecho natural que proclamaba le significaba coartar el de sus prójimos
que por conveniencia apelaban, entre la nebulosa de nicotina que flotara en los
escondrijos de aquel antro donde un hombre jugaba con el seguro de una granada
a la que le concedió los últimos momentos de su suerte que girando en el aire
determinaría el albur de sus pares que por primera vez en aquellas vidas y
quizá también por última lograrían alcanzar el consenso sobre el concepto de
una libertad que ya no podrían contar cuando los segundos consuman los últimos
lapsos de aquel hombre que decidió terminar con su vida con una granada rodeado
de personas, acodado en la barra de un bar.
