sábado, 29 de agosto de 2020

El hombre de la granada


El tiempo se detuvo en aquel bar donde viejas tablas abatidas por el acodo verían quizá por última vez los lamentos de un hombre que llevaría a cabo por fin la acción de sus incógnitas. Un cantinero prisionero de sus limitaciones sin herramientas más que el pedido de clemencia y una expresión en su rostro que a gritos suplicaba lo que su tartamudear no podía, algo que fuera de contexto se malinterpretaría como un acto de altruismo en este caso revestido de supervivencia.

Las palabras saturaban el denso y contaminado aire que sopesaba sobre tal vez el último de los momentos que compartiría aquel sujeto que por fin lograría romper las cadenas sociales que lo ataba a la vida, aquello del contrato social al que uno es sometido a punta de birome como esa oferta que no se puede rechazar. Así las cosas embestir de frente contra una vitrina de cristales esparciría una borrasca de prismas encandilados por la tenue luz de bajo consumo que todos en derredor dejarían de oír zumbar al fragor de un punto y aparte de este libro de la vida.

Sobrados argumentos desordenados, una monserga de final abierto que dejaría grabado en piedra como vestigios de una escena dramática donde el protagonista es la anécdota de la que otros se servirán en inefables tertulias que sólo avergüenzan el confort de los silencios que incomodan a quienes sus consciencias no dejan de atormentar, mostrando el torvo rostro de lo que realmente somos cuando se nos presenta la hora de tomar decisiones de las que nadie quiere asumir las consecuencias en la medida que el cordón umbilical de la sociedad los salve una y otra vez arrullándolos bajo el calor materno del cinismo que tan bien le sienta a la sociedad.

La inmortalidad del alma y aferrarse a la carne repasaban aquel tablón lustrando lo único pulcro que residualmente y con modesta ironía atestiguaría los momentos decisivos que pondría en boca de todos…esos que con secuelas de toda índole contarían cuando la sordera se disipe y la polvareda mengüe, en aquella conmoción que las esquirlas se encargarían de testimoniar a deshoras momento donde el ser humano es despojado de preceptos que le vieron nacer y donde la reflexión sólo le propone más interrogantes a dicotomías que laberintan los erráticos caminos que la ciudadanía le susurra al oído social donde todos piden la palabra y ninguno escucha.

Cómo hacerle entender a aquel individuo que el derecho natural que proclamaba le significaba coartar el de sus prójimos que por conveniencia apelaban, entre la nebulosa de nicotina que flotara en los escondrijos de aquel antro donde un hombre jugaba con el seguro de una granada a la que le concedió los últimos momentos de su suerte que girando en el aire determinaría el albur de sus pares que por primera vez en aquellas vidas y quizá también por última lograrían alcanzar el consenso sobre el concepto de una libertad que ya no podrían contar cuando los segundos consuman los últimos lapsos de aquel hombre que decidió terminar con su vida con una granada rodeado de personas, acodado en la barra de un bar.